Se duerme el barrio, y solo una sombra se desplaza por las calles auxiliada por la oscuridad extendida. Los focos de los faroles encontraron su expiración a la merced de piedras, petrificando las penumbras que disfrazan los objetos de trajes mitológicos indelebles.
Boris conoce el barrio de memoria y se abre paso con movimientos de precisión de gato. Su escuálida compostura, y sus dedos largos y pegajosos ayudan en su profesión de ratero de barrio. En la cara, justo debajo del pómulo izquierdo expone una cortada fina, pero visible, una herida que no permite que encubra su oficio, aunque no este trabajando, y en la misma gestión, alude una larga carrera en el crimen sin posibilidad de reintegro social. Siempre se da la cara. Tiene tres tatuajes grandes. Así adorna sus piernas, y su brazo izquierdo, que los mantiene a la intemperie todo el tiempo por su costumbre de usar pantalones cortos, zapatillas y camisas solo en el mas necesario de los casos. Los tatuajes de sus piernas son muestras, firmas irrefutables, contratos sangrientos entre él y la pandilla que lo hizo famoso. El del brazo izquierdo honra la abogacía de un amor que manifiesta lo único que ha ganado su fe y dedicación: el nombre del amor de su vida entre un corazón sangrando desde espinas incrustadas. Lucia Escobar.
Le pesa la conciencia no haberla visto hoy para contarle sobre su gran trabajo y pedir su bendición. Que raro ¿dónde se habrá metido? Pensó. La ama con todo su ser. Sin esa ancla a la realidad, y la razón de su ambición y amor al progreso, sea como sea su decisión de adquirirlo, seria nada mas que un malandrín que roba por necesidad. Para Boris, registrar las gavetas ajenas era su trabajo y su pasaje para dos, externamente de la pobreza pero sin intención de canjear perímetro. Una especie de isla donde ser el amo y señor de un ámbito que lo distinga de rey.
Con dos gestos que demuestran su talento, está sin percance parado en media sala. Sabe que sus dueños, una pareja sin retoños, planificadores al exceso, que saben desde ya cuantos hijos tendrán, cuando, donde, y hasta que estudiarán cuando sean grandes, no están en casa. Son tan predecibles, que cada año toman su semana de vacaciones en la misma fecha, y vuelven con el mismo bronceado quemados por el mismo ángulo del sol. Deduce que tiene tiempo para desenfrenar sus instintos y llevarse todo lo de valor. Una oportunidad debidamente calculada, que por su paciencia pagará con creces.
Piensa en que llevarle a su Lucia, algo especial para que demuestre su perpetuidad en su mente, y observa a su alrededor a los objetos tener forma específica en su colectividad. Nada esta fuera de lugar, y sin duda nunca lo ha estado. Hasta las sombras mismas parecen haber sido arregladas, y acomodadas para que despidan la misma impresión desde cualquier entorno.
Boris se siente en su casa, se dirige a la cocina, abre el refrigerador y debate que tomar para mitigar su sed. En el refrigerador encuentra una jarra con leche a medio usar, y se sirve un vaso. La gente de plata no le importa nada, pensó, como pueden dejar dañar la leche en tan descarado descuido.
Sube al cuarto principal y lo recibe la resaca de una tormenta de ropa desgreñada tirada por todas partes. El cuarto da destellos de simple elegancia, con una cama con cuatro pilares corneados, ubicada en el centro, de madera oscura pero brillante, con cuadros de colores que se reafirman en las lámparas de las mesitas de noches.
Aparte de la ropa, una carta arrugada hace de igual manera en el piso. Boris la levanta y la empieza a leer. Por las primeras sentencias, y la estructura de la misma, deduce que se trata de una carta de amor.
Una risa cínica lo llena entero. La pareja perfecta tiene un clavo en la llana pared de su relación. Sigue leyendo, entretenido, saboreando la posición predilecta en que se encuentra para hacer criticas, burlarse, y refugiarse en un balance de su propia vida comparándola con la de esta pareja. Por un momento se siente contento de ser pobre y tener la salvación de preocuparse de otras cosas. En la carta un puño tercio y decidido afirma a una decisión que incluye un escape certero y muy lejos de aquí.
¡Que novela! ¡Abandonó a la pretenciosa y manipuladora señora!
Se fueron hoy, en la mañana. La carta omite detalles del lugar de partida que seguro ha sido previamente arreglado entre los dos desertores. Sigue leyendo, acentuando cada coma, masticando cada palabra que indique trampa, disfrutando al máximo el dolor de otros, de esa pareja que lo tenia todo, que tantas veces envidiaba, y que soñó hasta en estar es sus zapatos.
Se acerca el final de la carta. Se escucha que abren la puerta, la dueña de casa grita queriendo avisar a su marido que ya volvió. Boris se asusta, pero ya no puede parar de leer, lee la epístola completa y con la firma se le va el mundo.
Tuya desde siempre,
Lucia Escobar.
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