Por un especie de trastocamiento admirable, debo seguir en el tiempo en cuanto que es camino de horticultor.
De buen ánimo, elucubré que si compararía el crecimiento de una planta a mi existencia, debo empezar a decir, que paradójicamente, el horticultor debe reconocerse a sí mismo como una planta expuesta a marchitarse por el tiempo y el hábito.
Pero me abro a la vida con momentos inmortales, y en interacción totalmente espiritual, afirmo que mi condición existente es la de ser amante de lo intangible.
A partir de aquello, confirmo con certeza mi vocación de filósofo y con ella, mi reflexión sobre lo impedecedero.
¿Pero que valor tiene esa apertura de mi ser a lo trascendental?
El hecho o el acontecimiento que designamos con esa frase no es más que el punto de partida de un movimiento interior que debe proseguirse sin tregua.
Ahora trato de encontrarme y abrirme con mi ser haciendo metafísica personal.
A estas alturas debo confirmar que a mi edad, existe un eslabón que deberé descifrar.
Una llamada silenciosa y palpitante.
Ciertamente un Ser que me invita a trascender.
A decir verdad nada puede, objetivamente hablando, impedirme que me abandone a esta especie de asombro o consternación.
Y aquí aparece entonces, a todas luces, el campo misterioso de la fe y la libre aceptación.
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