Bruno sacó la botella de esencia de vainilla de la alacena. Su mujer lo esperaba con la batidora lista. La tapa de la botella estaba atascada. Bruno usó su camiseta, el secador, el mantel de la mesa y sin embargo, la tapa no se movió. Con sus manos de simio trató y trató y sólo consiguió enrojecer su cara como si pujara para cagar. Otro intento más marcaron nuevas líneas en la palma de su mano. Dejó escapar un par de bufidos antes de atenazar por última vez la terca tapa y le gritó con todo el alma: "Tu no naciste aquí, hija de puta!"
Esa noche no hubo postre para Bruno.
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