Mientras disfrutaba de unos baños termales en la sierra, vi a un pobre hombre que, por un defecto de nacimiento o tal vez por un funesto accidente, se frotaba con las aguas milagrosas el muñón que le quedaba en el lugar donde debería empezar el brazo. Desde entonces me preocupa la idea de que algún día me amputen uno, pues no sabría como lavarme el único sobaco que me quede. |