La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - yamilethlq - '¿Sabes cuál es el mayor sufrimiento?'
¿Sabes cuál es el mayor sufrimiento?
La oí sufrir con escepticismo, la olí acercarse, la adiviné frente a mí como ante todos los demás, pero no la quise ver. Me interesaba más mi lectura de "Por las azoteas" de Julio Ramón Ribeyro y congeniarme hasta el llanto, disimulado, con el hombre-trasto que se hacía llamar el rey de los gatos. A mi alrededor: nada. Insufrible recibía los clamores de caridad que aquella mujer regurgitaba, pero ese mensaje que exigía auxilio no tenía que ser para mí.
Prefería ilusionarme con "conocer de las cosas el nombre y de los países el mapa", igual que el hombre de la perezosa que habitaba en mi libro. Los cincuenta minutos de trayecto, desde mi casa al centro de trabajo no tenían que ser una orquesta de quejidos protagonizados por otros. El carro seguía en marcha. Ella decía: "Ustedes no saben lo que es este sufrimiento". Pues no. ¿Cómo iba a saberlo?
Mis ojos sobre el papel impregnado de letras que bamboleaban cada vez que cambiaba de velocidad el conductor, y mis oídos nada dispuestos a escuchar.
-Ustedes no saben lo que es ser viuda y madre de cinco hijos, sin un techo, sin comida...
Su voz se ahogaba. No podía competir con los intensos ronquidos del vehículo cada vez que aceleraba la marcha. "Ustedes no saben". Y mi imaginación divagaba por los techos, quería ser la reina de las azoteas, ganar mil batallas. Lo menos que se me apetecía era un caramelo. Me pesaban las manos para ponérmelas "una en el corazón y la otra en el bolsillo", como recomendaba mi anónima interlocutora. La compasión estaba reservada para el personaje de mi libro.
- De esta forma me gano la vida, subiendo a los carros, esperando aunque sea una caridad...
- ¿Va a bajar en Neoplásicas? Acelera, acelera.¡Quienes bajan avancen hacia la puerta y avisen con tiempo!
Y ella avanzaba hacia el final, hablándoles a quienes no querían escuchar, a mí, esperando a que ellos supieran, impotente."Entonces comprendí que la lluvia había llegado demasiado tarde". Punto final. Ella, frente a mí, el resuello suyo en mis oídos, rendida. Las lágrimas bajaban por los surcos de su rostro, parecía que seguían la ruta de siempre. Los caramelos ofrecidos con suspiros de amargura marcaban ya distancia.
Antes de marcharse, aquella sabia e iletrada mujer solo atinó a decir: "¿Sabes cuál es el mayor sufrimiento?: ser ignorante". Yo asentí. El libro me pesó en las manos, deseé no haber aprendido nunca a leer, para no ignorar tanto sufrimiento.
Texto de yamilethlq agregado el 19-11-2004. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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