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Telepatía, telequinesia y aspirinas (de mi columna sabatina, por Moebiux)



El otro día, viendo las noticias, vi a un tipo –creo que inglés- que se ha implantado un microchip en el brazo. Gracias a este microchip podía encender y apagar luces a distancia, el PC... Confieso que lo primero que pensé fue: “¿Y para eso te instalas un microchip en el brazo, so memo? ¿No has oído hablar de los mandos a distancia?” Pero la noticia seguía: el individuo en cuestión planea implantarse uno (microchip, no brazo) en el cerebro. Con él se podrá ejecutar todas esas órdenes con un pensamiento y, según él, incluso podremos comunicarnos telepáticamente.

Sí, suena atractivo porque suena a ciencia-ficción, eso de convertirnos en cyborgs (mitad humanos-mitad máquinas) y de poder usar la telepatía. Y es aquí, en este punto, donde comenzó a chirriarme la noticia y lo que parece un avance.

Desde luego ese microchip puede ser un avance para las personas con graves minusvalías físicas, que no pueden accionar ni los botones de un mando a distancia y que tampoco pueden dar órdenes para con la voz. Pero, cuidado, mucho cuidado con eso de la telepatía. Y no lo digo por el señor ese –que parecía muy simpático- sino por toda esa pléyade de “paracientíficos” –que es como les gusta autodenominarse- que salen de tanto en tanto en los medios de comunicación defendiendo teorías tan peregrinas como que sólo usamos el 10 por ciento de nuestra mente, o de que los seres humanos estamos dotados de poderes paranormales como la telepatía o telequinesia.

A ver, como dijo Jack el Destripador, vayamos por partes. En primer lugar, eso de que sólo usamos el diez por ciento de nuestro cerebro... ¡Pues serás tú, majo! La realidad es que todos (incluidos los políticos) usamos toooooooodo el cerebro. Lo que ocurre es que la mayor parte está destinada al funcionamiento de nuestro organismo. De ahí quizá surgió la idea de que usamos una pequeña parte. Pero eso no significa que tengamos nada más y nada menos que ¡el 90 por ciento! de nuestro cerebro en estado de letargo. Por más que algunos lo parezcan, ya sé.

Respecto a la telepatía. ¿Os habéis detenido a pensar en lo complejo que es nuestro aparato fonador? ¿En la sutil complejidad que comprende una lengua hablada? ¿En que ninguna otra especie animal –y somos millones y millones de especies diferentes en la Tierra- es capaz de elaborar un lenguaje hablado tan complicado como el de cualquier ser humano?

La naturaleza no hace esfuerzos en vano, de eso estad seguros. Fijaos qué ocurre cuando tenéis durante unos meses un brazo o una pierna escayolada: ese brazo o pierna se atrofia. Ya que no lo usas, el organismo desvía las proteínas que ingieres al resto del cuerpo. Otra demostración cruel y palpable de esto es lo que les ocurre a los adictos a la heroína: la droga sustituye una sustancia que crea el organismo que sirve de “aceite” para que el sistema nervioso funcione. Al ir consumiendo la droga, el organismo deja de fabricar esa sustancia. Y de ahí que los adictos a la heroína sufran un espantoso síndrome de adicción. Es, en esencia, la misma idea: si el organismo puede evitar hacer algo, economiza esfuerzos no por pereza, sino para administrar mejor la energía que consume.

Es por eso que si el cerebro estuviera capacitado para poder comunicarse telepáticamente no hubiéramos desarrollado el aparato fonador tan complejo que tenemos, sin duda. Y algo similar pasa con la telequinesia, el supuesto poder que consiste en mover objetos a distancia. Las demostraciones que he visto –básicamente en fotografías en revistas del tema- se reducen a una señora o un señor que son capaces de mover un vaso y objetos similares. Otra vez me asalta el mismo pensamiento: “pero... ¿será tonto? ¿Por qué no usa la mano?” Cualquier mano –sin tener el talento de un artesano o un artista- es una obra de ingeniería que ningún experto en robótica ha sido capaz de emular. Si la naturaleza nos hubiera capacitado con el poder de mover objetos con la mente, ¿para qué nos dota de manos y brazos? Y otra pregunta más: ¿para qué quieres la telequinesia? ¿Para mover un jodido vaso? ¡Por favor...! Lo más gracioso de este caso, es que a ninguno de estos paracientíficos se les ha ocurrido medir el poder telequinésico, cuando sería lo más fácil del mundo. Les dejo aquí el método: si se te presenta un tipo diciendo que es capaz de mover objetos con la mente, tan sólo conmínale a que mueva el brazo de una balanza. Una fácil observación nos dará el peso que es capaz de mover, con lo que ya tenemos una medida de fuerza. Pero, claro, esto ya sería aplicar el método científico, demostrable y, por lo tanto, discutible por todos. “¡Ah, no! ¡No me he hecho paracientífico para esto!”

Y es aquí donde radica el problema: estos paracientíficos se revisten de científicos –visten traje y corbata; adoptan maneras y lenguaje formal, serio; aluden a “experimentos demostrados” sin demostrar nada, eso sí- con el mismo objetivo que otros que se hacen pasar por videntes o contactados con extraterrestres: no buscan la convicción mediante la razón sino mediante la emoción. Buscan la misma catarsis que busca el sacerdote, la fe ciega, el envolverse de misterio, de tener un conocimiento cual chamán mexicano o druida celta, el fomentar la superstición y el desprecio por la ciencia y el conocimiento a favor de la irracionalidad cual vulgar propagandista nazi.

Eso sí, estos paracientíficos que reniegan constantemente de la “ciencia oficial”, ¿qué harán en caso de apendicitis aguda? ¿Acudirán a un telequinésico para que les extraiga el apéndice mentalmente?

Metería la mano en el fuego porque en cuanto les duela la cabeza irán corriendo a su botiquín a tomar una aspirina, esa cosita redonda que inventó alguien usando sólo su 10 por ciento de cerebro; y si no tienen en casa irán andando a su farmacia más cercana para pedir con su aparato fonador al farmacéutico –un señor formado en la “ciencia oficial”- para tomarse la aspirina con su mano y un vaso de agua que saldrá de un grifo que ningún santurrón sería capaz de fabricar.




Texto de La_Columna agregado el 20-11-2004.
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