El hombre solo aguarda bajo la lluvia. El chofer del bus lo ignora, sigue de largo, en insultante zig zag. El hombre solo camina a casa. Prende el televisor, se quita la ropa de arriba y de abajo, mete su mano al calzoncillo, nada se levanta para jugar. El hombre solo va al baño, ni siquiera se atreve a mirarse en el espejo. Hace tiempo ya que no se reconoce. Sabe que si se lava los dientes le sangran las encías, entonces mejor no hacerlo. El hombre solo da vueltas alrededor de la mesa del comedor, apta para cuatro personas, pero únicamente él está girando como satélite de su mundo personal. Tiene tantas cosas en qué pensar que no puede pensar en nada. No se arrepiente de nada, pero todo lo lamenta. Algo le pesa, sabe que no está herido pero le duele el pecho. El hombre solo no sufre del corazón. Espera y no sabe qué esperar. Sigue dando vueltas, aferrado a la rutina como la vida a un recién nacido. Si algo le mata el oído es el reloj. Las horas le reclaman, él lo sabe, cada tic-tac es un tormento, cada tic-tac es el vacio. El hombre solo está desnudo y parece un niño. El hombre solo no necesita fotos, no tiene recuerdos. Vive de prestado, come de fiado, sueña con no estar solo y no sabe qué es soñar.
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