Nunca quise aprender a contar sin los dedos
por temor – y no miento – a olvidar tu textura;
a perder mis falanges, o las yemas, o diez uñas.
Y te cuento
(te enumero, te contabilizo)
una historia con mis dedos.
El relato de una fuerza que va
de una coartada invisible
de una velada caricia
Siempre quise perder dos o tres dedos
en tu vulva, en tu estómago, en tu placenta;
y dejarlos ahí a dormir, dormidos, durmiendo. |