La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / alipuso / La Cita

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo  Añadir en Facebook [C:69587]

LA CITA


A Elisa le gusta todo de Amador, menos su nombre; pero nunca se lo ha dicho.
Ese "nunca" se remonta a un mes y días. Al menos Elisa aceptó escribirle algún número telefónico en el último correo electrónico que él le mandara, a raíz de aquel anuncio en internet.
A ella también le emociona que a Amador le guste todo de su persona; tanto como a ella le cautivan esas historias que provocan se sonroje ante las miradas indiscretas de sus compañeras de oficina, generalmente después de la comida, con cargo directo al recibo telefónico de Amador.
Ambos están divorciados. Elisa regresó un año atrás a la casa de sus padres pensionados, quienes se encargan de consentir a la pequeña Liz, de apenas cinco años. Por su parte Amador está solo, tan solo que una buena noche aceptó la invitación de una amiga para ir al ciber-café de la esquina e inscribirse a una página de la red:
-Vas a ver que hoy mismo te ligas una chava -le animó la amiga.
Era algo así como "corazones solitarios" o "divorciados light" o cosas por el estilo. Sin gran preámbulo le pareció interesante el perfil de cierta "mujer busca caballero con buenas intenciones", a pesar de no incluir la fotografía de la muchacha, que en menos de una semana ya había aprendido a manejar, sin ayuda alguna, la computadora; bueno, al menos el mouse y el enter; enviándole a aquella "mujer joven" escuetos mensajes con una que otra falta de ortografía.
En lugar de la foto, el espacio de ella era llenado por una cursi rosa de tela con gotitas de naftalina a manera de fresco rocío. A pesar de esto Amador la seguía buscando, entre otros detalles por vivir en la misma zona de la ciudad.

Amador termina de sujetarse la corbata; el nudo se lo hizo un vecino, pues él en su vida se ha montado bufandas en el cuello.
Está nervioso. En una hora exactamente terminarán, o comenzarán, las mil fantasías fabricadas en su mente a fuerza de imaginarse a Elisa en carne y hueso frente a sus ojos; llegándole una vez más a la mente, mientras peina sus cabellos rebeldes, silbando de contento, esos suspiros femeninos por el teléfono:
-Oye amor... -ocultando sus labios con los dedos inquietos para no evidenciarse en la oficina.
-Dime, cariño -generalmente acostado en su cama, antes de dormir la siesta, al salir de su trabajo como mecánico.
-¡Cómo me encanta tu voz varonil! -murmura genial estas palabras, acompañadas por una risilla que cuando no se controla parece el parloteo de una cotorra, dicha sea la verdad; pero vamos, algún defectillo debía tener a sus escasos "treinta y un años, rubia, ojos color miel, alta y... modestia aparte, buen cuerpo".
Es la primera vez en los últimos nueve meses, desde la separación de su esposa, que Amador se ha propuesto tener serias intenciones con alguien, al menos por esta tarde. ¿O eran buenas intenciones? Bueno, para el caso es lo mismo. Todo sea por develar esa irresistible incógnita en que se ha convertido Elisa para él; a pesar de haberse negado a corresponder el detalle de enviarle su fotografía en los correos electrónicos; limitándose a anexar excitantes postdatas:

"Muy pronto me conocerás. Ten paciencia, no te vas a arrepentir".

Desde que Amador charló con ella la primera vez por teléfono comenzaron a identificarse mucho más; entre otras cosas por declararse Elisa experta cocinera, dueña de un sazón de época; mientras Amador se sinceró amante del buen comer, aun cuando no entendió nunca los nombres de los platillos italianos y japoneses que ella estaba dispuesta a prepararle.
A ambos les encantan las caminatas por el bosque. También estuvieron de acuerdo en que ninguno de los dos ha visto los límites de la ciudad al menos en cinco años. Rieron bastante por el auricular aquella vez que los dos palomos no se ponían de acuerdo respecto a si "La Metamorfosis" era un remedio para la gripe o el libro predilecto de la chica; llegando al extremo de la hilaridad al revelarle Amador que lo único que ha leído últimamente son las marcas de atunes y galletas saladas al ir al supermercado cada fin de semana.
El ha llegado al límite de soñar con Elisa, enfundada en una minifalda de negra seda que ella le pide le retire, de espaldas, mientras unas zapatillas con tacones de aguja marcan el ritmo de su corazón al despertarse mojado, a mitad de la noche.

Faltan cuarenta y cinco minutos para la cita. Amador sale de su departamento tal y como le confiara a Elisa que iría vestido: pantalón de vestir gris -el único que tiene presentable-, camisa azul cielo y esa terrible corbata gruesa, a rayas rojas con blanco, prestada por el vecino que lo ayudó a anudarla. Retomando la farsa con una pluma delgada, plateada; guardada por ahí desde su graduación de la secundaria, la cual luce orgulloso, sujeta a la bolsa de su camisa. Amador parece un jefe de almacén perfectamente peinado, pero él no puede darse cuenta de esto.
Se siente ridículo de andar por las calles sin mezclillas y tenis flojos, pero presiente que su vestimenta es la apropiada para deslumbrar a una secretaria ejecutiva bilingüe, asistente del director general de la principal cadena de radiodifusoras en el país.
No faltan los niños y los perros del barrio siguiéndolo jocosos y husmeantes hasta la entrada del metro, intuyéndose un payaso de primera al ser burlado en el trayecto por al menos tres conocidos, intrigados, antes de bajar las escaleras.

Al salir a la superficie se encuentra de frente con un sol agotado, escondido detrás de unas alargadas nubes de contaminación en esa extraña zona de la ciudad donde casi todos los hombres cuelgan originales corbatas en sus pechos y las mujeres usan ropas que, con un poco de imaginación, resultarían coquetos uniformes de moda. Esto le hace recordar a Amador, caminando esas banquetas sin cuarteaduras, las señas del uniforme para identificar a Elisa en el café donde se han citado: vestido azul claro y pañoleta roja con amarillo -los diseñadores seguramente sufren gastritis-; además, apenas ayer Elisa le pidió por teléfono que, si llegaba antes que ella a la cita, la esperara en el sillón ubicado frente a la caja; ella hará lo mismo en caso contrario.

Amador siempre ha tenido fama de aventurero; de hecho a esto se debió su divorcio. Su ex esposa simplemente se hartó de "la última prueba para entregarle el auto al señor Aguirre"; de las tarjetas aromáticas, insinuantes; de los hedores a burdel; pero sobre todo de la cartera vacía, luego de dos noches de parranda.
No es precisamente un hombre que llame la atención de las mujeres en la calle; a cambio, tiene su particular encanto con las mil mañas que conoce y domina; a pesar de no haber aprendido nunca a bailar. La naturaleza le obsequió una voz tintineante para las féminas y esa imaginación desbordada que utiliza para envolverlas. Es un cazador de mujeres, un coleccionista de trofeos.
Entre tantos trofeos, a los veintinueve años se propuso comerse a la más hermosa de las secretarias de "Autos y Aviones, S.A.", de apenas dieciocho abriles; rompiendo el código de ética del seductor al quedar perdidamente enamorado de ella, sin importarle en lo más mínimo su pésimo sazón y esa "¡maldita incapacidad para hacer nada!"; ni siquiera un hijo; sin imaginar Amador que el infértil era él. Finalmente, la muchacha decidió, al igual que Elisa, regresar a la casa de sus padres.
Amador es un campeón de la conquista; pero en los últimos nueve meses simplemente se dejó caer en pedazos.
Nunca ha experimentado una cita a ciegas; mucho menos en este territorio desconocido de encorbatados y uniformadas a la moda, esta zona de primer mundo, rodeada por una metrópoli tercermundista en la cual están acostumbrados a vivir él y Elisa.

Al abrir la puerta del café -más bien la puerta se corre sola, aumentando su nerviosismo- donde Elisa lo citara, por ubicarse dos cuadras de su trabajo, Amador se encuentra de inmediato con el sillón color rosa pastel, frente de la caja registradora; sintiéndose al instante un perfecto payaso de tercera en ese ambiente selecto, casi desconocido para él, con todas las mesas ocupadas en este viernes por la tarde; lo mismo por personajes que parecen negociar la deuda externa del país, entre habanos y sofisticadas copas; sin faltar la pareja comiéndose a besos en un rincón; así como espléndidas menopáusicas esperando a los gigolos o el gey cincuentón al asecho de adolescentes; además de los meseros y el encargado de la caja, quienes, como decía Bukowski, muy difícilmente en sus vidas han tenido un trabajo donde en verdad utilizaran sus manos.
El cajero, ubicado frente a Amador -temblando de miedo, sentado a un extremo del sillón-, es algo así como un pulcro robot entrenado y dispuesto a sacarle brillo a los zapatos y a la calva de uno que otro de los clientes, amable y servil a más no poder.
Amador trata de dominar sus nervios concentrándose en la televisión de mediano tamaño ubicada detrás del sonriente cajero; al mismo tiempo que siente esa terrible picazón que desde hace meses tanto le molesta el pie izquierdo. Desesperado, toma la pluma de su camisa, introduciéndola de manera salvaje entre el zapato de charol y el calcetín blanco, rascándose de tal manera que la comezón liberada le provoca un maravilloso suspiro, inadvertido por todos gracias al murmullo generalizado y a la música de fondo. Sus párpados se cierran ante semejante éxtasis; abriéndolos para darse cuenta de que el cajero ha tomado el control para cambiar de canal sin que nadie se de por enterado, sólo Amador: en lugar de esos torpes y aburridos videos, el robot-cajero decide que es hora de estar bien informado en el noticiero de la tarde; mientras realiza su corte de caja.

Sintiéndose un poco más en confianza en el lugar, a través de la ventana, Amador observa a una rubia a punto de atravesar la calle con llamativo bolso colgando del hombro, sujetándolo firmemente, alternando sus ojos efusivos a los autos que pasan veloces y al semáforo, reflejando cierto apremio por llegar a su destino. El vestido que porta es entallado, azul claro, rematado por una pañoleta roja salpicada de un amarillo verdoso, obsequiándole cierto toque sugestivo a ese porte seductor.
Amador se ve obligado a tragar saliva apenas moviendo un músculo. La voz aburrida del conductor del noticiero y las más de veinte conversaciones, choques de copas, risas y música ambiental se han transformado en silencio insoportable. Las caderas de la hermosa rubia se dibujan en su vestido con un viento ligero, viéndose obligada a retocar su peinado casual.
Prestancia, esa es la palabra para describir esos modos ante la puerta que se rinde ante su paso, sentándose sin más a la izquierda de Amador. Parece no advertir su presencia en el lado opuesto del sillón. Ve su coqueto reloj de pulsera cruzando las gloriosas piernas con medias de brillo inmaculado, dejando a la vista más de la mitad de un muslo bien torneado, por demás apetecible al monje más austero del Tíbet.
El eterno seductor no puede creerlo: la primera incursión, su primer atrevimiento en las altas esferas lo tienen al borde de un grito; recorriendo ese monumento con el rabillo del ojo sin darse cuenta de que la sangre le hierve en la cabeza.
Seguramente Elisa resultó ser una mujer reservada de gran personalidad y esas maneras dignas de una reina; precavida, al haber advertido ya el pantalón gris y la camisa azul de Amador. –“Han de ser las reglas de la ‘jai sosáieti’”- piensa él, tratando de controlar sus manos sudorosas.
El nunca ha tenido ocasión de sentir entre sus brazos una piel tan fina como la que posee la lindura que sigue comiéndose con la mirada, entre el perfume exquisito brotando del cuello de encanto, introduciéndose libre en las fosas nasales y peludas del tipo. En pocas palabras, jamás ha poseído un espécimen de semejante calibre; contando a doña Chayo, aquella señora de la merendería, de pantalones tan ajustados al fruto como senos grandes y firmes cuales panales de avispas; quien llegara al colmo, una ocasión, de colocarse algodones bajo el brazier "para no desperdiciar su leche"; o la inolvidable Claudia, ninfómana humillada la noche en que la muchacha más hermosa de "Autos y Aviones, S.A." pudo haberla matado de un tiro en la cabeza y a él dejarlo estéril -por si cabía alguna duda-, con un sólo tiro.

Temeroso, decidido, temblando aún sin importarle morir por la patria, Amador decide hacerle frente a su fantástica presa:
-¡Ejém!... ¿E-Elisa?
-¿Perdón? -contundente.
-¡S-soy Amador!... eh... eres puntual -dibujando una estúpida sonrisa de terror.
Dignándose al fin concentrar su mirada coqueta en el hombre parado frente a ella, que parece estarle sacando brillo a su corbata. Toda esa preciosura de cabello claro responde con la misma pregunta:
-¿¿¿Perdón??? -haciendo ligero énfasis de sorpresa. Amador no tiene la menor idea de sus facciones desencajadas.
-¡Soy Amador! ¡Amador, cariño!
La bella moza se limita a juntar sus piernas, escuchándose el maravilloso roce de las medias entre el silencio más que nunca insoportable en el hombre; anverso remolino del líbido que le zumba en los oídos; sin contar el sudor en su frente.
-¡Disculpe usted, pero no lo comprendo! -modificando su gesto por el de la incomodidad absoluta; recorriéndolo sin escrúpulo de los pies a la cabeza como quien desea que se largue el lacayo insubordinado; haciendo a un lado lo poco que le queda de amabilidad ante la insistencia del individuo -¡Espero a mi marido, señor! ¡Creo que usted me está confundiendo!
-¡Pero, tu vestido! -suelta al fin la corbata de cerbatana, dirigiendo las manos deseosas y la mirada perdida a la figura primorosa.
El robot-cajero deja de teclear en su computadora, volteando hacia la mujer:
-¡Le ruego que me deje en paz! ¡De lo contrario llamaré a la policía! -sus maravillosos ojos negros son la mezcla perfecta a esos labios sentenciosos, carmesí.
-B-b-bueno, disculpe... n-no fue mi intención... molestarla -el macho derrotado siente que la patria se le viene encima; ese perfume ya se ha filtrado hasta sus genitales en una humedad que desea volverlo a la realidad.
Ella le arrebata toda posibilidad de ser absuelto, retornando su mirada preciosa, espléndidamente maquillada hacia la calle, a través de la puerta que por segunda o tercera vez se corre ante el paso marcial de algún político acompañado del delirante taconeo de otra hembra preciosa.

Es demasiado, demasiado para amador. Sin saber cómo ni cuándo, de pronto se encuentra sentado de nuevo en la esquina derecha del sillón. Tentado por ese muslo carnoso intenta evitar la incomodidad entre sus piernas. Tira con el codo varios ejemplares del último disco de Luis Miguel, activando la alarma de un robot-mesero, presto a colocarlos de nuevo en el anaquel -como si valiera la pena-, además de "limpiar" el codo de Amador con un trapucho multicolor de olores plásticos.
Tan multicolor como el maquillaje de otra rubia que en estos momentos entra al café, solitaria, sencilla, de sutiles movimientos, a tal grado que parece ayudar a la puerta a correrse con un roce interesante de su mano, dando tres cortos pasos en el interior.
Su sonrisa es sincera, un poco extraña. Amador la observa mientras ese pesado silencio apenas se diluye. El atuendo de la chica es exactamente el mismo al de la bella joven que sigue ansiosa esperando a su marido; excepto por el vestido holgado por debajo de la rodilla y sus zapatillas discretas. Al igual que la linda dama, es alta, de cabello corto, claro, curvilínea -hasta ahora advierte Amador los ojos negros, encantadores, de la beldad sentada en el sillón; contrastando con los color miel de la otra chica: tal y como se definiera en su carta. Pero vamos, ¿quién se iba a estar fijando en sus ojos?
Los cabellos de esta mujer cuelgan de su frente a manera de caireles, dificultando apreciar del todo sus lindos ojos claros enmarcados por dos desesperantes ojeras de insomnio eterno; su caminar podrían envidiarlo las hijas de los corredores de bolsa que ganan o pierden tiempo y dinero en las mesas, si no fuera por esa sutil cojera de su pierna derecha, provocando que sus enormes pechos tiemblen apenas.
-¿Amador? -parece cantar una cotorra, una dulce cotorra de gran sazón e impostergable necesidad de estallar sus deseos.
Amador voltea hacia cualquier parte; encontrándose con el conductor del noticiero, cuyo rostro viejo y acartonado semeja un muñeco de ventrílocuo, con esas arrugas escurridas a cada lado de su mentón hasta el cuello colgante de su camisa impecable y esa perfecta corbata negra, recitando con flemático humor las noticias más convenientes para los poderosos que lo ignoran desde las mesas.
De la pantalla, la mirada asustada de Amador brinca hasta el robot-cajero, acomodándose su moño amildonado frente al espejo lateral del cubículo; ahora surge la güera bonita, retocando sus labios, reflejados en un diminuto espejo que parece flotar entre sus uñas vampirezcas.
-¡Mi amado Amador! ¡Soy Elisa! -irrumpe de nuevo esa voz, superando en intensidad al cuchicheo envolvente.
La gallardía de la hermosa señora logra escuchar a Elisa, dibujando simulada una brillante sonrisa de mofa.
-¡Eres más atractivo en persona que por teléfono, je, je, je! -abriendo al máximo sus lindos ojos.
-Eh... yo... -el tipo turbado se pone en pie ante semejante muestra de efusividad, caminando hasta Elisa, logrando apenas respirar.
Elisa no pierde tiempo, tomando cariñosa la fría mano de Amador sin poder ocultar su profunda emoción:
-¡Ven! ¡Ahí hay un lugar vacío! ¡Quiero que estemos de acuerdo en el nombre que escogí para nuestro primogénito! ¡Ay! ¡no sabes cuántas veces lo he imaginado ya en su cunita!
Amador intenta articular palabra:
-¡Disculpe señorita, pero... usted me está confundiendo!... ¡Y-yo no me llamo Amador! -con aires de grandeza y modales de fina ramera, la hermosa hembra se acomoda en el sillón, modulando esa risa fingida- ¡No tengo el gusto de c-conocerla! -sigue Amador- ¡Ahora si me permite, llevo un p-poco de p-prisa!
-¡Pero! ¡Tu camisa azul! ¡Eres tú!¡Tienes que ser tú! –levanta más la voz y el énfasis en esas pupilas que por un momento logran cautivar a Amador- ¡Tu voz! ¡Es tu hermosa voz!
-Me temo que es -con el rostro de la vergüenza, a punto de desmayarse-... bueno, una coincidencia, señorita... je, je, je... Imagine cuánta gente anda vestida como yo, je, je, je.
Elisa suelta la mano de Amador, la cual apretaba con profunda convicción. No sabe si es mayor su confusión o esa sensación de comprenderlo todo, estúpidamente apenada. Haciendo a un lado los caireles con sus delicadas manos blancas, sencillas, de uñas recortadas y transparentes que de alguna manera hablan de honestidad. Recorriendo la figura del tipo reconoce su absoluta ridiculez e ingenuidad:
-Yo... le pido que me disculpe, señor -baja la mirada hasta esos absurdos zapatos de charol; deseando que la tierra se la trague.
En un rápido movimiento, Elisa intenta abrir su bolso discreto en busca de aquella fotografía para al menos evidenciarlo; pero ahora es Amador quien la toma del brazo, pusilánime, despidiéndose con una mueca y la prisa de la liebre perseguida por la oculta mariposa de descomunales alas que de pronto brotara del follaje. Su última excusa más allá de la puerta que ya se cierra:
-¡No hay problema señorita!... ¡Suele suceder!




Amador camina las calles recobrando el pulso.
Elisa intenta calmarse, sentándose a mitad del sillón, junto al portento de mujer, comiéndose con la mirada la pequeña fotografía a color del rostro de Amador, en la cual luce un uniforme de empleado de gasolinera -interpretan esos bellos ojos claros...
La dama exquisita reconoció desde un inicio a Elisa, pero procuró -con éxito, hasta ahora- pasar desapercibida. Voltea de nuevo hacia la calle mientras sus uñas enormes y brillantes tintinean más de diez exóticas pulseras en su muñeca.
Finalmente aparece un flamante auto deportivo estacionándose silente en la esquina de la cuadra, provocando en la galante muchacha una siniestra sonrisa de satisfacción. Sale a toda prisa taconeando sobre el piso encerado; seguida por las mórbidas miradas del robot-mesero y el conductor del largísimo noticiero, contoneándose por la acera hasta acceder al galanteo del director general de la cadena de radiodifusoras más importante del país, el jefe de Elisa, la eficiente y solitaria secretaria bilingüe, tan absorta en sus pensamientos que no presta atención a la huída de la agradable Mónica en brazos de quien, con un poco de buen gusto y uno que otro secreto de mujer, podría ocupar el lugar de ella, y no precisamente como amante.
Las llantas del deportivo marcan el asfalto alejándose a toda velocidad; sin inmutar la profunda tristeza que se ha fraguado en Elisa.
Pero ella es tozuda. En medio de esa acostumbrada melancolía, y su particular silencio, ya planea la siguiente estrategia en la primer edición de los periódicos en la próxima semana.
Total, con un tacón más alto, quizás el anzuelo lo muerda un peatón que comprenda que eso de la identificación entre un hombre y una mujer casi siempre resulta relativo.

Cansado de deambular sin sentido, Amador se decide por una de tantas leonas excitantes esperando cliente en los marcos de las puertas de esas tristes viviendas; a la cual se ve forzado a pagar sus servicios con la pluma plateada, al no encontrar su cartera en ninguno de los bolsillos de su pantalón.
Amador sospecha de ella -¿de quién más?-; pero no lo demuestra. Ha aprendido que presenciar, percibir y enmudecer es la única manera de titularse como ciudadano de primera; y en estas circunstancias, de evitar una golpiza sin sentido.

La pequeña Liz le reclama a su madre por dejarla toda la tarde con ese par de viejos aburridos buenos para nada. La abuela se queja de los berridos de la nieta; la nieta de las telenovelas de la abuela y el abuelo de ambas, explotando su neurosis en la puerta de la recámara.
Elisa simplemente gira la perilla de su alcoba, deslizándola con el cuidado necesario para no interferir en esa pelea intergeneracional; sin imaginar nadie el papelón que acaba de hacer en el centro; limitándose a colocar delicado el seguro.
Su jefe, a kilómetros de distancia, se afloja la corbata de seda mientras Mónica disfruta de un baño de burbujas. Los demás invitados no tardan en llegar a la fiesta, la cual provocará que los restos de Calígula terminen de secarse en su tumba.

Amador sale del motel con el boleto del metro justo para regresar a su triste departamento, sin su recuerdo de secundaria, sin licencia de manejo, sin ánimo de nada; imaginando lo fantástico que será aventar esos incómodos zapatos de charol para luego masturbarse los pies hasta sangrar.
La leona filtra la cartera de Amador a través de una sucia alcantarilla, taconeando experta y sin prisa hacia la esquina de siempre, en espera de más amadores; escuchándose una radio prendida, perdida entre el alboroto del barrio pintoresco:

"En estos momentos hay más personas escuchando estaciones del Grupo Radio Centro que viendo televisión. ¡Radio Centro! ¡La cadena de radiodifusoras más importante del país!"

En menos de cinco minutos otro galán abre su apetitosa cartera, obligando a la seductora tigresa a chiflar tan potente que el taxista ubicado al frente de la fila apaga la radio del automóvil. Acelera y frena en un intervalo de diez metros, presto a cumplir con su deber.
El encargado del motel se queda dormido en su mecedora, arrullado por la programación de la radio.

Sin evidenciar el cansancio de la jornada, el robot-cajero sigue soñando con la silueta de Mónica, la exquisita Mónica que en estos momentos no puede hablar; a diferencia de la tigresa, intimidando al amador en turno dentro del taxi a toda velocidad, con una agresiva voz varonil y la calibre 22 bien sujeta en sus dedos huesudos. El estereo del taxi a todo volumen:

"En estos momentos hay más gente... ... ..."

... Ganando o perdiendo cualquier cosa; sin percatarse de que Elisa disfruta el silencio y las lágrimas en su tacto que acaricia ese fino cuerpo desnudo que trescientos años atrás hubiera sido codiciado por la corte francesa.
Sus dedos la invitan a relajarse, se deja llevar...

Texto agregado el 22-11-2004, y leído por 207 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2006-04-16 23:30:49 QUE BUEN CUENTO Alipuso, qué quieres que te diga, lo leí absorta, de principio a fin. tqch la-negra- chilena
2005-05-02 21:09:26 Esta clara que mi condición aflora aunque sea repitiendo.Pero esta vez ha sido ese odioso "enter" que me matará algún día. :) entrelineas
2005-05-02 21:07:04 "Nadie es culpable cuando todos desatinan" (William Shakespeare). Sin "chorizo" esta vez dejo un puñado de estrellas para esa Cita. entrelineas
2005-05-02 21:06:31 "Nadie es culpable cuando todos desatinan" (William Shakespeare). Sin "chorizo" esta vez dejo un puñado de estrellas para esa Cita. entrelineas
2004-11-28 14:10:26 Se me hizo algo largo, claro, cuando luego me fijé el número de palabras me dí cuenta el por qué... orlandoteran< /a>
Ver todos los comentarios...
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]