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LA CITA


A Elisa le gusta todo de Amador, menos su nombre; pero nunca se lo ha dicho.
Ese nunca se remonta a un mes y días. Al menos Elisa aceptó escribirle algún número de teléfono en el último correo electrónico que él le mandara, a raíz de aquel anuncio en internet.
A la chica también le turba que a Amador le guste todo de su persona; tanto como a ella le cautivan esas historias que provocan se sonroje ante el mirar indiscreto de sus compañeras de oficina, generalmente después de la comida, con cargo directo al recibo telefónico de Amador.
Ambos están divorciados. Elisa regresó hace un año a la casa de sus papás, quienes se encargan de consentir a la pequeña Liz, de apenas cinco años, con todo el tiempo que sus respectivas jubilaciones les permiten. Por su parte Amador está solo, tan solo que una buena noche aceptó la invitación de una amiga para ir al ciber-café de la esquina e inscribirse a cierta página de la red:
–Vas a ver que hoy mismo te ligas una chava –le animó la amiga.
Era algo así como "corazones solitarios", "divorciados light" o cosas por el estilo. Sin gran preámbulo le pareció interesante el perfil de cierta "mujer busca caballero con buenas intenciones", a pesar de no incluir la fotografía de la muchacha; en menos de una semana ya había aprendido a manejar, sin ayuda alguna, la computadora; bueno, al menos el mouse y el enter; enviándole a aquella mujer joven escuetos mensajes con una que otra falta de ortografía.
En lugar de foto, el espacio de ella era llenado por una cursi rosa de tela, con gotitas de naftalina a manera de fresco rocío. A pesar de esto Amador la seguía buscando, entre otros detalles, por vivir en la misma zona de la ciudad.

Amador termina de sujetarse la corbata; el nudo se lo hizo un vecino, pues él en su vida se ha montado nada en el cuello, ni bufandas.
Está nervioso. En una hora exactamente terminarán, o darán inicio, las mil fantasías que ha fabricado en su mente a fuerza de imaginarse a Elisa en carne y hueso frente a sus ojos; llegándole una vez más a la mente, mientras peina su cabello rebelde, silbando de contento, ese suspiro por el teléfono:
–Oye amor... –oculta la boca con sus dedos inquietos, para no evidenciarse en la oficina.
–Dime, cariño –generalmente acostado en su cama, antes de dormir la siesta, al salir de su trabajo como mecánico.
–¡Cómo me encanta tu voz varonil! –murmura genial esta frase, acompañada por una risita que cuando no se controla parece el parloteo de una cotorra, dicha sea la verdad; pero bueno, algún defecto debía tener a sus "treinta y un años, rubia, ojos color miel, alta y... modestia aparte, buen cuerpo".
Es la primera vez en más de medio año, desde la separación de su esposa, que Amador se ha propuesto tener serias intenciones con alguien, al menos por esta tarde. ¿O eran claras intenciones? Bueno, para el caso es lo mismo. Todo sea por develar esa irresistible incógnita en que se ha convertido Elisa para él; a pesar de haberse negado a corresponder el detalle de enviar su fotografía en los correos electrónicos; limitándose a anexar excitantes postdatas:
"Muy pronto me conocerás. Ten paciencia, no te vas a arrepentir".

Desde que Amador charló con ella por primera vez, al teléfono, comenzaron a identificarse mucho más; declarándose Elisa como experta cocinera, dueña de un sazón de época; mientras Amador se sinceró amante del buen comer, aun cuando no entendía los nombres de los platillos italianos y japoneses que ella estaba dispuesta a prepararle.
A ambos les encantan las caminatas por el bosque. También estuvieron de acuerdo en que ninguno de los dos ha visto los límites de la ciudad al menos en el último año. Rieron bastante por la bocina aquella vez que los palomos no se ponían de acuerdo respecto a si "La Metamorfosis" era un remedio para la gripe o el libro predilecto de la chica; llegando al extremo de la hilaridad al revelarle Amador, que lo único que ha leído últimamente, son las marcas de atunes y galletas saladas, al ir al supermercado cada fin de semana.
Él ha llegado al límite de soñar con Elisa, enfundada en una minifalda de negra seda que ella le pide le retire, de espaldas, mientras unas zapatillas con tacones de aguja marcan el ritmo de su corazón al despertarse mojado, a mitad de la noche.

Faltan cuarenta y cinco minutos para la cita. Amador sale de su departamento tal y como le confiara a Elisa que iría vestido: pantalón de tela gris –el único que tiene presentable–, camisa azul cielo y esa terrible corbata gruesa, a rayas rojas con blanco, prestada por el vecino que lo ayudó a anudarla. Perfecciona la farsa con una pluma de metal, recubierta en plata; guardada por ahí desde su graduación de la secundaria, la cual luce orgulloso, sujeta a la bolsa de su camisa. Amador parece un jefe de almacén perfectamente peinado, pero él no puede darse cuenta de esto.
Se siente ridículo de andar por la calle sin mezclilla y tenis flojos, pero presiente que su vestimenta es la apropiada para deslumbrar a una secretaria ejecutiva bilingüe, asistente del director general de la más grande cadena de radiodifusoras en el país.
No faltan los niños y un perro del barrio siguiéndolo bromistas, husmeándolo el segundo hasta la entrada del metro, intuyéndose un payaso de primer nivel, al ser burlado por un par conocidos en perfecta intriga, antes de bajar la escalera.

Al salir a la superficie se encuentra de frente con un sol seco, detrás de unas alargadas nubes de contaminación, en esa extraña zona de la capital, donde casi todos los hombres cuelgan corbatas en su pecho y las mujeres usan ropa que, con un poco de imaginación, resultarían coquetos uniformes de moda. Esto le hace recordar a Amador, las señas del uniforme para identificar a Elisa en el café donde se han citado: vestido azul claro y pañoleta roja con amarillo –los diseñadores seguramente sufren gastritis–; además, ayer Elisa le pidió por teléfono que, si llegaba antes que ella a la cita, la esperara en el sillón frente a la caja; ella hará lo mismo en caso contrario.

Amador siempre ha tenido fama de aventurero; de hecho, a esto se debió su divorcio. Su ex esposa simplemente se hartó de "la última prueba para entregarle el auto al señor Aguirre"; de la tarjeta aromática, insinuante; de los hedores a burdel; pero sobre todo de la cartera vacía, luego de dos noches de parranda.
No es precisamente un hombre que llame la atención de las mujeres en la calle; en cambio, tiene su particular encanto con las mil mañas que conoce y domina, a pesar de no haber aprendido nunca a bailar. La naturaleza le obsequió una voz tintineante para las féminas y esa imaginación desbordada que emplea para envolver a cada una. Es un cazador de mujeres, un coleccionista de trofeos.
Entre tanto laurel, a los veintinueve años se convirtió en el lobo feroz, en relación con la más hermosa de las secretarias de Autos y Aviones, S.A., de apenas dieciocho abriles, rompiendo el código de ética del seductor, al quedar perdidamente enamorado de ella, sin importarle en lo más mínimo su pésimo sazón y esa "¡maldita incapacidad para hacer nada!"; ni siquiera un hijo; sin imaginar Amador que el infértil era él. Finalmente, la muchacha decidió, al igual que Elisa, regresar a la casa de sus padres.
Amador es un campeón de la conquista; pero en los últimos meses simplemente se dejó caer en pedazos.
Nunca ha experimentado una cita a ciegas, mucho menos en este territorio desconocido de encorbatados y uniformadas a la moda, esta zona de primer mundo, rodeada por una metrópoli tercermundista, en la cual están acostumbrados a vivir él y Elisa.

Al abrir la puerta del café –más bien la puerta se desliza sola, aumentando su nerviosismo– donde Elisa lo citara, por ubicarse a dos cuadras de su trabajo, Amador se encuentra de inmediato con el sillón color rosa pastel, frente a la caja registradora. Se siente al instante un perfecto bufón de tercera en ese ambiente selecto, casi desconocido, con todas las mesas ocupadas al ser viernes por la tarde; lo mismo por personajes que parecen negociar la deuda externa del país, entre habanos y copas; sin faltar la pareja comiéndose a besos en un rincón; así como nobles menopáusicas esperando a los gigolós o el gay cincuentón al asecho de algún adolescente; además de los meseros y el encargado de la caja, quienes, como decía Bukowski, se nota que en su vida no han tenido un trabajo donde en verdad utilizaran las manos.
El cajero, ubicado frente a Amador –quien tiembla, a un extremo del sillón–, es algo así como un pulcro robot entrenado, dispuesto a sacarle brillo a los zapatos y a la calva de uno que otro de los clientes; amable, servil a más no poder.
Amador trata de dominar sus nervios, concentrándose en la televisión de mediano tamaño, ubicada detrás del sonriente cajero; al mismo tiempo que percibe esa terrible picazón que desde hace un tiempo tanto le molesta el pie derecho. Desesperado, toma la pluma de su camisa, introduciéndola de manera salvaje entre el zapato de charol y el calcetín blanco, rascándose de tal manera que la comezón liberada le provoca un maravilloso suspiro, ignorado por todos, gracias al murmullo general y a la música de fondo. Sus párpados se cierran ante semejante éxtasis; abriéndolos para darse cuenta de que el cajero tomó el control, cambiando de canal sin que nadie se entere, sólo Amador: en lugar de esos torpes videos, el robot-cajero decide que es hora de estar bien informado en el noticiero de la tarde; mientras realiza su corte de caja.

Sintiéndose un poco más en confianza en el lugar, a través de la ventana, Amador observa a una rubia a punto de atravesar la calle, con llamativo bolso colgando del hombro. Lo sujeta firmemente; alterna sus ojos a los coches que pasan raudos y al semáforo; reflejando cierto apremio por llegar a su destino. El vestido que porta es entallado, azul claro; también luce una pañoleta roja salpicada de un amarillo verdoso, obsequiándole cierto toque sugestivo, seductor.
Amador traga saliva, apenas moviendo un músculo. La voz aburrida del conductor del noticiero y las más de veinte conversaciones, choque de copas, risa y música ambiente, se transforman en silencio insoportable. Las caderas de la hermosa rubia dibujándose en su vestido con un viento ligero, que la obliga a retocar su peinado casual.
Prestancia, es la palabra para describir esos modos ante la puerta que se rinde ante su paso, mientras se sienta sin más a la izquierda de Amador. Parece no advertir su presencia en el lado opuesto del sillón. Ve su coqueto reloj de pulsera, cruzando los muslos de gloria con medias de brillo paradisíaco, deja a la vista más de la mitad del derecho bien torneado, por demás apetecible al monje más austero del Tíbet.
El eterno seductor no puede creerlo: su primera incursión en las altas esferas lo tienen al borde de un grito; recorriendo esa esfinge con el rabillo del ojo, sin darse cuenta de que la sangre le hierve en la cabeza.
Seguramente Elisa resultó ser una mujer reservada, de gran personalidad y esa manera propia de una reina; precavida, al advertir el pantalón gris y la camisa azul de Amador. –“Han de ser las reglas de la jai sosáieti, piensa, tratando de controlar sus manos sudorosas.
Él nunca ha tenido ocasión de sentir entre sus brazos una piel tan fina como la que posee la lindura que sigue comiéndose con la mirada, entre el delicado perfume que brota del cuello de encanto, introduciéndose libre en las fosas nasales y peludas del tipo. Para terminar pronto, jamás ha poseído un espécimen de semejante calibre; contando a doña Chayo, aquella señora de la merendería, de pantalón tan ajustado y senos de panal de avispas; quien llegara al colmo, una ocasión, de colocarse algodones bajo el brazier; o la inolvidable Claudia, ninfómana humillada la noche en que la secretaria más hermosa de Autos y Aviones, S.A. pudo haberla matado de un tiro en la cabeza, y a él dejarlo estéril –por si cabía alguna duda–, con un sólo tiro.

Temeroso, decidido, temblando aún sin importarle morir por la patria, Amador decide hacerle frente a su fantástica presa:
–¡Ejém!... ¿E-Elisa?
–¿Perdón? –contundente.
–¡S-soy Amador!... eh... eres puntual –dibuja una estúpida mueca de terror.
Dignándose al fin concentrar su mirada coqueta en el hombre, de pie frente a ella, y que parece sacarle brillo a su corbata, toda esa preciosura de cabello claro responde con la misma pregunta:
–¿Perdón? –hace ligero énfasis de sorpresa. Amador no tiene la menor idea de sus facciones desencajadas.
–¡Soy Amador! ¡Amador, cariño!
La bella moza se limita a juntar sus piernas, escuchándose el maravilloso roce de la media entre el silencio, más que nunca insoportable en el hombre; remolino de líbido que le zumba en los oídos; sin contar el sudor en su frente.
–¡Disculpe usted, pero no lo comprendo! –modifica su gesto por el de la incomodidad absoluta; recorriéndolo sin escrúpulo de los pies a la cabeza como quien desea que se largue el lacayo insubordinado. Hace a un lado lo poco que le queda de amabilidad ante la insistencia del individuo –¡Espero a mi marido, señor! ¡Creo que usted me está confundiendo!
–¡Pero, tu vestido! –suelta al fin la corbata de cerbatana, dirigiendo la mano deseosa y la mirada al primor de estampa.
El robot-cajero deja de teclear en su computadora, voltea hacia la mujer.
–¡Le ruego que me deje en paz! ¡De lo contrario llamaré a la policía! –sus inolvidables ojos negros son la mezcla perfecta a la boca en sentencia carmesí.
–B-b-bueno, disculpe... n-no fue mi intención... molestarla –el macho derrotado siente que la patria se le viene encima; ese perfume ya se filtra hasta sus genitales en una humedad que desea volverlo al mundo real.
Ella le arrebata toda posibilidad de ser absuelto, retornando su mirada preciosa, espléndidamente maquillada hacia la calle, a través de la puerta que por segunda o tercera vez se abre ante el paso marcial de algún político, acompañado del delirante taconeo de otra bella hembra.

Es demasiado, demasiado para Amador. Sin saber cómo ni cuándo, de pronto se encuentra, de nuevo, en la esquina derecha del sillón. La incomodidad entre sus piernas lo exaspera. Al sentarse, tiró con el codo varios ejemplares del último disco de Luis Miguel, activando la alarma de un robot-mesero, presto a colocarlos de nuevo en el anaquel –como si valiera la pena–, además de limpiar el codo del cliente con un trapucho multicolor de emanaciones plásticas.
Tan multicolor como el maquillaje de otra rubia que en este momento entra al café, solitaria, sencilla, de sutiles movimientos, a tal grado que parece ayudar a la puerta con un roce interesante de su mano, dando tres cortos pasos en el interior.
Su sonrisa es sincera, un poco extraña. Amador la observa mientras esa pesada afonía apenas se diluye. El atuendo de la chica es exactamente el mismo al de la bella joven que sigue esperando a su esposo; excepto por el vestido holgado por debajo de la rodilla y su calzar sencillo. Al igual que la linda dama, es alta, de cabello corto, claro, curvilínea –hasta ahora advierte Amador los ojos negros, encantadores, de la beldad sentada en el sillón; contrastando con los color miel de la otra chica: tal y como se definiera en su carta. Pero vamos, ¿quién se iba a estar fijando en sus ojos?
El cabello de esta mujer cuelga de su frente a manera de caireles, dificultando apreciar del todo sus lindos ojos claros, entre ojeras de insomnio eterno; su caminar podría envidiarlo la hija de uno que otro corredor de bolsa que gana o pierde tiempo y dinero aquí dentro, si no fuera por esa sutil cojera de su pierna izquierda, provocando que sus enormes pechos tiemblen apenas.
–¿Amador? –parece cantar una cotorra, una dulce cotorra de gran sazón e impostergable necesidad de estallar su deseo.
Amador voltea hacia cualquier parte; encontrándose con el fulano del noticiero, cuyo rostro viejo, acartonado, semeja un muñeco de ventrílocuo, con esas arrugas escurriendo a cada lado de su mentón, hasta el cuello colgante; camisa impecable, corbata negra, recitando con flemático humor la noticia más conveniente para los poderosos que lo ignoran en las mesas.
Desde la pantalla, la mirada estremecida de Amador brinca hasta el robot-cajero, acomodándose su moño almidonado frente al espejo lateral del cubículo; ahora surge la güera bonita, retocando sus labios en un diminuto espejo que parece flotar entre sus uñas vampirescas.
–¡Mi amado Amador! ¡Soy Elisa! –irrumpe de nuevo esa voz, superando en intensidad al cuchicheo envolvente.
La gallardía de la hermosa señora logra escuchar a Elisa; dibuja un brillante guiño de mofa.
–¡Eres más atractivo en persona que por teléfono, je, je, je! –abre al máximo sus ojos.
–Eh... yo... –el tipo turbado se pone en pie ante semejante muestra de efusividad; camina hasta Elisa, logra apenas respirar.
Elisa no pierde tiempo, toma con cuidado la fría mano de Amador sin ocultar su profunda emoción:
–¡Ven! ¡Ahí hay un lugar vacío! ¡Quiero que estemos de acuerdo en el nombre que escogí para nuestro primogénito! ¡Ay!, ¡no sabes cuántas veces lo he imaginado en su cuna!
Amador intenta articular palabra:
–¡Disculpe señorita, pero... usted me está confundiendo!... ¡Y-yo no me llamo Amador! –por su parte, con aires de grandeza, modales de fina ramera, la hermosa hembra se acomoda en el sillón, modulando esa risa fingida– ¡No tengo el gusto de c-conocerla! –sigue Amador–. ¡Ahora, si me permite, llevo un poco de prisa!
–¡Pero! ¡Tu camisa azul! ¡Eres tú!¡Tienes que ser tú! –con el énfasis en sus pupilas que por un momento logran cautivar a Amador–. ¡Tu voz! ¡Es tu hermosa voz!
–Me temo que... –con el rostro de la vergüenza, y a punto de desmayarse– bueno, señorita... je, je, je... Imagine cuánta gente anda vestida como yo, je, je, je.
Elisa suelta la mano de Amador, apretada con profunda convicción. No sabe si es mayor su desconcierto o la sacudida de comprenderlo todo, estúpidamente apenada. Hace a un lado los caireles con su mano natural, de uñas cortas, que de alguna manera hablan de honestidad. Recorriendo la figura del tipo reconoce su absoluta e ingenua ridiculez:
–Yo... le pido que me disculpe, señor –baja la mirada hasta ver los zapatos de charol; deseando que la tierra se la trague.
En una rápida decisión, la chica intenta abrir su bolso, en busca de aquella fotografía para al menos evidenciarlo; pero ahora es Amador quien la toma del codo, pusilánime, despidiéndose con un aspaviento y el desparpajo de la liebre perseguida por una oculta mariposa de descomunales alas, que de pronto brotara del follaje. Su última evasiva más allá de la puerta que ya se cierra:
–¡No hay problema, señorita!... ¡Suele suceder!
Amador camina por las calles recobrando el pulso.
Elisa intenta calmarse, sentada en la mitad del sillón, junto al portento de mujer, comiéndose con los ojos la pequeña fotografía del rostro de Amador, en la cual luce un uniforme de empleado de gasolinera.
La dama exquisita reconoció desde un inicio a Elisa, pero se las ingenió –con éxito, hasta ahora– para pasar desapercibida. Voltea de nuevo hacia la calle; sus uñas enormes tintinean más de diez pulseras en su muñeca.
Finalmente aparece un auto deportivo del año, y se estaciona en doble fila, en la esquina de la cuadra, provocando en la galante muchacha un siniestro gesto de satisfacción. Sale a toda velocidad, taconeando sobre el suelo encerado, seguida por la mirada de un robot-mesero y el propio conductor del noticioso; contoneándose hasta acceder a la galantería del director general de la cadena de radiodifusoras más importante del país, el jefe de Elisa, la eficiente y solitaria secretaria bilingüe, tan absorta en sus pensamientos que no presta atención a la huida de la agradable Mónica en brazos de quien, con un poco de buen gusto y uno que otro secreto de mujer, podría ocupar el lugar de ella, y no como amante.
Los neumáticos del deportivo marcan el asfalto; inmutable ante la profunda tristeza que se ha fraguado en Elisa.
Pero ella es tozuda. En medio de su habitual melancolía, su particular silencio, ya planifica la siguiente estrategia, en la primera edición del periódico de la próxima semana.
Total, con un tacón más alto, quizás el anzuelo lo muerda algún despistado que comprenda que eso de la identificación entre un hombre y una mujer casi siempre resulta relativo.

Cansado de deambular, Amador se decide por una leona excitante, esperando compañía en el umbral de su vivienda; a la cual se ve forzado a pagar su servicio con la pluma plateada, por no encontrar su cartera en ninguno de los bolsillos de su pantalón.
Amador sospecha de ella –¿de quién más?–; pero no lo demuestra. Ha aprendido que presenciar, intuir y enmudecer es la única manera de titularse como ciudadano de primera; y en esta circunstancia, de evitar una tunda sin razón.

La pequeña Liz le reclama a su madre por dejarla toda la tarde con ese par de viejos aburridos, buenos para nada. La abuela se queja del lloriqueo de la nieta; la nieta de la telenovela de la abuela y el abuelo de ambas, explotando su neurosis en la puerta de su cuarto.
Elisa simplemente gira la perilla de su alcoba, deslizándola con el cuidado necesario para no interferir en esa pelea intergeneracional; nadie imagina el papelón que acaba de hacer en el centro; limitándose a colocar, delicado, el seguro.
Su jefe, a kilómetros de distancia, se afloja la corbata; mientras, Mónica disfruta de un baño de burbujas. Los invitados no tardan en llegar a la fiesta, la cual provocará que Calígula termine de secarse en su tumba.

Amador sale del motel, apenas con el ticket del metro para regresar a su triste vivienda, sin su recuerdo de secundaria, sin licencia de manejo, sin ánimo de nada, imaginando lo fantástico que será aventar los incómodos zapatos de charol para masturbarse los pies hasta que sangren.
La leona filtra la cartera de Amador a través de una alcantarilla, taconeando experta y sin prisa hacia la esquina de siempre, en espera de más amadores; se escucha un aparato de radio, perdido entre el alboroto del suburbio pintoresco:

"En estos momentos hay más personas sintonizando estaciones del Grupo Radio Centro que viendo televisión. ¡Radio Centro! ¡La cadena de radiodifusoras más importante del país!"

En menos de cinco minutos otro galán abre su apetitosa cartera, obligando a la tigresa a silbar tan potente que el taxista ubicado al frente de la fila apaga el estéreo del auto. Acelera y frena en un intervalo de diez metros, presto a cumplir con su deber.
El encargado del motel se queda dormido en su silla, arrullado por la programación de la radio.

Sin evidenciar el cansancio de la jornada, el robot-cajero sigue soñando con la silueta de Mónica, la exquisita Mónica que en este momento no puede hablar; a diferencia de la tigresa, intimidando al amador de turno dentro del taxi a toda velocidad, con una agresiva voz varonil y la calibre veintidós bien sujeta en su mano huesuda. El estereo del taxi, a todo volumen:
"En estos momentos hay más gente... ... ..."
... que gana o pierde utopías.

Sin percatarse de que Elisa disfruta en silencio, las lágrimas en su tacto acarician sin prisa ese fino cuerpo desnudo, que trescientos años atrás, hubiera sido la envidia de la corte francesa.
Sus dedos la invitan a relajarse; se deja llevar...


Texto agregado el 22-11-2004, y leído por 264 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2006-04-16 23:30:49 QUE BUEN CUENTO Alipuso, qué quieres que te diga, lo leí absorta, de principio a fin. tqch la-negra- chilena
2005-05-02 21:09:26 Esta clara que mi condición aflora aunque sea repitiendo.Pero esta vez ha sido ese odioso "enter" que me matará algún día. :) entrelineas
2005-05-02 21:07:04 "Nadie es culpable cuando todos desatinan" (William Shakespeare). Sin "chorizo" esta vez dejo un puñado de estrellas para esa Cita. entrelineas
2005-05-02 21:06:31 "Nadie es culpable cuando todos desatinan" (William Shakespeare). Sin "chorizo" esta vez dejo un puñado de estrellas para esa Cita. entrelineas
2004-11-28 14:10:26 Se me hizo algo largo, claro, cuando luego me fijé el número de palabras me dí cuenta el por qué... orlandoteran< /a>
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