La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - justine - 'El galope'


El galope

Era un atardecer lleno de paz. Lejos de esa sensación, yo me remordía los labios, estrujaba la bandolera entre mis manos. Escuchaba el relinchar de aquel magnífico caballo, al que le ponían las riendas por primera vez, alzándose con rabia sobre sus patas traseras, sacando a borbotones por su boca toda la fiereza salvaje que el domador estaba dispuesto a doblegar. En las últimas semanas, había presenciado repetidamente el mismo espectáculo: El hombre erguido y tenso sobre el caballo, sus manos duras, su voz ronca y áspera que se dulcificaba al presentir el final de la doma, deleitándose en el trote del caballo que ya aplacado obedecía a sus giros... Hoy era diferente, mi espíritu parecía haberse transmutado en el de aquel animal blanco, poderoso, que miraba con ojos furibundos a los arneses, aquel yugo que presentía en su espíritu salvaje y que a mí me anudaba la garganta... El alazán era para mí. Habían elegido para la doma el mejor ejemplar, una belleza que a pesar de ser sometida al dominio de la cincha, manaría siempre el aura indómita que despedía su estampa. Cuando hombre y caballo pararon después de tres rodeos de inesperada armonía, me dirigí hacia él. Me coloqué de pie delante de su cabeza, mientras los espectadores contenían el aliento ante mi arrojo. Con gesto decidido, hice descender al hombre que había sometido aquel torbellino de libertad; con mis manos, acaricié sus crines y le aflojé la cincha. Su pelo blanco destilaba sudor. Desprendía un acre olor a ira. Sus ojos apagados miraban a un horizonte que por primera vez no sentía infinito... El caballo no se movió, permanecía dócil a mis caricias y a mi arrullo. Y lo recordé unos minutos antes, bello, erguido, su crin al viento... Y lloré. Entonces lo hice. No había otro mundo que el suyo y el mío, mujer y caballo reclamando la libertad. Solté mi melena, tiré la bandolera y me deshice del vestido. De un saltó monte a su grupa y me recosté sobre él, le quité las riendas. A un grito bronco de mi garganta, corcel y dama salimos al galope aventurando el rumbo hacia el hermoso paraje de los sueños... Mi desnudez tal vez, fue la causa del frío. Aturdida en la oscuridad, cogí el edredón y me tape hasta las orejas. Ya no pude dormir. Cuando sonó el despertador la inquietud ya no cabía en mi corazón y me fui directa hacia el teléfono. Mi voz no tembló. -Lo siento, pero hemos terminado, -le dije cuando descolgó el auricular. No le di tiempo para la réplica, y envuelta por una paz que hacía tiempo no sentía, me dirigí a la cocina y me preparé el café. justine


Texto de justine agregado el 23-11-2004.
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