Hubo una edad en la distancia
en el tiempo de las rosas,
cuando todas ellas eran rojas
y emanaban similar fragancia;
que nació un pequeño botón
destinado para un fin diferente
ya que al cumplir los veinte
conoció un callado cardo,
verde, exótico y valiente,
completamente ausente
pues no era él muy apreciado.
En el reloj de tiempo
la arena corría en torrente
la flor se hacía más bella
y el cardo se hacía más fuerte,
entonces,
el aguijón enamoró a la rosa
cosa
que no era permitida.
“-Las flores con flores
los cardos con cardos-”
dictó la Diosa de los Vientos
ama y señora del verano.
Esta disposición ellos no acataron
el cardo amaba a la rosa
la rosa amaba al cardo,
pero como no era permitido
decidieron olvidarlo.
Pasaban los días amargos
y el cardo sin poder soportarlo
decidió ir contra las reglas
y amar a la rosa
y besar a la rosa
y... a pagar el engaño.
Así pues lo propuso a la flor,
que asustada se abrió.
Entonces,
el cardo se unió a la rosa
-que roja
se entregó en sus brazos-
pero en el furor del abrazo
no comprendió que las espinas
de sus fuertes manos
a su amada atravesaron
quitándole el grana de su sangre.
Lánguida
palideció la pobre
blanca como una nube,
yerta como el desierto,
y el triste cardo
se arrepintió
de su desacierto
un día y el pasado.
¡“No es justo,
no es justo”!
fue un golpe inesperado.
Pasó un año.
Pasó el verano
Y en la primavera el cardo tuvo un regalo
los dioses un hijo marcaron:
“Una blanca rosa con espinas en sus manos”
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