El líder enloquecido cree que matando a las gaviotas se mata a la esperanza o a la certeza, aún no puede saberlo. Los demás marineros, por el contrario, creen que matando al almirante matan al orden o al destino, tampoco lo saben.
Pero hay alguien muy abajo, en el cuarto de máquinas, que se desvanece, y que sí sabe con exactitud la forma de las cosas. El tiempo, el hambre, la infinita ansiedad, la sed, la ausencia de todo y la persistente presencia de lo mismo, no lograron abstraerlo, por el contrario le enseñaron la forma.
Mientras todos cavilan entre cuerpos carcomidos y se regalan miradas vacías, por el cuarto de máquinas (y por los resquicios de sus vidas) ya empieza a penetrar aquello de lo que rehuyen. Como si todos fueran un solo cuerpo.
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