LA CIUDAD TRIVIAL
Hoy comienza la temporada. Como enjambre atraído por el perro muerto van llegando los vuelos hasta saturar las pistas.
Sí, se perfila el invierno, desde Helsinki hasta Madrid, de Montreal a Arizona.
Hoy da inicio el período grande de turismo, aquí, apenas al sur del Trópico de Cáncer… –Dios nos tome confesados.
Pero Dios no nos confesará nunca, por una parte, por que un extranjero es incapaz de tirar una cáscara de sandía –un manjar para ellos– en las calles; y por otra, cómo pueden andar por el mundo con su actitud hostil, no premeditada, más bien parte de esa fría naturaleza septentrional -contrastando con la bulla del paisano-; torciéndose el cuello ante la arquitectura prehispánica que recordarán dentro de mucho tiempo, al ver las fotografías de sus inolvidables vacaciones en el trópico, suspirando al calor de la chimenea.
La antítesis del lugareño usual a la facha de los viajeros; aceptando su propio terruño, hasta cierto punto, como algo que les ha sido usurpado. Un producto-propiedad del visitante.
Me pregunto qué clase de sensación, sentimiento, envolverían a los originales de esta tierra; entendiendo por original al nativo sin falsificar, no parte del decorado para beneplácito de paseantes; en una época donde mirarse de frente resultaba, seguramente, instinto más que costumbre; cuando el saludo cotidiano era ánimo por hacerlo, no obligación; esa gente que, si bien es cierto más prejuiciosa y limitada en muchos aspectos, también llevaban estas paredes de cantera en el alma; sin tener la más remota idea de la palabra turista; excepto, quizás, respecto de aquellos “distantes peregrinos que llegaban a veces de más allá de la sierra; ¡Y tan peligroso que era cruzarla en carreta!” –me murmura alguien con aliento a tabaco y voz de confesor.
Supongo que era el tiempo en que en esta ciudad había, en lugar de estrafalarios excursionistas y trotamundos, franqueza austera, protagónica, que no perdía su tiempo admirando el paisaje. No había necesidad, la belleza brotaba de la más sencilla campiña, calma, invitando a la contemplación, al cavilar cotidiano. Lo traían arraigado.
Realmente creo que en esa época se emocionaban con más intensidad… o al menos se sentía de manera auténtica.
Experimentaban odio por los extranjeros saqueadores, resentimiento y dolor, ¡pero lo hacían!; en lugar de andar rumiando cual maniquí o fetiche pasivo en busca de un dólar.
Es más, estoy seguro de que el forastero, en busca de riqueza en la mina, no era exótico, y dejó de parecer extraño al aprender a espantarse las moscas, a pisar la colilla de su cigarro sin filtro y sus flemas, al igual que los originales, sobre el mármol hasta la fecha inmaculado, a pesar de tanto tenis en la Plaza de Armas.
–¡No sólo se sentían! ¡Mordían! ¡Caramba! ¡De verdá que jodían! ¡Eran aguerridas como ellas solas!… Y había mucho más que ‘ora… ‘Ora nomás se ven ‘onde jalla un perro muerto –me sigue contando el viejo Leonardo, oloroso a tabaco de hoja, con las arrugas de su cuero prieto y enorme bigote entrecano; enfundado en ese roído traje de charro gris, con todo y sombrero y pistolas de juguete (al menos eso dice él); esperando a que un par de franceses lo enfoque para inmortalizar su dentadura tan brillante como los granos de una mazorca en agosto.
–‘Ora, los bueyes y los burros nomás se espantan la sombra con el rabo –sigue Leonardo con la charla, guardando el billete verde en la bolsa de su camisa, despidiéndose de los europeos de manera efusiva: “¡Tenquius, tenquius!” –… ¡porque de moscas ná! –brillan sus ojos de picardía, ahora con cierto aire melancólico; pareciendo reprocharme algo al sujetar mi brazo con su larga mano como tenaza curtida, experta, también, en seleccionar granos de café– ¡Tan rica que sabía la carne seca toda mosquiá! ¡No sabe usté lo que era eso!
Supongo que tan rica como el apetitoso bife que con pulcra elegancia rebana esa pareja de ¿nórdicos?, en el selecto restaurante donde seguro festejan veinte años de matrimonio o veinte efímeros días extramaritales; sin una sola mosca en el fastuoso lugar, bajo esa sombrilla colorida al aire libre; entre el son de unos músicos que, por un momento, opacan el orgullo acartonado de la sinfónica en el quiosco, de rigurosa etiqueta a treinta y cuatro grados a la sombra.
Se nota que los escandinavos y hasta algún ¿groenlandés o simple lampiño? en verdad disfrutan secarse el sudor que les escurre desde la frente hasta el cuello a manera de riachuelo, con las servilletas desechables que renuevan los meseros, al tiempo que retiran en su charola montón de papel humedecido, con sus guantes blancos, sin mácula.
Así lo hace el bisnieto de Leonardo, a poca distancia de nosotros. Leonardo XIII, al menos –en relación con el nombre heredado generación tras generación, me explica el anciano–, de apenas diecisiete años, con esposa y un hijo que mantener –Leonardo XIV–. Eficiente mesero que sueña con rescatar algún día a su mujer y su vástago del pueblo donde todos han nacido –desde Leonardo V, al menos, según las cuentas de Leonardo X–, de esa sombrilla rota que es su casa, de los pellejos de res, de un año más sin vacación; de la música del viento que todo se come, hasta la tierra árida; y ésta, a la vez, termina por secar hasta el rabo de los pocos animales a cuarenta grados de un oasis en verano; mientras el pequeño cuerpo de su pareja, con dieciocho años marchitos, a fuerza de costumbre aprende a no sudar.
Por su parte, Leonardo XIII ha tenido que habituarse al peligro de maníacas excentricidades, producto de alguna aleación dantesca. Por ejemplo, un neoyorquino que en su vida había probado el chile y el tequila, en una sola sesión.
Todo sea por juntar el dinero suficiente para hacerse de una casa de cemento en las orillas de la ciudad, allá por el rumbo del basurero, donde sobreviven las moscas con síndrome de atolondramiento, que suelen levantar vuelo a la menor insinuación de la brisa.
–Cuando éramos chamacos –sigue don Leonardo–, las moscas se nos paraban en la cara. El que aguantaba más la picazón y la mordida, ganaba la apuesta: una paleta de hielo, de calabaza.
–¿De calabaza? –pregunto intrigado.
–Sí, de calabaza… traían hasta semillas… cada paleta valía tres centavos. ¡No podía asté ni gritar porque la mosca volaba!, ¡ja ja ja ja ja!
–¿Y no se enfermaban con tanta mosca? –interrumpo su sincera carcajada; sentados uno al lado del otro en una banca de hierro fundido; un poco lejos de la sinfónica y del son rondante en las mesas. Observando a los comensales disfrutar, delicados, sus viandas; con envidia, la verdad, de estar al lado de esa hembra canadiense.
–¡Cómo nos íbamos a enfermar! –responde Leonardo, manoteando el aire con sus dedos de estatua–. ¡Pos si las moscas eran la medecina pa’ no padecer diarreas! Estábamos acostumbraos, por eso no nos entraba la fiebre… bueno, eso digo yo.
El anciano vuelve a mostrarme esa blanca dentadura de equino, misma que –me confió días atrás, en nuestra primera cita– nunca en su vida se ha lavado con pasta dental. “Una tortilla bien tostada, o una manzana bien remolida, es bastante; eso sí, cada noche m’hijo”.
Me encanta cómo me tutea para luego hablarme de “asté” y finalmente ser “su hijo”, supongo que Antonio I; sin perder detalle de su bisnieto, Leonardo XIII, quien una vez más sale de la cantina del restaurante, con otra remesa de tequilas para el grupo de japoneses que al unísono parecen convertidos en los directores de la sinfónica, sin batuta pero con tenedor y hasta servilleta de tela, ondeando en el aire caliente ese cuatro por cuatro con siniestra emoción.
–… Este cabrón... –refiriéndose al bisnieto–. Espero que no salga tan borracho como su padre… ni como su abuelo… ¡ni como yo! ¡ja ja ja!
De pronto, el sabio que nunca en su vida ha osado atravesar estas montañas, resbala su mirada con cierto dejo de desconsuelo, al percatarse de que he apagado mi grabadora de periodista, por última vez.
–El vicio es algo terrible, señor –murmura apenas; observando calmo a uno de los japoneses caerse de su silla con todo y tequila en mano, sin que ningún cliente lo ayude a levantarse, esperando a que los meseros cumplan con su deber.
Nuestra despedida es sin mayor preámbulo, como el hombre acostumbrado a terminar otra charla fantástica con un extraño más. Como antiguo boletero de la estación, escuchando cercano el ferrocarril en el cruce de caminos entre el norte y el Pacífico. Se pone en pie, apoyándose en mi hombro, desdobla su cuerpo al igual que el acordeón del trío tradicional, que invita al japonés ebrio a taconear ridículo sobre la alfombra verde; en tanto Leonardo XIII, con ayuda de un colega, lo arrastran hasta los jardines, seguido de una asustada mujer oriental, en espera de que el efecto del tequila traicionero poco a poco ceda.
–Esto del aguardiente y el chile no es pa’ cualquiera –agrega Leonardo X, jocoso ante la escena, seguramente cotidiana para él; al mismo tiempo muestra a los cuatro vientos su calva redonda al retirarse el sombrero de charro, a la vez que realiza una sencilla caravana dirigida sólo a mí, con esa inflexión heredada de sus ancestros originales, sosteniéndome su mirar fatigoso, pardusco, que asoma apenas entre los párpados en ruina; evitando, para mi honra, el linchamiento de varios índices que con curiosidad y fuera de todo escrúpulo lo señalan, sin la menor idea de la palabra sentir.
El último heredero de lo sencillo va calle abajo, retomando su mutismo de costumbre; sobre todo desde que el ferrocarril paró de correr de Chihuahua al occidente, convirtiéndolo en un pensionado que apenas gana para comer; con sus piernas en corva por haber sido, también, un miembro de la Guarda –policía particular– de la Mina La Rica. En otra ocasión contaré la historia de su caballo. ¡Vaya anécdotas!
De momento me da por pensar que algún día los caballos evolucionarán sin rabo; ¿para qué lo querrían ya sin moscas?
Se aleja, abriéndose paso con su corta estatura –y es que también fue peón del Rancho Las Uvas; cargaba canastos de naranja y…
Bueno, se supone que vine aquí a hacer un reportaje. Espero algún día tener el tiempo y sensibilidad necesarios para dedicarle una novela a Leonardo; que se sigue yendo entre la multitud absorta en el remate de cantera de alguna bella casona o el detalle en la herrería de sus ventanas; cuya historia, junto con la de Leonardo, se lleva su propio silencio.
Entre los paseantes que le cierran el paso, a punto de esfumarse de mi vista, está esa pareja que con pulcra elegancia van aprendiendo a arrastrar sus sandalias por el empedrado centenario, abrazados a discreción, con sombrero de carnaval y las piernas rojas de sol.
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Como siempre, Serrat tiene la mejor respuesta:
–¡Éste es el tiempo que nos ha tocao’!
–Sí, lo acepto –le respondo desde mi más completa abstracción; luego de retirarme el audífono, guardando las cintas en mi escritorio.
A los editores ya no les interesa una “historia trivial”, como ellos mismos han catalogado la vida de Leonardo X.
Dudo que cualquiera de ellos sepa que la palabra trivial viene de “tres vías”: la charla sencilla que mantenían los viajeros de antaño, mientras el ferrocarril llegaba al cruce de caminos; intercambiando alguna historia, el remedio para la úlcera o para los accidentes en la faena diaria o la garrapata del ganao’; confesando secretos de alcoba y hasta de cocina; interesándose por la familia que nunca conocerían. En fin, negociar, innovando la transformación del mundo, el desenlace.
Ahora eligen su primera plana con la fotografía del Presidente de la República hurgándose la nariz. ¡Vaya ralea!
Serrat repite su ponencia en la bocina de mi viejo estéreo. Leonardo X vibra de nuevo, después de animarme a abrir mi cajón por enésima vez:
–¡Pos si las moscas eran la medecina pa’ no padecer diarreas!...
–… Me pregunto, viejo Leonardo, ¿qué sentías al ser mordido por una mosca? ¿Qué se habrá sentido al sentir la vida?
La respuesta sería sencilla si contara con tus sandalias rotas, regresando fácil por el camino andado, entre la vereda serpenteante, trivial, al seguir tus huellas en la tierra seca; el cargamento de leña a lomo pelao’.
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