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Inicio / Cuenteros Locales / alipuso / La Ciudad Trivial

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LA CIUDAD TRIVIAL


Hoy comienza la temporada.
Como moscas atraídas por el perro muerto van llegando los vuelos, saturando las pistas.
Sí, se perfila el tiempo de nevadas, desde Helsinki hasta Madrid, de Montreal a Colorado.
Hoy da inicio la temporada grande de turismo, aquí, apenas al sur del Trópico de Cáncer… Dios nos agarre confesados.

Pero Dios no nos confesará nunca, por una parte, por qué todos esos extranjeros son incapaces de tirar una cáscara de sandía –un manjar para ellos- en las calles; y por otra, cómo pueden andar por el mundo con sus actitudes hostiles; no premeditadas, más bien parte de esa fría naturaleza septentrional; contrastando con la bulla del paisano que provoca, fusionadas ambas, esa singular mezcla híbrida, más que simplemente interracial; recorriendo, con su particular concepto de la emoción, calles y museos; torciéndose el cuello ante los edificios coloniales que recordarán dentro de mucho tiempo, al ver las fotografías de sus inolvidables vacaciones en el trópico, suspirando al calor de las chimeneas.
La antítesis de los lugareños acostumbrados a las fachas de los viajeros; aceptando a su propia ciudad, convertida, hasta cierto punto, en algo que les ha sido emancipado. Un producto-propiedad de visitantes.

Me pregunto qué clase de sensaciones, sentimientos y emociones envolverían a los originales de esta tierra; entendiendo por “original” al nativo no falsificado, no parte del decorado para beneplácito de paseantes; en una época donde mirarse de frente resultaba, seguramente, instinto más que costumbre; cuando el saludo cotidiano era ánimo por hacerlo, no obligación; esas personas que, si bien cierto más prejuiciosas y limitadas en muchos aspectos, también llevaban estas paredes de cantera en el alma; sin tener la más remota idea de la palabra “turista”; excepto, quizás, respecto a aquellos “lejanos peregrinos que llegaban a veces de más allá de la sierra; ¡Y tan peligroso que era cruzarla en carreta!” –me murmura alguien con aliento a tabaco y voz de confesor.
Supongo que eran los tiempos en que en esta ciudad había, en lugar de estrafalarios excursionistas y trotamundos, austeros y francos protagonistas que no perdían su tiempo admirando el paisaje. No había necesidad, la belleza brotaba de la más sencilla campiña, calma, invitando a la contemplación, a la reflexión cotidiana. La traían arraigada.
Realmente creo que en esa época se sentía todo con más intensidad… o al menos se sentía.
Sentían odio por los extranjeros saqueadores, ¡pero sentían!; en lugar de andar por ahí cuales maniquíes o fetiches pasivos en busca de unos cuantos dólares.
Es más, estoy seguro de que aquellos forasteros en busca del oro no eran exóticos, y dejaron de parecer extraños al aprender a espantarse las moscas y pisar las colillas de los cigarrillos sin filtro y sus escupitajos, al igual que los originales, sobre el mármol hasta la fecha inmaculado a pesar de tanto tenis en la Plaza de Armas.


-¡No sólo se sentían! ¡Mordían! ¡Caramba! ¡De verdá que jodían! ¡Eran aguerridas como ellas solas!… Y había mucho más que ‘ora… ‘Ora nomás se ven ‘onde “jalla” un perro muerto –me sigue contando el viejo Leonardo, oloroso a tabaco de hoja, con el cuero moreno totalmente arrugado y su enorme bigote entrecano; enfundado en ese roído traje de charro gris, con todo y sombrero y pistolas de juguete (al menos eso dice él); esperando a que un par de franceses lo enfoquen para inmortalizar su dentadura tan brillante como los granos de una mazorca en agosto.
-‘Ora, los bueyes y los burros nomás se espantan la sombra con el rabo –sigue Leonardo con la charla, guardándose el billete verde en la bolsa de la camisa, despidiéndose de los europeos de manera efusiva: “¡tenquius, tenquius!” -… ¡porque de moscas ná! –brillan sus ojillos pícaros, ahora con cierto aire melancólico; pareciendo reprocharme algo al sujetar mi brazo con su larga mano como tenaza curtida, experta en esos menesteres de seleccionar granos de café- ¡Tan rica que sabía la carne seca toda mosqueá! ¡No sabes usté lo que era eso!
Supongo que tan rica como los apetitosos bifes que con pulcra elegancia rebana aquella pareja de ¿nórdicos? en el selecto restaurante donde seguramente festejan, al menos, veinte años de casados o veinte felices y fugaces días extramaritales; sin una sola mosca en el fastuoso lugar, bajo esa sombrilla colorida al aire libre; entre el son de unos músicos típicos, los cuales por momentos opacan la presentación orgullosa y acartonada de la sinfónica en el quiosco: todos de rigurosa etiqueta a treinta y cinco grados centígrados a la sombra.
Se nota que los nórdicos y hasta algunos ¿groenlandeses o simples lampiños? en verdad disfrutan secarse el sudor que les escurre desde la frente hasta el cuello a manera de riachuelo, con las servilletas desechables que prestos renuevan los meseros, al tiempo que retiran en sus charolas plateadas montones de papel humedecido con sus guantes blancos, impecables.
Así lo hace el bisnieto de Leonardo a pocos metros de nosotros: Leonardo XIII, al menos –en relación con el nombre heredado generación tras generación, me explica el viejo-, de apenas diecisiete años, con esposa y un hijo qué mantener –Leonardo XIV-. Eficiente mesero que sueña con rescatar algún día a su mujer y su vástago del pueblo donde todos han nacido –desde Leonardo V, al menos, según las cuentas de Leonardo X-, de esa sombrilla rota que es su casa, de los pellejos de res, de los años sin vacaciones; de la música del viento que todo se come, hasta la tierra árida, la cual a la vez mata las pocas vacas flacas a cuarenta grados a la sombra de un oasis en verano; mientras el pequeño cuerpo de su pareja, con dieciocho años marchitos, a fuerza de costumbre ha aprendido a no sudar.
Por su parte, Leonardo XIII tiene que habituarse a las peligrosas y maníacas chifladuras producto de ciertas mezclas dantescas. Por ejemplo, un neoyorquino que en su vida había probado el chile y el aguardiente, en una sola sesión.
Todo sea por juntar el dinero suficiente para hacerse de una casa de cemento en las orillas de la ciudad, allá por el rumbo del basurero municipal, donde sobreviven las moscas atontadas que suelen levantar vuelo a la menor insinuación del viento.

-Cuando éramos chamacos –sigue don Leonardo-, dejábamos que las moscas se nos pararan en la cara. El que aguantaba más la picazón y las mordidas, ganaba la apuesta: una paleta de hielo, de calabaza.
-¿De calabaza? –pregunto intrigado.
-Sí, de calabaza… traían hasta semillas… eran paletas chiquitas, de a tres centavos ¡No podíamos ni gritar porque la mosca lo sentía y volaba! ¡ja ja ja ja ja!
-¿Y no se enfermaban con tanta mosca? –interrumpo su sincera carcajada; sentados ambos en una banca de hierro fundido; alejados un poco de la sinfónica y del son rondante en las mesas. Observando a los comenzales disfrutar sus fantásticos manjares; con envidia, la verdad, de estar al lado de esas hembras canadienses; y con asco, también, ante la asepsia extrema de sus platillos.
-¡Cómo nos íbamos a enfermar! –responde Leonardo, manoteando el aire con sus dedos huesudos- ¡Pos si las moscas eran la “medecina” pa’ no padecer diarreas!... Estábamos acostumbrados, por eso no nos entraban las fiebres… bueno, eso digo yo…
El anciano vuelve a mostrarme esa blanca dentadura de equino, misma que –me confió días atrás, en una de nuestras primeras citas- nunca en su vida se ha lavado con pastas dentales: “Una tortilla bien tostada, o una manzana bien remolida, es bastante; eso sí, cada noche m’hijo”.
Me encanta cómo me tutea para luego hablarme de “usté” y finalmente ser “su hijo”, supongo que Antonio I; sin perder detalle de su bisnieto, Leonardo XIII, quien una vez más sale de la cantina del restaurante con otra remesa de tequilas para el grupo de japoneses que al unísono parecen haberse convertido en los directores de la sinfónica, sin batuta pero con tenedores y hasta servilletas de tela ondeando en el aire caliente, siguiendo ese cuatro por cuatro con siniestra emoción.
-… Este cabrón... –refiriéndose al bisnieto- Espero que no salga tan borracho como su padre… ni como su abuelo… ¡ni como yo! ¡ja ja ja!

De pronto, el sabio que nunca en su vida ha osado atravesar estas montañas, baja la mirada con cierto dejo de desconsuelo, al percatarse de que he apagado mi grabadora de periodista por última vez.
-El vicio es algo terrible, señor –murmura apenas; observando calmo a uno de los japoneses caerse de su silla con todo y tequila en mano, sin que ningún cliente lo ayude a levantarse, esperando todos a que los meseros cumplan con su deber.
Nuestra despedida es sin mayor preámbulo, como el hombre acostumbrado a terminar otra charla fantástica con un extraño más. Como antiguo boletero de la estación escuchando cercano el ferrocarril en el cruce de caminos entre el norte y el Pacífico. Simplemente se pone en pie, apoyándose en mi hombro, desdoblando su cuerpo al igual que el acordeón del trío tradicional que invita al japonés ebrio a taconear ridículo sobre la alfombra verde; en tanto Leonardo XIII, con ayuda de un colega, lo arrastran hasta los jardines, seguido de una asustada mujer oriental, esperando a que el efecto del tequila traicionero poco a poco ceda.
-Esto del aguardiente y el chile no es pa’ cualquiera –agrega Leonardo X, jocoso ante la escena, seguramente cotidiana para él; mostrando a los cuatro vientos su calva redonda al retirarse el sombrero de charro, a la vez que realiza una sencilla caravana dirigida sólo a mí, con ese dejo heredado de sus ancestros originales, sosteniéndome la mirada de sus cansados ojillos negros apenas vislumbrados en los párpados casi caídos; evitando, para mi honra, los linchamientos de varios dedos índices que con curiosidad y sin escrúpulo lo señalan, sin la menor idea de la palabra “sentir”.

El último heredero de lo sencillo se aleja calle abajo, retomando su mutismo acostumbrado; sobre todo desde que el ferrocarril paró de correr de Chihuahua al occidente, convirtiéndolo en un pensionado más que apenas gana para comer; con sus piernas pandeadas por haber sido, también, uno de los afortunados miembros de la Guarda –policía particular- de la Mina La Rica. En otra ocasión contaré la historia de su caballo. ¡Vaya historia!
Por lo pronto me da por pensar que algún día los caballos evolucionarán sin rabo: ¿para qué lo querrían ya sin moscas?
Se aleja, abriéndose paso con su corta estatura –y es que también fue peón del Rancho Las Uvas: cargaba canastos de naranja y de…
Bueno, se supone que vine aquí a hacer un reportaje. Espero algún día tener el tiempo y la sensibilidad necesaria para dedicarle una novela a Leonardo; quien se sigue yendo entre las multitudes absortas en el remate de cantera de alguna hermosa casona o el detalle en la herrería de una de tantas ventanas, cuya historia, junto con la de Leonardo, se lleva su propio silencio.
Entre los paseantes que le cierran el paso, a punto de esfumarse de mi vista, está esa pareja que con pulcra elegancia van aprendiendo a arrastrar sus sandalias por el empedrado centenario, abrazados discretos, con sombreros de carnaval y las piernas rojas de sol.




--- & ---




Leonardo XIII, flamante jefe de meseros desde hace cinco años –el más joven en la historia de la empresa gracias a evitar los vicios de sus ancestros (por cierto, todos muertos y enterrados en el pueblo, en el reino)-, nunca ha encontrado la manera de mear en su WC, en su baño de cemento, sin que sus piernas morenas invariablemente queden salpicadas de su propia orina. El mismo resultado obtiene al dirigir el chorro al agua o a la cerámica; a diferencia de aquel oyamel torcido, siempre incondicional a través de generaciones y de la yerba absorbente, allá en el pueblo olvidado.
-… Allá, en el pueblo… -suspira por las tardes, en compañía de su mujer y Leonardo XIV, quien, siendo un niño risueño, muy parecido a su bisabuelo y a su abuelo y a su padre, pasa desapercibido por la gente que prefiere voltear la mirada a cualquier parte antes de sentirse obligada a saludar a los vecinos orgullosos de su sombrilla con techo y ese flamante televisor de veintinueve pulgadas, envolviendo a la familia en un sueño sin retorno.

Como siempre, Serrat tiene la mejor respuesta:
-¡Este es el tiempo que nos ha tocao’!
-Sí, lo acepto –le respondo desde mi más completa abstracción; luego de retirarme los audífonos, guardando todos estos inútiles cassettes en el cajón de mi escritorio.
A los editores ya no les interesan las “historias triviales”, como ellos mismos han catalogado la vida de Leonardo X.
Dudo que cualquiera de ellos sepa que la palabra “trivial” viene de “tres vías”: las charlas sencillas que mantenían los viajeros de antaño mientras el ferrocarril llegaba al cruce de caminos; intercambiando historias, remedios para las úlceras o para los accidentes en la faena diaria o las garrapatas del ganao’; confesando secretos de alcoba y hasta de cocina; interesándose por la familia que nunca conocerían. En fin, negociar, innovar, transformar el mundo; fraguando el desenlace.
Ahora prefieren sacar sus primeras planas con la fotografía del presidente de la república hurgándose la nariz. ¡Vaya ralea!

Serrat repite su ponencia en las bocinas de mi viejo estereo. Leonardo X vibra de nuevo, después de animarme a abrir mi cajón por enésima vez:
-¡Pos si las moscas eran la “medecina” pa’ no padecer diarreas!...
-… Me pregunto, viejo Leonardo, ¿qué se habrá sentido ser mordido por una mosca? ¿Qué se habrá sentido “sentir la vida”?
La respuesta sería sencilla si contara con tus sandalias rotas, regresando fácil por el camino andado entre las veredas serpenteantes, triviales, al seguir tus huellas en la tierra seca, sintiendo el cargamento de leña a lomo pelao’.

Texto agregado el 30-11-2004, y leído por 183 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2006-04-17 01:08:58 uf Alipuso, solo puedo resumir que sentir la vida seguro va por el lado de lo sencillo, lo que realmente cuenta, más que un televisor de 29'. la-negra- chilena
2005-05-13 21:57:47 Bueno Antonio I, Esta pequeña historia sobre uno de "los últimos herederos de lo sencillo " y esa ciudad trivial debería llevarte a ese compromiso de novela con Leonardo. Esos paletas de hielo de calabaza me supieron a poco y tampoco creo que los editores rechacen una novela "trivial" con todos esos aromas con lo que sabes impregnar todo lo que escribes.- Lamento mi falta de síntesis :) entrelineas
2005-05-13 21:48:06 Espera que se me pase la risa con jaleo de la síntesis de estos dos. Juaaaaaaaa entrelineas
2004-12-13 02:44:49 En síntesis: Que les falta síntesis a tí y a delfinnegro... Pero muy bueno tu texto. orlandoteran< /a>
2004-12-05 09:21:08 Aquí la mente del autor se dispersa tanto que no pude resistir leerlo completo. Llegué a unas dos terceras partes, y me di cuenta de que no es buena historia, porque el autor opina demasiado. No es buen ensayo, porque la lengua no es usada con la belleza de razonar que caracteriza a este. Mucho menos es poesía. Ni es un texto sin género que nos deleite. Por eso, me parece que tu talento indudable y enorme, debes emplearlo con mayor mesura en la extensión y mayor concentración en un tema. Y excúsame que me meta a darte recomendaciones. delfinnegro
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