|
La larga noche de estudio II –Estuve toda la noche viajando en coche, joder si me hice kilómetros. Y eso que tenía planeado pasarme la noche estudiando como una loca. Eran las diez y media y lo tenía todo preparado: los apuntes en la mesa, música clásica de fondo, la lámpara perfectamente colocada y el café haciéndose en la cafetera. Me leí todo el primer tema y en eso que me llama Lola y empieza a preguntarme toda histérica sobre algo que ni me había mirado, algo que estaba en uno de los últimos temas. Total, que después de su llamada ya me había puesto de los nervios. Cuando intenté volver a estudiar estaba tan acelerada que no me enteraba de nada. Me habría tomado un café para tranquilizarme pero mi cafetera era super lenta y todavía no se había hecho. Así que me fui a la calle a ver si me fumaba un cigarrito y me despejaba un poco. En la calle no había ni Dios. Llegué a la Plaza Fadrell y un chico me pidió un cigarro. Se llamaba Menda y llevaba una cresta azul superguapa. Ninguno de los dos teníamos fuego así que nos pusimos a hablar un rato. Empezó a hablarme de sus ideas políticas, que eran muy guapas, tíos. Creía en una sociedad no llena de consumismo asqueroso como ésta sino una sociedad donde la gente viviera por la noche y se enrollara de puta madre, un lugar donde no hubiera que trabajar y la gente compartiera todas las cosas y así no le faltaría nada a nadie. Por ejemplo, me dice, yo tengo un canuto, ¿no?, y me lo estoy guardando para luego y te veo a ti y tú me dices que si tengo un canuto. Muy bien, de puta madre, pues yo voy y te lo doy, ¿qué te parece?, y nos lo fumamos a medias, o tú sola, ¿no?, porque supongo que otro día tendrás tú un canuto y me invitarás a mí, vamos, si no eres una hija de puta de esas que no hace más que fumarse el costo de los demás. Y el tío me dice que como eso, todo. Y que ahora tenía a unos colegas viviendo en su casa, que no era casa de nadie, y que se quedaban todos en allí y de puta madre porque la sociedad era una mierda. La verdad es que mola encontrarse a gente así. Cuando se entera de que estudio alemán me dice que me vaya con él para hablar con una colega suya que es alemana y no se entienden con ella. El tío me insiste y me insiste y yo le digo que vale, pero que sólo un rato porque al día siguiente tenía un examen. Me voy a su casa, que era uno de esos pisos superpijos que han construido en las afueras, uno de esos edificios inteligentes. Era alucinante, las paredes color salmón y el suelo de gres de colores. No había muebles y estaba todo lleno de humo, había mongollón de ceniceros en el suelo. Había un grupo de gente en una esquina de la habitación mirando al suelo y un tío agachado a cuatro patas. Y uno decía: calla, calla. Ahora verás, ahora verás, decía una tía. Yo me fui a coger un mechero que había en de un cenicero e intenté encenderme el cigarro pero aquello no se encendía ni a la de tres. Y entonces oí un grito horroroso. ¡Coñoooo! ¡Me ha mordido!, dice uno. Me veo al tío que antes estaba a cuatro patas, tirado por el suelo retorciéndose de dolor. La gente se pone a chillar y a pegar saltos y a correr por todas partes. Y entonces la vi pasando a toda leche por entre las piernas de la gente, tíos, una serpiente superlarga y superverde. ¡Písala, písala!, decía uno. ¡Aquella peña estaba loca! Uno iba detrás de la serpiente con un saco, otro con un palo. Y el del palo grita “¡apartad!” y lo lanza por el aire y se lo clava a la serpiente como una jabalina. Sangre por todas partes. Coño, me voy de allí. Salgo pitando por el pasillo y empiezo a buscar el baño como una loca, no sé si quería mear, echarme agua en la cara o simplemente esconderme de aquella gente tan rara. Cuando entro en el baño y enciendo la luz, alucino. El cuarto de baño era enorme y superyupi y la bañera estaba llena de setas. La habían llenado de tierra y había una plantación que de setas dentro. Seguro que eran flipantes. Y entonces entra un tío en el baño, creo que era el tío del saco. Llevaba una cara de pasmarote que no veas y, vamos, me ignora por completo, como si no estuviera allí. Entra, se mira al espejo, se arregla la melena, coge, se va a la bañera y se come una seta. Y luego se gira y me dice: Hola. Y luego se baja los pantalones y se sienta en el váter. Muy bien, chico, tú a tu aire. Pero yo me veo que el tío empieza a ponerse muy nervioso y se pone a palmotear a su alrededor y a mirar de un lado a otro. Qué te pasa, tío, qué te pasa, le digo gritando ya, que me estaba poniendo histérica. Y el tío seguía buscando, cada vez más nervioso. Y se va a levantar del váter, pero luego se lo piensa mejor, y me dice: ¿No tienes nada para leer? Es que si no tengo nada que leer no me concentro. Pues no tengo nada, le digo. Y luego digo, espera, porque en el bolsillo de los pantalones llevaba una fotocopia de los apuntes que había salido chunga. Al tío se le iluminó la cara cuando se la di, te lo juro. Desenrolla el papel y se pone a leer todo concentrado. Yo aprovecho y me voy de allí. Cuando estaba fuera lo oigo llamándome. ¡Tía! ¡Tía! ¿Qué coño es esto? ¡Tía! ¿Pero qué mierda me has dao? El punki de la cresta azul me coge por el pasillo y me dice coño, te estaba buscando. Me lleva delante de una chica delgadísima de pelo negro y muy, muy largo y cara de flipi. Mira esta es Stefi. ¡E-lla-ha-bla-a-le-mán! Le grita a la alemana, como si estuviera sorda, y nos deja. Pues yo me pongo a hablarle, hola soy Lilí y toda la pesca. Y la tía no decía nada y me miraba con cara de me va a dar algo de un momento a otro. El tío que le había mordido la serpiente está tapado con una manta temblando y había uno que todo el rato le decía que dejara de preocuparse que le juraba que la serpiente no era venenosa. Yo seguía intentando hablar con la alemana pero la tía no soltaba prenda. Era una tipa muy rara, tenía el tatuaje más cañero que he visto en mi vida. Le empezaba al lado del ojo izquierdo y le bajaba por el pecho hasta el ombligo y terminaba en una espiral guapísima. Yo le digo, uah, uah, qué chulo el tatu, y se lo señalo con el dedo y ella me coge la mano y entonces le veo las muñecas, las tenía llenas de heridas. Y entonces la tía empieza a hablar, pero no habla alemán, parece otra cosa, holandés o… o eslovaco, yo qué sé qué habla esta tía. Y lo hace a toda pastilla, como si tuviera algo muy importante que decirme. Creo que se dio cuenta de que no me enteraba de nada porque enseguida se fue corriendo hacia una ventana e intentó abrirla. Pero era una ventana de estas de doble acristalamiento supermodernas y creo que para poder abrirla tenía que darle un giro de ciento ochenta grados a la manivela porque la tía no se aclaraba así que se puso a aullar y a darle golpes al cristal con la cabeza. Como no deje ésta de gritar, seguro que llaman a la policía otra vez, dice uno. Y van y intentan sujetarla entre varios y la tía venga a patalear y a morder cuando le tapaban la boca. Coño, vámonos de aquí. Bajamos todos por la escalera, arrastrando a la alemana, que iba pegándose golpes contra todas las paredes. Menudo escándalo estábamos armando. El Menda me dijo que me quedara con ellos, que necesitaban intérprete. Así que nos metimos todos en apretadísimos en el coche, un Seat Panda creo que era, que al principio no hacía más que calarse. En el viaje me puse a fumar porros como una loca, porque estaba nerviosísima. ¡Ey! Hay que pillar gasofa., dice el Lalo, que era el tío que conducía el coche. El Lalo era un tío rubio y estirado una pinta de pijillo que te cagas, con su jersey azul de pico horroroso. Paramos en un Seven Eleven, por aquel entonces, aquello ya era una fiesta, con la coña de los siete metidos en el coche. ¡Eey! Vamos a pillar unas birrillas, dice el Lalo. Hostia, lo que no tengo pelas. ¿Qué llevais encima? Y entre todos juntamos trescientas veinte pelas. La alemana estaba a mi lado y ya no gritaba ni forcejeaba, se había quedado contorsionada en una esquina y tenía la cara tapada con un brazo. El Menda y yo nos la miramos y el tío me dice que parece que está mejor. Yo no la veía muy bien, la verdad. Pásame la bomber tío, dijo el Lalo. Nazi mierda, que eres un nazi mierda, dijo el Menda y empezó a quemarle la cazadora con un mechero. Y el Lalo dice: ¡Ma-ri-cón! ¿qué haces? Destruyo tu chupa nazi, cacho cabrón. ¡Pero serás idiota! Casi le pega una hostia, le quita la cazadora, se la pone todo digno y se va a comprar las cervezas. Luego sale del Seven Eleven con dos latitas de cerveza nada más. Esto es todo lo que me ha llegado con trescientas veinte pelas. Bueno, un bajón que te cagas. Eeey, que es coña, dice el Lalo y el tío coge y se abre la bomber y se saca cuatro packs de seis latas de cerveza cada uno. Y todos saltando. Qué juerga tíos. Vámonos, dice Lalo, mientras le da a la llave. ¡Hostia, la gasofa! Lalo y su genial copiloto Oli, el tío que me había encontrado antes en el váter, encima del cual había ahora dos tías sentadas, se miraron con la boca abierta y empezaron a descojonarse. ¡Bah! ¡Con esta nos llega! ¡Pero si está casi vacío!, dijo una de las chicas. El Lalo acelera y sale de la gasolinera derrapando. Igual nos llega, igual, dice y mete una cinta en el casete, colega, un pingüino en mi ascensor, tíos. Joer, ya nos ves, ahí todos emocionaos cantando, “atrapados en el ascensor, esta noche nena es para los dos, atrapados en el ascensooor…” Como os podéis imaginar el coche nos dejó tiraos en medio de la puta carretera. Y estos deciden que se plantan allí para pasar la noche. ¡A buscar palos para hacer una hoguera!, dice el Menda. Y allí me pongo a buscar a la luz de un mechero que me habían dejado, ni palos ni hostias, venga jeringuillas y latas de cerveza. Un mal rollo que te cagas. Hicieron una mierda de hogera con plásticos y basura que se iba a apagar en dos minutos. Mirad tíos, les digo, yo me voy a ver si encuentro a alguien que me lleve de vuelta a Castellón, coño, que mañana tengo un examen. Cuando pasé al lado del coche, eché un vistazo para ver cómo estaba la alemana, pero no estaba allí, miré hacia la hoguera y tampoco me pareció que estuviera con los otros. Pero no pasé mucho tiempo buscándola, no creáis, aquello estaba más oscuro que la boca de un lobo. Y entonces me acordé de que me había dejado el café puesto en casa. ¡Dios, el café, el gas, el piso volando por los aires! Me meto en medio de la carretera toda loca, veo unas luces que se acercan y me pongo a saltar y a mover los brazos y a gritar: ¡Para! ¡Para! Era un pedazo camión que no os podéis ni imaginar (Lilí explicó la maniobra del camión con grandes gestos) y casi me atropella. Dos tíos salieron del camión acojonados y se cagaron en mí, claro. Eran dos camioneros gallegos que me dieron muy buen rollo. Mujer, que claro que te llevamos a Castellón, si nos viene de camino. Joder, qué suerte, pienso. Pero mira que antes de entrar en la cabina de repente va y me entra el yuyu porque veo que tenían pósters de tías en bolas pegados por dentro. Casi me cago del miedo porque me acordé del caso ese de las niñas a las que violaron y descuartizaron cuando hacían autoestop. Pero luego pensé que me estaba yendo de la olla, que probablemente todos los camioneros se pegan posters de tías en bolas pues se trata de un trabajo muy sacrificado en el que pasan largas horas y días solos y sin ningún tipo de compañía femenina, y claro, con algo tienen que distraer la imaginación. Joder, no me iba a pasar nada, no todas las chicas que hacen autoestop a las tantas de la madrugada son violadas. Venga niña, siéntate aquí enmedio, me dijo uno señalándome el espacio del asiento entre ellos dos, detrás de la palanca de cambios. No, no, mejor voy atrás, al remolque. Se miraron como asustados, uno de ellos se rió, pero el otro se puso muy serio. Al final cogió uno y me llevó a la parte de atrás del camión. Y entonces pensé que a lo mejor tampoco era muy buena idea ir detrás. Sobre todo lo pensé cuando el tío abrió la puerta del remolque y me empujó dentro. Y luego cuando se subió él y empezó a quitarse el cinturón. Entonces oí que el otro lo llamaba. Déjala, que no hay tiempo. El camionero me miró, luego miró a un lugar que había al fondo del camión. No sé por qué, me volvió a mirar y me amenazó con el dedo. Después salió y cerró la puerta y pude oír cómo se movían los cerrojos y me encerraban. Y entonces me di cuenta de lo chungo de mi situación. (Al llegar a este punto Lilí siempre se reía a carcajadas). Me senté en una esquina del fondo del camión, temblando de miedo. Al poco oigo la voz de un tío que me dice: Hola, ¿cómo te llamas? Vaya, habían cogido a otro autoestopista antes que a mí, eso me tranquilizó. Pero el chico me dijo que a él no le parecía que estos tipos fueran muy buena gente. Le pregunté si sabía a dónde nos llevaban y él me dijo que no quería ser tremendista pero que a una muerte segura. Era un encanto de chaval, era islandés y se llamaba Haldor. A él lo habían cogido por la mañana. Tenía diecinueve años y estaba viajando por España. Resulta que estudiaba COU pero había decidido dejárselo para viajar por el mundo, aunque normalmente se dedicaba al atletismo. Había sido uno de los finalistas de salto de pértiga del campeonato de Europa, en serio, me enseñó las fotos. Era un tío superinteresante. Empezamos a hablar y nos dimos cuenta de que nos gustaban las mismas cosas: la música reagge, Pulp Fiction, hasta los bocadillos de Pans & Company. Nunca había conectado así con nadie tan pronto. Me habló de las competiciones en las que había participado, de todos los deportistas que había conocido y los países que había visitado. Me daba una envidia. El pobre tenía las manos detrás de la espalda, esposadas a una barra de hierro. Empezaba a hacer un poco de frío en el camión, así que me abracé a él. Creo que para aquel entonces ya me había enamorado. Pero cuando lo abracé me di cuenta de los músculos que tenía el tío. Joder, ¡qué bueno estaba! Encendí el mechero para verle la cara. En la vida me habría imaginado que podía existir un chico tan guapo. Tenía los ojos azules melancólicos y unos rasgos superdulces y masculinos a la vez y el pelo muy rubio y ondulado, parecía una de esas estatuas griegas. Haldor, cuando me vio a la luz del mechero, sonrió, teníais que haber visto qué sonrisa, y me dijo que en la vida se habría imaginado que podía existir una chica tan guapa como yo. Jo, fue increíble. Aquella noche perdí la virginidad. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net |