La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - alipuso - 'El Blues de Baudelaire'
El Blues de Baudelaire
EL BLUES DE BAUDELAIRE
-¡Riiiiiiing!
-Bueno –el viejo sillón rechina al estirar su brazo para contestar el teléfono; coloca el puro en el cenicero.
-… … … -respiración entrecortada.
-¡Bueno! ¡Quién habla! –grita las palabras con ese timbre de quien a primera impresión parece un ogro; a la vez que baja los zapatos del escritorio, enderezándose sobre el sillón crujiente hasta la bocina.
-Hola –se escucha al fin, a manera de queja, la respuesta en una voz aguda con cierto aire astuto, distante-. ¿Es el 7-18-42-95?
-Sí, aquí es… ¿a quién busca?
-¿Usted puso ese anuncio en el periódico solicitando un loco?
-¡Sí! ¡Yo soy! –brincando hasta la orilla del sillón, remueve infinidad de papeles en busca de un bolígrafo y sus anteojos- Eh… ¿cuál es su nombre?
-¿Para qué quiere saberlo? Los locos sólo poseemos un número; otras, ni eso. Dígame, ¿usted también está loco?
-¿Por qué lo preguntas? –dándole una fumada nerviosa al puro; se anima a tutearlo por su desenfado al hablar; pero precavido a la vez, al intuir cierta marrullería en la intención de sus palabras; calculándole alrededor de treinta años quizás: “Buena edad”, piensa; al menos comparada con la suya.
-Porque si no estás loco tendré que tomar mis reservas contigo desde un principio –devolviendo la confianza al hablarle de tú; mientras el interlocutor tira torpemente la ceniza en el mosaico de la oficina en total penumbra, al descubrir la sagacidad del tipo-. Y dime, ¿cuánto pagas?
-¿Cuánto pago?
-¡Claro! ¡No voy a desprestigiar ni a malbaratar mi locura así nada más! Me ha costado mucho trabajo lograr este estado para que cualquier mequetrefe de al traste con él.
La argumentación del loco confunde al hombre maduro; además de no encontrar por ningún lado su bolígrafo; colocándose al fin sus gafas redondas. Alcanza a vislumbrar la hora en el reloj de pared barato al extremo opuesto del cuarto: 3:05 PM marcan las manecillas.
-¿Cuándo colocaste el anuncio? –pregunta el loco.
-¿Por qué quieres saberlo? – dibujando una siniestra sonrisa.
-Tengo curiosidad por saber cuántos supuestos locos te han llamado; ya sabes, hay muchos charlatanes capaces de desacreditar al gremio con tal de ganarse unos pesos.
-¿Y que tal si en lugar de ser un verdadero loco eres un simple furioso, o un atolondrado e irreflexivo, o un imprudente, o un aturdido, o un obsesionado?
-¿O un juicioso, lógico y ordinario disfrazado?
-Tal vez también apático e indiferente –vuelve a sonreír sarcástico el hombre.
-¿Normal para ti?
-Común para todos.
-Te diré una de mis características principales: soy equilibrado; y me molestan las personas que tienen al lado un diccionario de sinónimos para burlarse de la gente. Reflejas mediocridad.
-Soy siquiatra; mi intención no es burlarme de ti.
-Más bien pareces un burdo seleccionador de personal. Los siquiatras siempre guardan silencio esperando a que el cliente… ¡perdón!, el enfermo –en tono burlón- desembuche la palabra clave para empezar a escribir la receta fatal.
-Se ve que tienes experiencia con ellos –afirma el siquiatra-. Eres muy perceptivo.
-No cambio mi opinión –llevándose el loco el auricular a la otra oreja.
-Me gusta… me gusta –desliza su cuerpo de nuevo en el sillón subiendo los zapatos al escritorio; olvidándose ya del bolígrafo.
-A mí no. Te advierto que no quiero volver a tener un jefe, ni un horario, ni una maldita tarjeta por checar cuatro veces al día como si fuera un robot.
-¿Cuatro veces?
-… No sé si estés enterado, pero los locos también solemos salir a comer a mitad de la jornada de trabajo. Quizás a esto se deba mi trastorno.
-¿A comer?
-¡No te hagas el tonto! ¡A checar tantas tarjetas!
-Yo nunca he tenido necesidad de eso.
-¡Aaah! ¡un burgués!... ¿O acaso tengo el honor de estar conversando con cierto miembro de alguna extraña ralea sin reino en este pútrido país?
-¿Eres sicólogo? –pregunta el siquiatra en tono divertido.
-¡Ja ja ja ja ja! Eso me sonó como si el médico cirujano me preguntara: “¿eres enfermero? ¿de segunda o de tercera?”
-Si te provocó tanta risa esta simpleza, debes ser un loco prosaico.
-Si no sabes reír no podrás preciarte nunca de ser un loco; independientemente de todo lo demás.
-¿Y si no sabes rezar? – avienta inesperada la pregunta el siquiatra.
¿Rezar?... explícate –duda el loco.
-No… -los ojos del siquiatra se abren al máximo, pareciendo comprender algo.
-¡Ja!... interesante.
-Inteligente –responde al instante el siquiatra, refiriéndose al loco; quien acomete:
-Te hago una pregunta. Para la siquiatría, ¿la inteligencia puede convivir de manera cotidiana con un loco?
-Un chango demuestra inteligencia desde que pela una banana.
-Mediocre respuesta. Ya llevas dos.
-¿Te parece?... ji ji ji –acomodándose confortable en el sillón que vuelve a crujir.
-El mediocre siempre se refugia en la risilla ilusa.
-¡Oh Dios! ¡Me has desenmascarado!
-Mmm… no me la trago. Actúas, y actúas como principiante.
-¿Te parece? –indaga el siquiatra.
-Pregúntaselo a las gordas y celulíticas que seguramente provocan que te corras en las hotlines.
-No me decepciones –se defiende el siquiatra.
-“No me decepciones”… esta frase la recuerdo en “El Silencio de los Inocentes”… Hannibal Cannibal… seguro la has visto infinidad de veces.
-No tiene nada que ver.
-¿Te gusta el hígado humano con garbanzos? –pregunta el loco- ¿lo sabes sazonar bien? ¿lo partes con cuchillo o se corta fácil con el tenedor?... Al menos el mío, creo que tendría que usar una sierra eléctrica.
-Prefiero la langosta.
-¡Ja!, buen gusto. Buen provecho; yo sólo aspiro a sardinas con galletas y agua del grifo.
-Loco y pobre, mala combinación.
-Para un genio suele ser al contrario. Perfecta mezcla al trabajar.
-¡Lotería! –exclama el siquiatra- ¡ya encontré la palabra clave del cliente; ¡perdón!, del paciente; ¡perdón!, del enfermo, según tus propias palabras.
-¡Lotería! ¡Caíste en la trampa! Ahora tienes duda sobre mi genio; además de haber desenmascarado tu supuesta profesión.
-Interesante conversación… muy interesante –afirma el siquiatra.
-¿Te parece? A mí no.
-… … …
-Dudas… ¿te llevé a tu límite?
-Tú conoces la respuesta.
-¡Vaya! ¡Ya era tiempo!... Al fin brilla tu cerebro.
-¿A qué te dedicas? –vuelve a interrogarlo el siquiatra, dando cierto giro a la conversación.
-¿Te refieres a lo que mejor hago, y que hago con el alma? ¿o a la actividad que simplemente me deja dinero?
-Responde lo que gustes –lo invita el siquiatra.
-¡Ah! Regresa el científico… es una pena; lo estabas haciendo bien.
-Qué quieres. Yo soy el patrón.
-¡Puuuaaafff!
-¡Ja ja ja!
-¡Hey! ¡También sabes reír abiertamente! –se mofa el loco- ¡Eso es bueno! ¡No me decepciones Hannibal Cannibal!
-Responde lo que gustes –repite el siquiatra, en verdad interesado en la charla.
-Soy un artista frustrado. He respondido por ambas partes.
Un silencio pesado se convierte en único cómplice por varios segundos; cada cual inmóvil a los extremos de la línea, esperando a que el otro tome la iniciativa ante lo que los dos saben es el parteaguas en la conversación. El siquiatra se atreve, tendiéndole una red al loco:
-Los artistas generalmente nunca son dados a ser coleccionistas; los coleccionistas casi nunca son capaces de crear algo.
-¡Vaya contigo! ¿O sea que eres un coleccionista de locos?
-¡Ja ja ja! –explota el siquiatra- ¡Buen chiste! ¡Muy bueno! ¡Me gusta tu anarquismo!
-¿No te has puesto a pensar que existen artistas cuerdos y artistas chiflados? Sólo a un artista chiflado se le ocurriría, además, ser coleccionista; a menos que coleccione fracasos.
-Los fracasos los tenemos todos –afirma el siquiatra-; lo importante es saber si estuvo fuera de nuestro alcance el evitarlos o no.
-¡Ya te me estás poniendo retórico! Ahora tú eres quien parece sicólogo. ¿Además del diccionario tienes una botella de ron al lado?
-A mi lado sólo ten…
-Tengo el periódico de ayer aquí –interrumpe el loco; mientras el siquiatra apaga su puro en el cenicero; extrayendo de su saco un encendedor antiguo, muy bello, dándole vueltas en su mano-: “Solicito loco para trabajo fácil. Teléfono 7-18-42-95”… Dime, ¿en qué consiste ese trabajo fácil?
-Por qué lo preguntas en ese tono tan irónico y mordaz?
-¿Sigues consultando tu diccionario?
-Simple práctica –responde escueto el siquiatra.
-Sinceramente, cuando leí el anuncio por primera vez no podía creerlo, me provocó mucha risa, y a la vez intriga. ¿Qué pretendes? ¿formar un sindicato de perdedores?
-Te estás proyectando –indaga el siquiatra-; yo no he utilizado la palabra “perdedor”.
-Pero el tono de tu voz te refleja. ¿No te das cuenta? Sólo expreso lo que intuyo.
-¿Qué edad tienes?
-¿Por qué preguntas si ya lo sabes? Creo que lograrías adivinar también mi signo zodiacal y hasta mi número de seguro social; y no solo el mío, el de todos los tontos que te han llamado y que te seguirán llamando cuando cuelgue el teléfono.
-“Tonto”… interesante… ¿Hijos?
-No. Y no te molestes en preguntarlo, tampoco soy casado. Cuando tengo ganas de echarme un polvo simplemente marco el teléfono de mi querida.
-¿Qué opinas sobre el arte actual? –intenta averiguar más el siquiatra, girando de nuevo la conversación.
-Me tiene sin cuidado.
-¿No será que te has obligado a no querer comprenderlo?
-No hay nada que comprender al respecto. No indagues por ahí… Hace muchos años que todo viene siendo una imitación burdamente matizada… … … Mira, esta agradable plática se está prolongando mucho; ya debo regresar a la plancha. Mejor dime en qué consiste el trabajo y cuánto pagas. Estoy harto de las entrevistas inútiles.
-El trabajo es lícito. Ganarás lo suficiente para no volver a trabajar nunca. ¿Alguna otra pregunta?
Al fin el siquiatra logra que el loco vuelva a dudar unos instantes:
-Eh… Sí, ¿por qué…
-Si haces un buen trabajo –ahora es el siquiatra quien lo interrumpe- yo mismo me encargaré de que el mundo conozca tu nombre… Por cierto, ¿qué es eso que “mejor haces y que además haces con el alma”?
-Escribo –responde el loco, indiferente.
-¿Cuento? ¿novela? ¿poesía? ¿ensayo?
-Poesía, sobre todo poesía. La desparramo con verdadero arte en puertas y paredes de baños públicos, por toda la ciudad. Cada semana renuevo mi trabajo.
-¿Y cuál es esa actividad que simplemente te deja dinero?
-Te lo diré –responde sin titubeos el loco-, es la verdad: soy asesino bajo encargo.
La declaración toma por sorpresa al siquiatra, retirándose los anteojos; clavando su mirada en ese círculo borroso que parece marcar las tres y tantos de la tarde.
-Creo que tienes miedo, siquiatra –se está mofando; retornando el auricular a la otra oreja-. Mira, no siempre mato gente; es más, es raro cuando realizo un trabajo así. Mi labor más bien consiste en deformar rostros; las mismas víctimas son quienes pagan el servicio; ya sabes, para acelerar un divorcio, para vengarse de alguien…
-… … …
-Y bueno, a manera de hobbie, también tengo un grupo de rock.
El siquiatra comprende que debe entrar en la conversación para evitar ser evidenciado en su estupor:
-Y… ¿han hecho alguna grabación? –recordando un lúcido diálogo en su oficina, meses atrás.
-Mmm… evitas el tema que en verdad te interesa; interesante.
-Simplemente responde si te place –baja de nuevo los zapatos del escritorio, pausado, en actitud de quien es avisado de que se ha ganado el primer premio de la lotería.
-No. Lo hemos intentado con un demo, pero nos dicen que no venderíamos un solo disco.
-¿Tan malos son? –pregunta por puro reflejo el siquiatra; a la vez que en su mente se fraguan varias incógnitas y posibilidades que él mismo duda si se atreverá a exponer.
-Nosotros componemos música por el gusto de crear; ¡y no somos coleccionistas de discos! –en son de mofa- Como ya te imaginarás, las letras son mías. Digamos que el dinero no nos interesa, aun cuando te parezca estúpido.
-No me lo parece –afirma el siquiatra, consecuente.
-No te creo… en fin. Tenemos una propuesta que va más allá, por ponerte un ejemplo, de la disfrazada monotonía de cuerdas en U2.
-Ajá –el siquiatra no sabe gran cosa de rock; responde mientras comienza a fraguar el plan.
-Pero no es decir mucho –sigue el loco-, las masas carecen de memoria musical. El rock es vasto en originalidad y calidad de primer nivel, incluso comparando a sus creadores e intérpretes con un Brahms o un Stravinski. ¡Cómo olvidar a Rick Wakeman en esos solos de órgano con su banda que lindaba el rock sinfónico a principios de los setentas! ¡Pero el mediocre comercialismo ha provocado que la grandiosidad del rock se adormezca en las mentes débiles!... Nueve de cada diez personas son actualmente mentes débiles; aunque ejerzan cualquier profesión.
El siquiatra reacciona, prestando atención solamente a la última frase de la ponencia que oyó, mas no logró escuchar.
-Ajá… eh… dime una cosa…
-Tenemos montada una adaptación en español a cierta poesía de Baudelaire, a ritmo de blues ligero. Digamos al estilo de John Mayal en su segunda época, con algunos pasajes de flauta transversal.
-¿Qué poesía es? –se concentra de nuevo el siquiatra en la conversación, al reconocer que difícilmente llevará a cabo el cometido oculto detrás de su anuncio en el periódico.
-El título no lo recuerdo –responde el loco-; alguien dijo alguna vez que el título es lo que menos importa. Es aquella en la que se pregunta por qué los genios prefieren a las prostitutas en lugar de cualquier otra mujer.
-¿Tú por qué crees que las prefieran?
-Vamos, es sencillo. Al genio no le interesa el dinero; en cambio, el tiempo es muy valioso para ellos, no les alcanza para andar por ahí seduciendo mujeres.
-Ajá… y dime, ¿cuál es el nombre de tu grupo?
-La Mostaza. Ya tenemos ocho años. Somos un trío.
-¿Y quién los escucha? ¿cuál es su público?
-Nadie… Nadie entiende nada nunca.
-¡Bueno, bueno!... Respóndeme: ¿alguna vez has estado en la cárcel?
-¡Vaya! ¡Retomas el tema que en verdad te interesa! –afirma excitado el loco.
-Ahora parece que yo soy el paciente y tú el siquiatra.
-No te esfuerces, no muerdo tu anzuelo; aunque de buena gana te asignaría una receta.
-… … …
-Ni con tu silencio muerdo el polvo, siquiatra.
-Al menos responde mi pregunta.
-Nunca he estado en la cárcel. Soy un profesional; lo mismo con el cuchillo, con la jeringa, con mi requinto.
-¡Oh! Además eres el requintista de La Mostaza… Pero, según entiendo, un profesional es el que cobra por su trabajo, y tú no cobras por tocar la guitarra.
-Esa es la idea consumista del concepto. Un profesional simplemente es quien domina su arte; y bueno, el mismo concepto también incluye a quienes dominan sus aburridas profesiones.
-¿Quieres decir que… también dominas el arte del cuchillo y la jeringa? –pregunta el siquiatra, intrigado.
-Mira, ya tengo que regresar a la plancha.
-¿A qué plancha?
-Acaba de llegar una clienta; ¡perdón!, una paciente –jocoso-. Antes de marcarte le descubrí el rostro: creo que logrará inspirarme algunas líneas… No pasa de cincuenta años. Comprende que también tengo que estudiar su cuerpo para ver dónde será prudente pincharla; si dejo que pasen los minutos, mañana su venganza no pintará la pared de un teatro que ya he seleccionado en el centro; y con un poco de suerte, si me acepta un café al rato…
-¡Hannibal Cannibal! –grita el siquiatra.
-No seas vulgar. No me decepciones.
-¡Yo nunca te decepcionaré! ¡Dime! ¡en qué baños públicos puedo leer tu obra!
-Preferiría que escucharas a La Mostaza, mañana, en vivo, como único espectador. De esta manera podrás conocer mis poesías sin necesidad de pujar desesperado en un WC –afirma divertido el loco.
-¡Bien! ¡Dime dónde!
-No. No te atreverás a venir –responde el loco, pareciendo ocultar algo en sus palabras.
-¿Me estás provocando? ¿Acaso tienes planeado deformarme el rostro con tu guitarra?
-Mi guitarra vale más que tu cara abotagada. Te voy a tirar tus dientes flojos, uno por uno; no sin antes arrancarte la barba y el bigote; el día que llegues aquí, donde ahora estoy, ni antes ni después, tenlo por seguro.
-¿Y cuánto me vas a cobrar por el servicio? –pregunta el siquiatra, un tanto desconcertado.
-Será un genuino y transparente trabajo por amor al arte. ¡Al arte contemporáneo! –burlón- No te cobraré nada. Y si se me pasa la mano, confía en mí en que te dejaré tirado en un basurero, con tu cartera intacta.
-Sólo te pido un favor –añade el siquiatra, haciendo énfasis en la frase.
-Dime…
-Cuando termines conmigo, no se te vaya a ocurrir invitarme un café.
-¡Ja ja ja ja ja! No te preocupes siquiatra –con desprecio-, yo no te invitaría ni a tu velorio.
-¡Oye! –grita de nuevo el siquiatra- ¡Dime dónde leo tu poesía!
-Mejor explícame de una vez en qué consiste ese trabajo fácil.
-No creo que te interese. Siempre será más emocionante un trabajo como el tuyo.
-Me interesa más no volver a trabajar nunca.
-¿No dices que el dinero no es precisamente de tu predilección?
-En lo que respecta a mi poesía, no. Pero el olor a formol, ¡puuuaaafff! ¡ya no lo soporto!
-El trabajo fácil consiste en asesinarme –contundente, seguro de sí mismo; dejando caer en un descuido sus gafas al suelo.
-Dijiste que era un trabajo lícito –responde el loco-, ¡yo no puedo hacer eso!... Además, se supone que… al matarte, mi nombre se inmortalizará… ¿Quién demonios eres?
-Ahora eres tú el intrigado, ji ji ji.
-¡Eres patético!
-Soy un simple, común y corriente crítico de arte frustrado que suele jugar a los policías y ladrones; ni más ni menos que tú –declara el siquiatra.
-¡Voy a colgar!
-Cuelga, no hay ningún problema de mi parte, ji ji ji.
-… … … -bufando.
-… … … Ji ji ji.
-¡Eres un hijo de puta!... pero yo no podría matarte.
-¡Y tú un asesino defraudado, desengañado! –responde el siquiatra; cambiando de pie sobre el escritorio.
- Mmmmm. Empezamos a entendernos.
-¡Tú puedes hacerlo! ¡y lo sabes! –sentencia el siquiatra.
-… … …
-Te pido otro favor.
-Tú dirás –responde el loco.
-Que sea rápido y sin dolor.
-Está bien, tú ganas. Será rápido y sin dolor, te doy mi palabra de que así será. Es más, te prometo que rezaré por ti.
-¿Y cómo piensas hacerlo si nunca aprendiste?
-Bueno, espero que sea pronto –agrega el loco, evitando el último comentario del siquiatra.
-No lo sé. Tengo muchos expedientes pendientes.
-¿Expedientes de locos?
-No. Todos cuerdos, deseando ser locos.
-¡Mándalos al carajo! Seguramente son en su mayoría profesionistas exitosos.
-Esperaré con profunda emoción el día en que caiga al fin en tus manos.
-Mi cuchillo siempre estará afilado; te prometo usar hipodérmica nueva para evitarte futuros contagios, ¡ja ja ja ja ja!
-¿Qué escribirás con mi afán de venganza? ¿Dónde lo harás?
-Eso no puedo decírtelo. Mis deseos se renuevan a diario pero nunca un día antes. No hay mayor emoción que esto.
-No sé por qué, pero me da por pensar que estás muy cerca.
-Por muy cerca que esté, tu dinero te lo metes por donde más valga; y la fama por haberle rebanado el cuello a un chango que sabe pelar bananas se lo heredo a Baudelaire. Salúdamelo si lo ves algún día; aunque lo dudo. Pero si es así, platícale de su blues; estoy seguro de que le encantaría escucharlo.
-No te preocupes, lo haré.
-Recuerda, soy un profesional. No tendrás tiempo de gritar tu dolor. Y por cierto, tenías razón, el trabajo es lícito, tomando en cuenta la mediocre definición de “profesional” que se aplica hoy día a tanto pelele.
-Lo acepto; es más, me rindo.
-Y yo acepto que te mentí: colecciono mediocres –declara el loco.
-Pudiste haber sido mi único paciente; nunca tuve clientes.
-Tú sólo serás uno más… Supongo que tienes “las patas” subidas en el escritorio, como siempre.
-¿Te sigue molestando? –pregunta el siquiatra.
-Eres muy vulgar. Sobre todo cuando pisas chicles en la calle.
-¡Oye!
-Dime –responde el loco, impaciente.
-Recuerdo que decías que preferías pasar la tarde escuchando a los Beatles en lugar de perder tu tiempo en las calles, entre tanto enfermo.
-Recuerdas bien.
-Llevaré un disco en mi saco. Quiero que lo pongas cuando prepares la tinta.
-Te prometo que lo haré.
-Y no olvides rezar –suplica, divertido, el siquiatra.
-… Debo irme.
-Fue un gusto.
-Lo mismo digo.
-Por cierto –agrega el siquiatra-, también llevaré en el saco aquel encendedor de gasolina que perteneció a tu bisabuelo. Tenías razón, vale mucho dinero.
-¡Desgraciado! ¡tú lo tienes! –a través del auricular parece haberse caído al suelo el loco, rompiendo algún vaso de cristal.
-¡Lotería! –poniéndose en pie, explota en emoción el siquiatra; provocando que el viejo sillón rechine en el oído del loco- ¡Te lo mereces por haber quemado con él esos magníficos párrafos! ¡Y todo por haberte terminado mi vodka! ¡Ebrio estúpido! ¡A mí el ron no me gusta! ¡Y para que dejes de masturbarte la mente, la palabra clave en el blues de Baudelaire es “joder”, en la quinta línea del tercer párrafo!
-… … … -resoplando.
-¡No faltaré a mi cita! ¡Claro que no faltaré! ¡Veme buscando una prostituta! ¡Sólo te pido que ahora me digas dónde demonios escribiste esos últimos versos, imbécil!
¡CLIC!
Texto de alipuso agregado el 07-12-2004. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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