Me preguntaste, te preguntaste ¿Cuánto no sé? Pero… cuánto no sé. Podría incluso, darte un cifra casi exacta de todo lo que no sabes, que para no complicarnos; es mucho.
Pero querías saber en realidad, cuánto no sabes de mí, lo cual es mucho, si sumamos mis secretos y lo que yo misma ignoro, auque también podemos restarle aquello que tú conoces mejor que yo. Aún así…
Pensé en ese momento que todos necesitamos secretos, para sentir que algo es nuestro. Yo así lo siento. No significa que no seamos capaces de decir aquello, es sólo que, cuánta falta nos hacen nuestro secretos. Ocultar que cuándo olvidaste devolver algo de la tienda en realidad lo querías tener. Pequeños secreto, nada importante, nada que cambié el mundo o lo que somos, pero, que nos son tan indispensables. Nuestros secretos. No es que se quiera callar, es que necesita sentirse vivo, se necesita sentir corriendo los secretos por las venas, por esa sangre que incluso no nos pertenece.
Somos seres hechos de costumbres, esa es la costumbre. Me he acostumbrado, como muchos -aquí no quiero justificarlo, aunque siempre suene a justificación, así es la costumbre-, a mentir como mero método de supervivencia. Somos victimas de la evolución, y así lo digo, o victimas de aquella costumbre a la que tanto te acostumbras. Mentiras, como el monstruo debajo de la cama -cuya existencia aún es debatible-, el ratón de los dientes, Santa Claus, la democracia. Mentiras, por la razón que se quieran, sólo son mentiras, secretos, ya bien sea para dar ilusión a un niño o infundirle el miedo, el cual sentirá más tarde por cosas más reales –talvez-.
Y ¿qué es mas nuestro que los secretos, nuestros secretos?, tan nuestros que son celosamente guardados bajo la piel. Cuando callamos estamos tan sólo existiendo, poseyendo, poseyendo nuestra vida por un instante.
|