Sujeta por amarras, que yo misma había tejido,
con los hilos de tus promesas vacias.
Mi piel ya estaba acostumbrada sentirlas cuerdas
lacerando mi alma. Un día no quise huir.
Ya había olvidado que un día pude volar.
No volvería a elevarme por los cielos,
dando gritos de libertad.
Cautiva, tras paredes que yo levante con
por que’s, que se han de contestar.
Me alimentaba de sus caricias, de su lastima,
de su llana presencia que iba y venia en el aire,
que tomaba mi voz, mis gritos y los perdía
entre las hojas de los sauces.
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