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La vieja del cementerio (I).- La soledad de los muertos

La piqueta al hombro
El sepulturero,
Cantando entre dientes,
Se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
Reinaba el silencio,
Perdido en las sombras
Medité un momento:
“¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!”


Gustavo Adolfo Becquer

*

Gélido, otoñal, desmadejado; el arpegio desafinado y sin fin de los cipreses mecidos por el viento sobrevolaba las pulcras hileras de mármol. El tenue compás de la lluvia repicando sobre azarosos rimeros de hojarasca se ahogaba también, suave, en el solemne silencio del cementerio. Caía lánguido el atardecer, y en su plomizo regazo deslizábase escueto y sombrío el fúnebre cortejo.

Avanzaba entre las lápidas como se avanza entre los tomos olvidados de una biblioteca; dejando atrás centenares de hombres y mujeres cuyas historias, tristes o hermosas, dormían para siempre en frías celdas de piedra. La muerte, en su absoluto imperio, amordazaba sus besos y sus palabras, los sueños que fueron y los que quedaron por llegar, el dolor, la risa y la esperanza. Todo polvo y ceniza, si acaso triste recuerdo condenado a habitar un día la misma prisión de tierra y olvido.

Como una garganta tenebrosa y abierta en mitad de la nada, la fosa detuvo el paso de la comitiva y la oronda figura del capellán pasó a presidir el grupo. Resolvió el sermón con voz atiplada, sin sobornar un ápice el dolor de nadie, pero encajando con precisión cada leyenda sobre la carne resucitada, cada parábola divina previamente abonada en moneda de curso mundano. Luego, generoso y fuera de programa, beso dos frentes antes de perderse en la penumbra que ya espesaba en el cementerio

En el aire húmedo se había impregnado el olor de los crisantemos y la tierra empapada sonaba brutal y ensordecedora al estallar sobre la tapa del ataúd. Los viejos mueren solos, sin ruido, casi como viven, y en pocas lágrimas quedó la tumba en soledad, bajo una noche fría y voraz, totalmente desamparada de estrellas.


**

A la mañana siguiente, el sol lejano de Octubre hirió apenas el lienzo opaco del cielo, y un primer amanecer ceniciento y desganado, se desperezó sobre la tumba recién sellada. Algunas flores mortuorias esparcían sus vívidos matices serpenteando desordenadamente sobre el fondo grisáceo y pulido de la lápida, y un par de zorzales despistados trenzaba su tímido gorjeo desde algún lugar oculto en el refugio cercano de los cipreses. Por lo demás, una soledad inconsolable flotaba sobre los fríos campos de piedra, y todo lo envolvía esa infinita quietud de la que sólo son capaces los muertos.

Muy de vez en cuando, algún caminante taciturno avanzaba fatigosamente por la vereda embarrada, hurgando, quizá en los retales lejanos de la memoria, hasta alcanzar el infeliz destino de su penitencia. Luego de cumplir su dolorosa liturgia contra el olvido, aquellos tristes peregrinos volvían algo más ligeros sobre sus pasos, y al traspasar el encalado muro de ladrillo, se hundían de nuevo en el ajeno bullicio de los vivos.

Ninguno de aquellos caminantes acudió para visitar a la vieja recién enterrada. Ni en aquel primer día, ni en aquellos otros que se fueron sucediendo con idéntica monotonía. Nadie se acercó a retirar el mosaico de crisantemos moribundos, que lentamente fueron agonizando sobre la lápida. Los barrió el viento una noche, cuando no aparentaban ser más que un puñado de hojas secas.


Al llegar el invierno, pequeños medallones de musgo comenzaron a trepar sobre las paredes humedecidas del sepulcro. Las gélidas neblinas y las glebas de hierba escarchadas por el rocío, volvieron más inhóspito el grave paisaje del cementerio. A través de la puerta enrejada de lanzas que franqueaba el muro del recinto, sólo asomaban ya los deudos más obstinados, los más inmunes a esa amnesia, tan piadosa y necesaria, que el tiempo acaba por imponer en las heridas del alma. Hasta que la Navidad, con su acostumbrado acceso de nostalgia colectiva, forzó de nuevo, y brevemente, el incómodo inventario de las ausencias. Y regresaron las turbas de huérfanos y viudas a engalanar de flores el altar de sus difuntos, porque es sabido que hay fechas propicias para recordar a los muertos, como las hay de sembrar el grano o varear la oliva.

Y pasó la primavera entre el clamor de los tordos enloquecidos por la canícula, que en aquella estación anduvo empeñada en arrasar de luz el sórdido paisaje. Con el regreso del otoño cumplió la tumba su primer aniversario en un rotundo olvido. Y tras el primer año llegó el segundo, al que siguieron otros muchos igualmente solitarios. Enmoheció la piedra salpicada de verdín y herbeció su contorno. Nuevos inquilinos fueron añadiendo sus nombres en las lápidas vecinas, y nuevos rostros se sumaron al hilo intermitente de las procesiones fúnebres y los lamentos. Pero desde aquel día en que un escuálido séquito de resobrinos y comadres acudieron a enterrar los desdichados restos de la vieja, nadie volvió para derramar una lágrima sobre el abandonado sepulcro de Teresa.


***

Y así, enmudecida para siempre, habría permanecido su historia, de no haber mediado en el olvido aquella noche tormentosa de octubre, en la que transcurridos más de veinte años del deslucido entierro, el cielo amenazó con desplomarse violentamente sobre la faz del cementerio. Numerosos torrentes de agua dulce enfangaban sus caminos y parcelas, corriendo arrebatados allá donde les cedían paso los relieves del terreno. Sobre sus cauces imprevistos y enloquecidos seguían afluyendo generosas hebras de lluvia que enardecían el vigor de sus arterias, hasta verlas desangradas sobre los anegados llanos, donde las cruces parecían sembradas en la superficie del agua. A lo lejos, el cielo se resquebrajaba en estallidos luminosos, que aún se demoraban algo en extender su huella sonora hasta las tapias del campo santo. Pero a cada instante, se reducía la distancia entre el resplandor y su estampido, redoblando la intensidad y sus efectos. En poco tiempo, el cementerio quedó abovedado de truenos y fulgores acompasados, cuya luz desvelaba nítidamente cada nombre, cada fecha, cada epitafio cincelado sobre las trémulas piedras.



Texto de NochesNegrasYEnBlanco agregado el 09-12-2004.
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