Había jurado que terminaría con su vida si alguna vez no lograse bastarse a sí mismo. Sólo que no había contado con que, llegado el momento, no tendría el valor.
El cigarrillo se consumía en el cenicero, llenando el cuarto de un aroma agrio. Lo miró, calculó la distancia a la que se encontraba y estiró lo más que pudo el brazo derecho. Era un gran esfuerzo, pero la pitada larga y tranquila valía la pena.
Por años habían intentado prohibírselo, pero finalmente optaron por dejarlo librado a su suerte, en esa y en otras cosas. En su cumpleaños número ochenta, una enfermera le dejó sobre la cama un paquete de Marlboro y un encendedor, esos de cincuenta centavos. Desde entonces le proveían el vicio como el alimento, una especie de papilla amarillenta que sabría Dios qué contenía, pero era lo único que lo poco que le quedaba de intestino era capaz de digerir sin provocarle terribles cólicos.
La ventana entreabierta dejaba entrar algunas ráfagas de viento que hacían ondular las cortinas blancas, dándoles la apariencia de fantasmas.
Trató de imaginar como habría cambiado el paisaje. Hacía tantos años que estaba ahí, que pensaba que si alguna vez saliera, no podría encontrar el camino de regreso hasta su casa.
Apenas recordaba la calle, sus olores, sus sonidos. Algunos le llegaban desde lejos, atravesaban el parque y le acariciaban los oídos. Sobre todo las bocinas y las sirenas de las ambulancias que traían o llevaban a la gente como él. En realidad, con la sirena encendida sólo los traían. Cuando se los llevaban, ya no había apuro.
Con mucha dificultad encendió otro cigarrillo (la motricidad fina le fallaba hacía tiempo) y pensó que ese cigarrillo, seguramente sería el último.
Unos meses atrás, le había prendido la manía de que cada cigarrillo, cada inhalación de aire o cada latido de su corazón, iban a ser los últimos de su vida. A veces, de madrugada, se quedaba horas escuchando el sonido de su músculo cardíaco, amplificado en el silencio. Sístole y diástole, diástole y sístole. Lo sentía dentro del pecho y cada bombeo aumentaba su falsa esperanza.
Éste sí, pensaba. Éste es el último.
Pero a cada uno, siempre le seguía otro.
Ya ni siquiera pedía que le encendieran el televisor. Era para él insoportable escuchar de todas esas vidas cegadas injustamente; cuerpos sanos a los que de un momento a otro se les concedía la maravillosa bendición de dejar de ser. No era pena, no era compasión. Era pura rabia.
Tantas veces había suplicado hasta las lágrimas, con toda su alma, el beneficio de la muerte. Sin embargo, se le concedía una longevidad obscena.
Si tan solo tuviera valor...
No. No lo tenía. Y aunque lo tuviese, ya no tenía los medios.
De modo que le quedaba una eterna espera, una sucesión de cigarrillos y latidos, papillas amarillentas y cortinas fantasmagóricas.
La escara de su espalda le dolía hasta no dolerle. Cada mañana una enfermera la curaba, y ese era uno de los pocos contactos que tenía con algún ser viviente. Quizá por eso hasta le había tomado afecto a esa herida, esa especie de ventana que sus carnes abrían para dejar ver los despojos de sus huesos.
Volvió a pensar en su esposa. La valentía con que aquella mujer había enfrentado su enfermedad era verdaderamente admirable. A los veinticinco años, no todos están dispuestos a aceptar que el ser amado estará condenado a una cama el resto de su vida. Pero ella sí, ella lo aceptó y lo acompañó toda una década. Hasta se resignó a no tener hijos la pobre.
El recuerdo de su mujer hizo que en su rostro se dibujara algo muy parecido a una sonrisa.
Le gustaba recordarla: la cintura ínfima, la falda anaranjada a lunares, el cabello rubio cayendo pesadamente hasta los hombros.
Nunca supo que había sido de ella. Un domingo faltó a la visita, y también el siguiente, y el otro.
Él había preguntado a las pocas personas que lo frecuentaban, pero nadie supo que responder.
Entonces entendió. Su esposa había muerto. La vio tan claramente muerta, tan ciertamente muerta. Hasta pudo sentir el olor pesado de las flores, esas coronas con inscripciones cursis que a un cierto punto hacen que el aire sea irrespirable. Y ella, hermosa, menuda, envuelta en puntillas blancas.
Las imágenes eran tan reales que comenzaron a ser recuerdos, y esos recuerdos lo acompañaron desde entonces. El treinta y uno de julio de mil novecientos sesenta y uno, su esposa había muerto. La fecha, simplemente, se la dictó el corazón.
Aplastó en el cenicero la colilla del cigarrillo que por supuesto no fue el último. Intentó dejarlo sobre la mesa de luz pero fue a dar contra el piso, estallando en mil pedazos de vidrio simil cristal.
Caramba. La enfermera lo retaría en la mañana.
No. No habría mañana.
Escuchó los latidos de su corazón en el silencio de la noche.
Éste sí, éste es el último, pensó.
Esa era la noche en que, sin lugar a dudas, terminaría la maldición de la vida.
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