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Funcionarios

Después de 5 años opositando logré cumplir mi sueño, me convertí en funcionario. Fui destinado a la sección de DNIs y pasaportes de la comisaría de mi ciudad.
Los años de estudio no me habían preparado para la responsabilidad que iba a tener que asumir. Mi trabajo constituía la parte última y crucial en el proceso de elaboración de los pasaportes. Debía recortar y pegar dos fotos tamaño carné, una en un papel donde estaban escritos los datos del solicitante y otra en la primera hoja de la libreta, además debía estampar dos cuños, uno, cuyo fin era clarificar la abigarrada firma del comisario y otro, en la última página del documento, que decía: “DIRECCION GENERAL DE LA POLICIA – PASAPORTES – Con posterioridad a la fecha de expedición del pasaporte, no procede la inclusión de datos en esta página". Era un trabajo que requería de una precisión extrema, en el que el más mínimo error daría al traste con la labor de una larga cadena de funcionarios y tendría consecuencias devastadoras para el receptor del pasaporte. Se decía que el puesto de sellador de pasaportes estaba considerado el segundo trabajo con mayor estrés del mundo, después del de controlador aéreo. Solía terminar las mañanas con un ataque de taquicardia, después de haber cuñado decenas de pasaportes. Los primeros meses me vi en la necesidad de consumir tranquilizantes para poder soportar la presión de mi trabajo.
Sin embargo, el vértigo que me producía aquella actividad hacía que el trabajo me resultara apasionante. A medida que se iban acumulando los pasaportes terminados, la emoción me asaltaba continuamente. ¿Habría olvidado poner algún cuño? ¿Habría extraviado, sin darme cuenta, la fotografía de alguna persona?
Hay pocos trabajos en los que uno aprenda tanto. Poco a poco fui dominando el arte de compulsar: la presión exacta que hay que ejercer para empapar cuño en el tampón; el movimiento rápido y preciso que se requería para estampar el sello en el lugar exacto del documento, y no en la mesa; el recortado preciso y el centrado perfecto de la fotografía. Todas estas acciones, sin excepción, requerían una extraordinaria coordinación fina. Pronto descubrí la maravillosa satisfacción que produce un cuño bien puesto, en el que todas las letras se encuentran perfectamente definidas. Me deleitaba con el delicado sonido que se produce al abrir por primera vez la última página de un pasaporte nuevo. Pero, sobre todo, me fascinaba la observación de aquellas caras desconocidas, las expresiones abstraídas, asustadas, sonrientes, soñadoras que aparecían en aquellas minúsculas fotos. Aquello era un verdadero viaje por un infinito paisaje de rostros humanos, de cejas pobladas y barbillas prominentes, de miradas inocentes o huidizas, de personas desamparadas ante la impertérrita frialdad de la cámara.
Mi tesón y talento dieron sus frutos, era sin duda un funcionario dotado, después de unos meses había logrado convertirme en un maestro en el arte de cuñar pasaportes. No dejaba de sorprenderme como una tarea tan compleja como aquella había acabado por convertirse en una actividad tan orgánica como respirar. Había logrado desarrollar un automatismo absoluto en todos mis movimientos. No tenía más que sentarme en aquella mesa con mis sofisticados instrumentos de trabajo y dejarme llevar. A los pocos segundos mi mente estaba en blanco, por mis manos pasaban cientos de pasaportes sin que en mi pulso se produjera la más mínima alteración. Había alcanzado la paz, la armonía total con el universo, todo me resultaba indiferente. Y en aquel momento comprendí lo que era ser un funcionario.
Pasaban los días, iguales unos a otros, como las miles de caras anónimas a las que ya no prestaba ninguna atención, como los cuños idénticos, perfectamente centrados en la última página de cada documento. Mi vida fluía con una suavidad inalterable, en perfecto equilibrio. Y fue entonces, cuando menos lo esperaba, cuando sucedió algo que me desbarató el mundo.
Aquella fotografía se resistía a ser cortada, pero aquello no hizo que le prestara especial atención. Sin embargo, cuando la coloqué encima del tubo de pegamento, la visión de aquella fotografía destrozó de golpe toda mi paz interior. En el rostro de aquella joven, que miraba hacia la cámara del photomatón con una insolencia irresistible, había una dulzura que nunca antes había visto. Me quedé extasiado observando sus delicadas facciones, su larga melena negra, la hermosa forma de su boca, el piercing de su labio inferior.
Me levanté de la silla algo mareado y fui a enseñarle aquella fotografía a Concha. Concha trabajaba en el mismo despacho que yo, oculta tras un muro formado por montones de solicitudes de permisos de residencia.
-¿Qué te parece esta chica? -le pregunté, mostrándole la fotografía que sostenía entre los dedos.
Concha apartó la vista del ordenador y, tras quedarse unos segundos transpuesta, miró hacia la foto.
-Es una pija -dijo y acto seguido volvió al trabajo.
Regresé a mi mesa y me quedé reflexionando sobre lo que me había dicho Concha.
Aquella mañana fui incapaz de terminar los pasaportes del día. No hacía uno al derecho. Antes de salir del trabajo y busqué a escondidas el pasaporte de aquella chica. Apunté su nombre, Eva Gabriel Llanes, así como su dirección y su fecha de nacimiento. Hasta entonces había sido consciente de la información privilegiada de la que disponía en el puesto en el que me encontraba, pero nunca hasta entontes pensé que haría uso de ella. Comprendí al instante el enorme poder que me daba aquella información.
La tarde siguiente busqué la dirección en un callejero y me fui hasta su casa. Pensé en llamar a su puerta pero, después de pensarlo un momento consideré más razonable esconderme detrás de un coche y esperar a que saliera. Así podría seguirla y descubrir más cosas sobre ella. Aquella tarde no salió nadie de aquella casa. Tal vez la joven era estudiante o tenía un trabajo por las tardes y no llegaba a casa hasta la noche. También se me ocurrió pensar que a lo mejor tenía novio y ese pensamiento me resultó tan descorazonador, que regresé a mi casa llorando.
Aquella noche no pude pegar ojo. Llamé al trabajo a primera hora de la mañana, a decir que estaba enfermo, lo cual no era del todo falso, porque, después de aquella noche, no me encontraba en condiciones para trabajar. Estaba pálido, ojeroso, me temblaban las manos y era incapaz de probar bocado. Tras colgar el teléfono, salí rápidamente de casa -eran las siete de la mañana- y volví a hacer guardia frente al portal de aquella chica. Estuve esperando en el frío de la calle, durante las primeras dos horas no sucedió nada. Pero, de repente, la puerta se abrió y apareció ella. Estaba más deslumbrante aún que en la fotografía. Me dirigió una mirada, hizo una mueca, ¿o era una sonrisa? Se giró y comenzó a andar calle abajo con paso decidido. No podía creer mi dicha, me había sonreído. Ella no me conocía, pero estaba claro que se había producido una conexión inmediata. El destino no podía equivocarse, estábamos hechos el uno para el otro.
La seguí a través de la ciudad, preguntándome a dónde se dirigiría. Llegó hasta una calle comercial, donde se detuvo frente a un par de escaparates y, finalmente, entró en una agencia de viajes. No era casualidad que acabara de renovarse el pasaporte. Sin duda, estaba a punto de emprender un viaje. Esperé a que ella saliera antes de entrar en la agencia de viajes. Había cuatro mesas con sus respectivos agentes de viaje, pero sólo uno de ellos estaba desocupado. Me senté en aquella mesa y le pedí educadamente que me dijera a dónde iba de viaje la joven que acababa de atender. Al principio el agente de viaje se mostró reticente a facilitarme aquella información aduciendo no se qué ética profesional. Pero yo no estaba dispuesto a que la ética profesional de un agente de viajes cualquiera me detuviera en mi encuentro con la mujer de mi vida, así que lo soborné. Los agentes de viajes tenían una ética profesional mucho mayor de la que hubiera imaginado, hasta que no le ofrecí una cantidad equivalente a mi paga extra de navidad no me confesó el destino de la chica del pasaporte: las cataratas del Niágara. ¿Acaso podía existir un destino más romántico? ¿Podía aún dudar que aquello fuera una señal del destino?
Pedí cuatro días moscosos para irme a las cataratas del Niágara. No quedaban plazas en el avión en el que volaba ella, así que tuve que coger un asiento de primera clase en el siguiente vuelo, para ello tuve que pedir un adelanto. Dios mío, mi sueldo de funcionario parecía intentar hacer todo lo posible por boicotear los impulsos de mi corazón.
Mientras sobrevolaba el océano Atlántico imaginaba como sería nuestro encuentro. Me sentía como un personaje épico, un héroe capaz de recorrer el mundo para encontrarse con la mujer que amaba, como Atila el rey de los Hunos, como Ulises o Alejandro el Conquistador. Aquella era la más hermosa demostración de amor posible. Nunca nadie habría hecho algo así por ella. Cuando lo supiera comprendería sin duda que él era su amor verdadero y caería rendida a sus pies.
Fui corriendo hacia las cataratas del Niágara. Y entonces la vi. Estaba allí, de espaldas, la melena le ondeaba al viento. Apoyada en la barandilla, miraba el inmenso torrente de agua que caía frente a ella. Entonces me detuve, respiré tres veces profundamente y me dirigí caminando a su encuentro. A medida que me acercaba a ella, me invadió una enorme confianza, no tenía nada que temer. Ella me amaba, el encuentro iba a ser apoteósico. Tenía muy claras cuales iban a ser mis primeras palabras: «Hola, Eva Gabriel Llanes, soy el hombre que te selló el pasaporte».
Pero entonces sucedió algo tan espantoso e inesperado que ni en mis peores pesadillas podría haberlo imaginado. Tan sólo pude acercarme a su lado, tocarle el hombro y decirle:
-Hola.
Ella se giró y al verme se sobresaltó y dio un salto hacia atrás, yendo a caer sobre una barandilla que estaba mal asegurada. Antes de que me diera cuenta había caído al abismo. En un instante la vi convertida en un puntito que agitaba los brazos luchando en vano para no desaparecer entre la monstruosa turbulencia del agua. Me quedé paralizado mirando aquella horrible escena. ¿Qué podía hacer? No podía hacer nada para salvarla.
Y justo en aquel momento, un joven que había a mi lado se quitó la camisa y los zapatos, se subió a la barandilla y, ante un oooooh emocionado de los turistas que había a nuestro alrededor, se lanzó vacío realizando un magnífico salto del ángel. Me quedé observando la hermosa caída de aquel hombre, que parecía suceder ante mis ojos a cámara lenta y, por un momento, le pareció que como fondo sonaba la banda sonora de La Misión.
Al día siguiente la vi por televisión, desde el hotel donde me hospedaba. Contaban la noticia de la joven española que había caído a las cataratas del Niágara a causa de una valla defectuosa. También contaban como un joven, que pertenecía a los boy escouts de Ohio, en un acto de heroísmo sin igual, había saltado al abismo para rescatarla. La noticia terminaba con final doblemente feliz, pues ambos se habían enamorado y habían decidido casarse.
-Nunca nadie había hecho algo así por mí -declaraba la joven hablando inglés con un preciso acento de Cuenca.
Dos días después regresé a mi puesto de funcionario en la sección de pasaportes de la comisaría. A primera hora de la mañana Concha entró en la oficina cargando con cuatro montones de carpetas de permisos de residencia.
-¿Qué? ¿Qué tal las vacaciones? -me preguntó con una sonrisa.
-Un poco cortas –le dije.


Texto de obladiah agregado el 11-12-2004.
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