Estoy cansada. Cansada de ésta otra mujer que vive adentro mío y se despierta a veces con amaneceres nómades sobre la piel. Cansada, muy cansada de llevar a cuestas y a todas partes éste conjuro de oscuridades que me nublan de vez en cuando la mirada. Golondrinas oscuras venidas de las sombras, de las mazmorras más negras de mis entrañas dónde no alcanzo a vislumbrar de que nidos habrán salido. Pero aquí están, posadas en mis manos y en mi mirada, quitándole el sentido hasta a la tarde más soñada.
Yo sé que después de un rato se vuelan, se esconden de mí y por un tiempo las pierdo. Pero no, vuelven en silencio alguna mañana cualquiera y me toman, para sorpresa de los que están conmigo, convirtiéndome en ésta mujer opaca que correría a esconderse en los fondos de los roperos. Si pudiera.
El universo de los ojos de mis hijos deben ahuyentarlas y las rutinas de fideos y guardapolvo azul deben intimidarlas, pero son fuertes, son más fuertes que yo y persisten mirándome desde las ramas de los árboles de la casa de al lado.
Cuando llegan, con un aleteo que yo escucho con mis oídos del alma, busco desesperada excusas para que éste amor que hoy me acompaña, le encuentre sentido a mi desolación. Que la casa, la comida, el desórden de los chicos, cualquier cosa que se me ocurra, servirá de pantalla y de manto para que él no dude de la claridad de mis sentidos, para que él no crea que me estoy enloqueciendo.
Cuando se han ido, no queda ni siquiera un plumón perdido entre mis manos. Predispongo mi piel a no dejarlas picotear entre mis faldas y hasta a veces juraría que no van a volver más.
Hasta que las siento, en bandadas, pese a todo, inmunes a mis barricadas, llegar de a una y rozarme con sus alas.
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