Cuando apareces me callo. No sé que decir. Te veo y me me callo. Te escucho. Dejo que tus palabras, atropelladas, me golpeen con dulzura. Intento a veces emitir algún sonido perdido; un "sí" entrelazado con un "te quiero". Pero apareces y me callo. Llegas con tu risa de niño anciano, golpeándome desde lejos con un paraguas imaginario. Y me callo. Me miras. Me miras como se mira a un niño y me arreglas el cuello de la chaqueta. Y yo me callo. Te escucho, de verdad, te escucho. Desviando a veces la mirada, para que no me queme, para que no me ardas. Yo quiero decir tanto, yo quiero decir, yo quiero... y me callo. Atino a sonreír, acariciarte el pelo. Y tú lo llenas todo con un gesto de manos tiernas. No, no llores, no lloro. No, no te vayas. |