Dicen que cuando la muerte pasa cerca se siente un escalofrío en la espalda. Debes haberlo sentido, porque te detuviste bruscamente y giraste la cabeza, buscando la sombra que te acechaba entre los árboles. Por supuesto que no la has visto, sé ocultarme muy bien cuando debo hacerlo.
Ay chiquita, a quién se le ocurre pasar por aquí a ésta hora? Podría apoderarme de ti ahora mismo, si quisiera. Soy el dueño absoluto de tu destino, soy tu amo y señor. Soy el que decidirá si verás salir el sol mañana.
Apuras el paso inquieta. Cada tanto volteas escudriñando la nada. El peligro agudizó tus sentidos, tus oídos se esfuerzan por captar la más mínima vibración.
Cómo sentiste el peligro? En la piel, en la piel. Tarde entendiste el error de internarte en el sendero. De día es pintoresco, pero de noche...
De noche las sombras esconden, aterran. Y yo soy sombra.
Te miro transpirar por la carrera y casi decido que serás mía. El sudor en el cuerpo de una mujer es algo a lo que no me puedo resistir, mucho más si sudan pánico.
La ropa deportiva marca tus formas: tus pechos se balancean arriba y abajo, incitantes, fuertes, deseables.
Sientes calor. La adrenalina invade tu torrente. Aprieto el revólver que llevo en el bolsillo del pantalón. Sólo tiene dos balas, pero serán suficientes. El metal caliente se siente bien entre los dedos. También tu vida, chiquita, también tu vida.
Qué harías si saltara sobre ti? Pelear? Someterte?
Quizá te quedarías inmóvil dejándome hacer, rezando por dentro que te deje con vida. Quizá lucharías como una leona, sin importar el caño apuntando a tu cabeza.
Adivinar tus reacciones me llena de deseo. Lo siento pulsando en las venas, conquistando mi mente y mi cuerpo.
Más tranquila, verdad? Has disminuido la velocidad del trote. Atribuyes, seguramente, tu inquietud a una vasta imaginación. No hay peligro, chiquita? Ya no lo sientes?
Sin embargo aquí estoy, y sigo siendo tu dueño. Las sombras me protegen.
El cabello ondulado se mueve, acariciándote la espalda. Eres hermosa. Y tan mía. En éste momento tu ser me pertenece. Tu calendario espera que baje mi pulgar para dejar caer su última hoja. Un Nerón moderno, un verdugo diagnosticado en el diván del psicoanalista.
Te rendirás tarde o temprano. Todas lo hacen. No importa con cuanto ímpetu se hayan resistido, siempre terminan laxas y relajadas, como muertas. O muertas.
A algunas las beneficia la muerte, les otorga una belleza que no tenían. Pero a ti, chiquita, a ti te convertirá en luna.
Ahora debo decidir. A doscientos metros se ven las luces de la avenida...
Adiós, chiquita. Tu vida estuvo en mis manos. Nunca vas a saberlo, pero fue así. Yo lo sé y eso es lo que importa. Mañana, probablemente, le cuentes a alguna amiga que sentiste miedo. Un miedo infundado, un miedo estúpido.
No, no era nada.
Sólo sombras. Nada más.
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