LA MAGA*
Te intuyo en sandalias preparando el café; fluyes serena, en esos secretos que se esfuman mientras “voy y vengo”.
Sabia mezcla de ingenuidad y astucia femenina, esperando el momento de salir de la red para charlar con Cortázar:
–No te mediste al crear a la Maga –le digo–; y pensar que en tu propia tierra la iba a encontrar, sin conocerte, ni conocerla, ni pisar nunca la Argentina.
–Bueno ché, no exagerés, yo no he creado a nadie –me responde Julio–. ¿Acaso sabés algo de ella?
–Poco… muy poco; pero no olvides que Horacio también intuyó, y mucho, antes de desbordarse.
–Mirá que sos intuitivo ¿eh? –afirma, interesado en la charla.
–La historia se repite.
–Se repite a diario, querido; se repite a diario mil veces en el mundo.
–Es lo mismo. Maga y Horacio, en vivo, en París; Cecilia y yo, en directo, a cada extremo del continente.
Cortázar decide guardar un fino silencio de minutos, el cual, lógico, me veo imposibilitado de violar. Se corre las mangas del sweter –o al menos eso supongo–, le da una fumada a su cigarro para al fin aceptarme:
–Lo suyo contiene un detalle que no se me había ocurrido.
–¿Cuál? –pregunto, feliz de la vida.
–Acercarse sinceros, al instante; pero a la vez, estando alejado. Esto de la tecnología siempre se me hizo un juego de brujas con patrocinio de un espía comunista. Recuerdo que Horacio tardaba mucho en lograr una llamada trasatlántica.
–Maga y Horacio se acercaron a la distancia –respondo–, estando uno y otro tan cerca del Sena.
–Y sí, como decís vos, la historia se repite. A fin de cuentas, la diferencia brota como mi Maga adormecida a mitad de la escalera u Horacio a la puerta del siquiátrico, sintiendo la queja de un piano mal tocado bajo la lluvia de sombrillas; su terrible realidad.
–Tú lo dijiste; tú lo has escrito. Ahora yo deseo intentarlo.
–¡Cuidado! ¡No quiero que te pongás a evocar cosas del ayer! Yo estoy más que bien en este extraño lugar, como para que me salgan con una nueva propuesta. Seguí acercándote a tu Maga, que la lejanía es tan fácil de burlar como se liquida una nota de saxo patrocinada por el boludo de Morelli, en plena noche estrellada.
–No necesitas darme consejos, Julio. Al teclear siento su mano, susurrándome un allegro interminable.
–¡Dale! ¡Dejate de boludeces!, que la Maga siempre tuvo poca chance de ser liberada.
–Yo no quiero liberar a nadie; quizás aspiro a reconciliar el aprendizaje de vida; bajo pena, tal vez, de seguir la suerte de Horacio o lograr la plenitud. ¿Feliz o no? ¿a quién le importa? No aspiro a esa falacia; más bien a compartirlo todo, al fin.
–Esa es la más grande de las falacias –me dice Cortázar.
–Estoy de acuerdo. Pero es la más real, y por lo tanto, la más factible.
–¡Dejate de joder! ¡Ahora resulta que vos sos Horacio y ella mi Maga!
–¿Y tú? –le pregunto.
–Yo soy Julio, un humilde servidor a punto de tomármelas.
–Sencillo, como los grandes.
–Ché... tengo que rajarme –emanando cierta alegría que oculta su cansancio.
–Lo entiendo –le digo, sin entenderlo.
–Vos no entendés un carajo y no entenderás un carajo, hasta que los dos puedan librarse de sus temores y al fin se percaten de que era el anhelo el que junaba la libertad. Les deseo lo mejor, a vos, Horacio, y a ella, mi inolvidable Maga… Chau.
–Hasta pronto, Morelli. Ya nos encontraremos los cinco algún día para compartir un mate; aunque sepa a pasto.
–¿Quién te ha contado que el mate tiene gusto a pasto?
–Tu Maga, ¿quién más?
–Lo dicho: tu Maga es mi Maga. ¡Tomátela!
*Adaptación al “idioma argentino” por parte de Néstor Rubén Venegas.
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