NADA ES CASUAL
Hugo Luna, el poeta, está sentado desde hace horas en uno de los sillones azules y desteñidos del living de su casa, con los ojos cerrados y un cigarrillo apagado entre los dedos, siempre amarillos de nicotina. La casa está a oscuras y con las persianas bajas. Todo está quieto. Todo alrededor está en silencio, también. Y el silencio es espeso, fatigante, macilento…
Hugo Luna ha leído hoy temprano el resultado que esperaba de los análisis que se hizo la semana pasada y ha tomado una decisión… Solo está esperando y, además, buscando el coraje necesario. Es cuestión de tiempo y lo sabe. No tiene miedo, apenas si siente una especie de ternura por él mismo que lo asombra un poco y que le ha dejado un rictus parecido a una sonrisa en la comisura de los labios. Piensa.
Exactamente a las 19 se levanta y busca en el segundo cajón de la cómoda que está al lado de la puerta del dormitorio el viejo 38 Smith & Wesson que había sido de su abuelo materno, y que había heredado sin saber bien por qué hasta ese momento. Sabe (ahora sabe, o cree saber) que en la vida nada es casual, que todo tiene un sentido y que ese sentido es preciso y minucioso.
Vuelve al sillón, se sienta lo más cómodo que puede, verifica si la carga está completa, lleva el cañón a la boca, cierra los ojos, toma una gran bocanada de aire y, por fin, aprieta el gatillo…
Un par de horas más tarde, Hugo Luna, el poeta, mete la llave en la cerradura de la puerta de su casa con las manos transpiradas y algo temblorosas y entra desde la calle. Está cansado. Ha estado desde la mañana temprano dando vueltas por ahí, taciturno y sin rumbo, después de leer los resultados de los análisis que se hizo la semana pasada. Va directamente a la cocina y saca de la heladera una cerveza bien fría, una Pilsen que consiguió de contrabando y a buen precio, la destapa y decide tomarla en uno de los sillones del living. No se sorprende cuando se ve. No lo esperaba así, pero no se sorprende en absoluto…
Se sienta en el sillón de dos cuerpos, al lado de su propia piltrafa que está caída sobre el lado izquierdo, con los ojos salidos de las órbitas y a la que le falta toda la parte de atrás de la cabeza. Se mira largamente y sin tristeza, toma un trago de la Pilsen, y se alegra de haber ido a caminar por ahí sin rumbo.
Unos minutos después se levanta, deja escapar un suspiro, enciende un Camel y decide tomar un poco de aire y, tal vez, ir también a buscar a Viviana. Sonríe con alivio pensando en lo que pudo haber pasado si se quedaba en casa. Sale y echa llave a la puerta.
El enorme espejo que está al lado del televisor, colgado en la pared que da al norte, no reflejó su paso antes de salir. Tampoco lo reflejan las vidrieras.
En la vida nada es casual. Todo tiene un sentido y ese sentido es preciso y minucioso.
Hugo Luna, el poeta, no lo sabe todavía.
|