UN DIA EN LA VIDA
Al fin se desprende de la vaina, como una de esas palomas de Magritte surgiendo entre la hierba.
Hace unos minutos seguía siendo capullo brotando; no de un vegetal propiamente dicho; tampoco es un bicho, un animal.
Es un ser, y piensa en otro nivel, de manera rudimentaria a pesar de su diminuto tamaño.
Su pequeño cerebro apenas desarrollado le alcanza para aceptar una extraña clase de armonía bien adaptada a cierta e inusitada vulnerabilidad ante el miedo. O lo que es lo mismo, se siente satisfecho de brotar a pesar de asimilar, por su singular instinto, que muy pronto todo terminará para él, que volverá a ser como si nunca hubiera sido; sin hembras ni machos ni apareamientos. Sin temor.
Mide un poco menos que las sombras de las hojas de las vainas reflejadas inmóviles en el suelo; es idéntico a trillones de sus iguales que no esperan al viento ligero para comenzar a tapizar la tierra de ocre y blanco; vislumbra la altura de las vainas –sus madres, podría decirse- que sin prisa elevan esos brazos como elipses semiperfectas cargadas ahora de simples cáscaras; formando horizonte a una luna rasante que ilumina la lejanía junto con otros dos satélites: uno de ellos en la cumbre del cielo a manera de franca sonrisa blanca; el otro lleno de leche al lado opuesto de la llanura; provocando las tres lunas, ciclo tras ciclo, como dignísima trinidad, el brote de capullos sin nombre; y es que en este lugar aún no surge la mente suficiente que idee un lenguaje para el cenit, el cuarto creciente o el poniente.
La luna rasante también luce plena de alimento, opacando el brillo lejano de siete supernovas y lo que se podría catalogar como constelaciones en formación; incluso dos majestuosas espirales vecinas, derramadas; elevándose ligera hasta lograr el máximo nivel de iluminación nocturna de la estación tibia, suficiente para admirar el milagro.
No hace muchas edades las vainas seguían siendo algas en mar abierto y la tierra firme terminaba de desfogar sus calores en volcanes y cataclismos; hasta que las cinco variedades más evolucionadas de estas plantas acuáticas comenzaron a adaptarse al aire, transformando sus esporas color violeta, aclimatadas al agua dulce de los ríos, en el primer ensayo sin escamas, con pulmones; terminando, paso a paso y para siempre, con esa terrible aridez del planeta.
Así ha venido sucediendo desde hace unos cuantos miles de años. Esos singulares seres que surgen de botones y que varios cientos de años después se convertirán en polarizados hermafroditas, brotan, contemplan, se emocionan y mueren al sentir la primer caricia del sol –un sol descomunal, gigantesco-; sin llegar a saber nada el uno del otro a pesar de que su complacencia permite la mutua observación, reconociéndose idénticos, intuyéndose únicos como su sencillo objeto de estar vivos: seguir abonando estas duras tierras para subsiguientes especies, lo mismo evolucionadas o “ideadas de súbito”; en ambos casos mejor adaptadas para seguir dando frutos superiores, desde bestias hasta alimañas y vegetales; cerrándose así el círculo del plan perfecto de vida, sin azares, a perpetuidad. Pero el secreto de las algas transformadas en vainas no llegará a ser al menos enigma para las mentes posteriores capaces de idear palabras, por la sencilla razón de desconocer el origen del todo armonizado –los seres de ocre y blanco, generación tras generación siguen llevándose el secreto; a la vez que desconocerán por siempre su sencillo cometido a futuro.
Pero también se reconocen únicos respecto a su singular instinto cerebrado de ser felices, mansos y obedientes, asimilando que todo se acabará para ellos sin remedio, sin huella ni trascendencia alguna. Simplemente disfrutan del espectáculo nocturno de las lunas entre los brazos de las vainas. -¿Existe mayor emoción a esto?
Al igual que la pasada primavera, surge el brillo renovado de ese sutil sonido que logra armonizar el sentir de las vainas, las lunas, hasta el mar lejano, invitando a más y más algas a respirar; a la vez que propicia la formación de renovados, diversos capullos en insospechadas planicies, cordilleras o eventuales desiertos del gran y único continente. Es el momento en que las raíces de las plantas ya habituadas vierten su fruto en otros rincones.
Nada se mueve, todo ronda. El extremo del horizonte, por donde horas antes se asomara la tercera luna, unas nubes alargadas se iluminan de anaranjados cálidos; a la vez que las dos lunas sobrevivientes a la noche palidecen: una en lo alto, llena, la que surgiera al anochecer; la otra, tan roja y a punto de desaparecer; modificando su blanca sonrisa por la hoz sentenciando el destino.
El rocío cubre el plumaje de la paloma adormecida; retornando su mente simple al cosmos que nada olvida.
La hierba despierta en la sabana mientras la evolución prosigue su plan: por primera vez en el planeta surgen unas hojas suaves, lechosas, sin espinas, cuyo tallo alargado está dispuesto a enredarse en esas viejas vainas verdes; y no cesará en su afán hasta matizar el horizonte de ocre y blanco.
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