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Inicio / Cuenteros Locales / vaerjuma / Al otro lado de la Queguay (a Eulba)

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AL OTRO LADO DE LA QUEGUAY

Había llegado hasta esa isla huyendo.
Pensó que sus problemas se quedarían en la patria que los vio nacer, pero todos estaban saludándolo desde la costa.

Angelina Sánchez (Pink-Panther)
“Huir”

Impulsivamente, en un arrebato de hastío, cansado de todo y de todos tomó la decisión y, cargando unas pocas cosas necesarias en una mochila amarilla y medio destartalada pero lo bastante grande para su propósito, se fue hasta el fondeadero que está al lado de la caleta del puerto.
Apenas unos pocos lo vieron, y también otros pocos más lo saludaron. Cuando llegó, La Diosa Blanca, su canoa, estaba bien cerca de la costa, como esperándolo y sabiendo. Se metió al agua, la desató de la boya, la arrastró hasta la orilla, puso su carga lo mejor que pudo sobre los pañoles del piso, metió los remos en los toletes, se acomodó, se despidió con un gesto vago y ambiguo de la ciudad (apenas fue un agitar de dedos, breve y seco), puso proa hacia el norte y se puso a remar…
Remó y remó durante horas, río arriba y apuntando hacia la costa uruguaya. Se imaginó que las columnas de humo de las chimeneas de Paysandú que veía a popa eran unas nubes verticales y sucias. El Uruguay, que estaba manso y quieto, parecía un espejo. Apenas si se esforzó un poco más cuando atravesó el canal, apenas… Cuando por fin llegó al otro lado de la isla Queguay, le dolía todo el cuerpo. Después de remar y remar sin estar acostumbrado, tenía las manos despellejadas, con las ampollas reventadas y en carne viva, lo que hacía el dolor insoportable. Sin embargo estaba feliz.
Ni bien encalló en la arena ató la canoa a un sarandí, descargó sus cosas y se puso a armar un “bendito” en la parte más alta del claro del monte que había elegido para pasar la noche. En los alrededores buscó leña seca, descartando la de sauce y la de laurel; una porque no hace buenas brasas y la otra porque su resina es muy olorosa y la comida sale con gusto raro y desagradable.
El sol se estaba poniendo lentamente, anaranjado y grandote como una mandarina campeona… Lamentó no haber llevado una radio.
José Luis Rodríguez estaba terminando de juntar la leña, al lado de un enorme pacará que le hacía reparo, cuando lo sorprendió la voz del vendedor de bañeras que estaba a sus espaldas y al que no había oído llegar.
-¿Cómo le va, amigo? –dijo el vendedor de bañeras, con voz impersonal, de vendedor.
-Bien, gracias… No lo escuché llegar…
-Bueno, pero aquí estoy. Y con una oferta que no podrá rechazar…
-¿Oferta?...
-¡Una bañera de mármol de última moda en Italia!
-¿Bañera?...
-Sí ¡Y qué bañera, mi amigo!... Puro mármol, mire –dijo el vendedor de bañeras, y sacó una de adentro de una bolsa de plástico negro.
-No, gracias.
-¡Se la dejo a mitad de precio!
-Dije que no, gracias.
-¡Pero…!
-Dije que no… Además ya tengo, y más grande –dijo Rodríguez, señalando con su índice izquierdo al río Uruguay.
-¡No me va a comparar la calidad, señor! –se ofendió el vendedor.
-Igual, no quiero…
El vendedor, tal vez por falta de experiencia o de oficio no insistió. Guardó su bañera de muestra nuevamente en la bolsa y se fue despacio. Rodríguez siguió con lo suyo hasta que lo interrumpió otra voz:
-¿Tiene un inflador?...
Se dio vuelta y por sobre el hombro vio al hombre de anteojos de marcos redondos y cara conocida con una bicicleta agarrada del manubrio que tenía la rueda delantera pinchada. La espina de ñandubay se veía claramente clavada justo cerca del pico, lo que le resultó raro ya que en las islas no hay ningún ñandubay.
-Está pinchada la rueda –dijo Rodríguez.
-¿No me sirve un inflador, entonces?...
-No. Me parece que no. Lo que necesita es un parche, solución, y un par de herramientas, o unas cucharas para sacar la cámara y arreglarla.
-¡Mierda!...
-Perdóneme, pero no lo puedo ayudar.
-No se preocupe, no es con usted la cosa… Es que extraño una pequeña ayuda de mis amigos en este anochecer de un día agitado. Parece que a veces uno necesitara ocho días a la semana cuando es un hombre de ningún lugar…
-¡Lennon!
-…
-¡Usted es John Lennon!
-¿Si?...
-Si. Usted es John Lennon…
-No. Yo soy la morsa –dijo el hombre de anteojos de marcos redondos, y desapareció sin despedirse.
Rodríguez quedó en silencio un rato, con la mirada perdida, buscando algo de lógica a lo que le estaba pasando al otro lado de la Queguay… No tuvo mucho tiempo para reflexionar: a lo lejos vio venir a otro tipo medio estrafalario, barbudo y despeinado, con cara de haber dormido poco o, mejor, de ratero triste con ínfulas de bohemio. El tipo paraba cada diez metros y golpeaba el aire con el puño cerrado, como si estuviera golpeando a una puerta. Esperaba un rato y seguía avanzando. Por fin llegó frente a José Luis.
-Buenas tardes, soy Gustavo Malomo Mariani, de Montevideo, y vendo libros puerta a puerta –dijo el tipo y alardeó una especie de sonrisa.
-No tengo puerta –retrucó Rodríguez, ya cansado de tanto loco dando vueltas por la isla.
-Eso es apenas un detalle, “de todas formas la existencia del alma no esta defendida o propuesta aquí, donde solo es un recurso de fácil comprensión para una visión que me muestra un yo que normalmente yo mismo desconozco por la chicatéz de ver solo desde mis ojos la mayor parte del tiempo”.
-¿Qué?...
-Digo que veo que no tiene puerta. Y que tampoco tiene libros.
-Tampoco tengo plata, mi estimado vendedor…
-“Nunca las estrellas brillan tanto ni son tan hermosas como en las noches sin luz alguna”.
-No lo entiendo…
-Digo que me doy cuenta que anda sin plata.
-Perdone, pero ¿de donde saca las cosas que dice?...
-“La inteligencia que me dicta estas letras es un impulso eléctrico-neuronal de dudosa credibilidad”.
-Mire no voy a comprarle nada. No insista…
-Insisto porque no sabe lo que se pierde. Tengo escritos de Ovich, de la Negrafotocromática, de la dulce Aniuxa, de Vaerjuma, de Elhombreazulón, de Sandinista, de Zurquito, del loco JEF, de la fantástica Marimar… Elija y pida, nomás.
-Lo siento, no conozco a ninguno... ¿Tiene algo de Onetti, ya que es uruguayo?...
-No, pero tengo de Oliveria y de Caselo, argentina ella y colombiano él.
-No, de verdad, no quiero… Me vine a esta isla para poder estar solo. Dejé todo para no tener más problemas y no he tenido un segundo de paz desde que llegué. Váyase por favor…
-Está bien. Tú sabés... –dijo el vendedor de libros con cara de ratero triste y se fue. La noche ya estaba sobre esa parte del mundo, haciéndose cada vez más ella. Cada tanto, rompiendo el silencio, se escuchaba el coletazo de un dorado cazando mojarritas a ras del agua.
José Luis Rodríguez durmió mal. Casi se le quema el “bendito” porque armó el fuego muy cerca, los mosquitos lo atormentaron, las comadrejas le robaron el único salamín que había llevado y tuvo pesadillas espantosas… Soñó que el banco de arena que queda entre la Queguay y la Varillares era cercado por un hombre que sembraba portafolios y que desde los portafolios ya crecidos salía un carpincho en celo que perseguía a un aviador japonés perdido allí desde la segunda guerra mundial. Soñó que un perro le volteó la olla y se hizo el boludo y que un inspector de zócalos de 1,90 de alto, encorvado por la ciática y que tenía puesta una camiseta del heroico Danubio, le quería cobrar una multa en nombre del gobierno del pueblo charrúa… Se despertó como a las seis, sudoroso y malhumorado. Preparó el mate y se sentó bajo un timbó a tomarlo con calma, tanto al mate como al regusto de la mala noche pasada.
En eso estaba cuando, colmo de los colmos para ser tan temprano, dos tipos más se acercan desde ninguna parte hasta donde él estaba sentado.
-Buenos días –dijo el más veterano.
-Buenos días –dijo también el otro.
-Ajá –dijo Rodríguez.
-¿Es nuevo por acá? –dijo el otro.
-…
-Parece –dijo el más veterano.
-“Amigo, la envidia carcome el corazón y trae sufrimientos, seca las fuentes de la vida y acarrea violencia. Perdone que se lo diga pero usted, buen amigo, está enfermo, muy enfermo” –dijo el otro.
-¿A quién le dice eso? –preguntó Rodríguez.
-A usted, por supuesto –dijo el más veterano- Pero no se preocupe, el pobre es mudo. Se lo digo yo, Máximo Chaparro, “El Islero”, que lo conozco desde siempre.
-¡Cómo que es mudo, si acaba de hablarme!...
-¿Vio? –dijo el más veterano, y soltó una carcajada.
José Luis Rodríguez tiró el mate, corrió hasta La Diosa Blanca, la desató, puso los remos en los toletes y remó y remó hasta estar seguro de estar bien lejos de la orilla de la isla. Recién ahí miró, y no vio a nadie. A nadie… La Queguay estaba desierta, como siempre. No paró sin embargo hasta que estuvo otra vez en el fondeadero que está al lado de la caleta del puerto.
Los problemas, sus queridos problemas, estaban esperándolo en la orilla y lo saludaban alborozados.
El también hizo lo mismo.

Texto agregado el 13-01-2005, y leído por 427 visitantes. (24 votos)


Lectores Opinan
2007-09-11 16:47:43 Es como ver una película a mil, un sueño, muchas pinturas en una sola tela. Pero, sea lo que sea, relatado por tu pluma, como siempre impecable. Sabés? Este cuento, lo leí en voz alta, y es mejor aún, cuando se te escucha! Y como hoy ,hay eclipse de sol, te lo dejo en lugar de las estrellas! un abrazo montevideana< /a>
2006-06-17 06:06:08 Me has hecho sonreír... y casi llorar... el Gus... Gracias por dejarme ser parte de la isla. A mi no me gustan que se me pierdan las cosas. No me gusta!!!!! Aniuxa
2005-05-05 21:11:56 está muy bien si señor. Me recuerda a uno que tengo yo por ahí... pero este en bueno claro. Saludos y***** josef
2005-03-24 14:49:38 Entretenido, extraño, surrealista... Me gustó. Saludos, Mina. ezelrida
2005-03-22 12:39:15 Excelente, entretenido y fácil de leer. La historia, genial. Felicitaciones y van mis 5* jorval
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