GABO AGONIZA: Amnesia de mis Dichosas Meretrices
Hace mucho tiempo que él vive convencido de haber sido un gran hombre. La sagaz inocencia de ella, no le alcanza para comprender que en verdad ha sido una gran mujer. Ambos tomando el té y el sol tan necesario para los ancianos que suelen preguntarse, con congoja o regocijo, si seguirán acumulando meses de guardar o verán el final del otoño; o el ocaso de hoy.
Algo se mueve, carraspeando:
–… A partir de mañana comenzará mi leyenda –gime, cadente, esa voz que cede ante las olas; hundido en su sillón–. Es una lástima que hayas malbaratado tu vida, que nunca lograras trascender a tu tiempo, cuando pudiste haberlo hecho –dirige el trazo de sus canas y el manantial seco de su mirar hacia ella; a la vez que su recuerdo se detiene en los recintos que, en el futuro, seguramente pronunciarán su nombre y hasta su imagen en piedra; híbrido perfecto de un sueño impostergable.
–Te equivocas –sutil, mas no ingenua; humillada–. A partir de mañana seguirá tu realidad. ¡Qué simple resulta! Es una pena que no te hayas retirado a tiempo; cuando te hice ver, aquella noche en Cali, al igual que Anaís lo hizo con Miller, y como tantas lo intentamos con tantos como tú, que el fondo, sin forma, se esfuma. ¡Siempre te obstinaste a interpretarlo de otra manera! ¡Esa maldita manía por llevarme la contraria!; a fuerza de amar mis formas, que ya ves, también se desvanecieron con el tiempo y tu nostalgia aburrida.
Al escucharla hablar así, las manos del viejo escritor intentan en vano evocarla; presintiendo la fuerza última más allá del crepúsculo.
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