En una noche brillante y calurosa, típica apariencia de las noches de verano en aquella región, un barco pesquero surcaba las aguas del Atlántico sin mayores dificultades con dirección norte. Pasaron varias horas después de haber visto por ultima vez la costa, cuando una ráfaga de viento se abalanzó sobre el bajel de vela y el desconcierto se apoderó de los navegantes.
La lucha a bordo del barco pesquero “Amie” fue en vano, la gran roca había salido de la nada y el impacto fue inevitable. Casi todos los tripulantes de la embarcación habían perecido en el accidente. Sólo quedaron dos tripulantes y el capitán del navío, Pierre Levo.
Después de flotar por algunas horas sobre barriles vacíos divisaron una isla bajo la luz de la luna llena y la esperanza que se había hundido en el fondo del mar junto al barco, ahora habitaba un islote. Esa espectral figura sobre el agua de plata, trajo un aliento de vida a los infortunados. Era un oasis en medio del Sahara.
—¡Capitán, estamos salvados! —gritó entusiasmado uno de los sobrevivientes mientras el otro respondía con un grito de júbilo. Entonces, nadaron con nuevas fuerzas hacia tierra.
Al llegar a la isla, los marineros se despojaron de sus ropas para secarlas al viento. Luego de algunas horas se echaron al colchón más cómodo del mundo, la arena de la playa bajo las palmeras.
Acostado, el capitán Levo observaba el cielo tratando de encontrar una respuesta en las estrellas. Desde su posición fetal —bajo la palmera—, meditaba en la gran perdida de aquella noche. El dolor de esa perdida había sido apaciguado por el desaliento que se había apoderado de él cuando se encontraba sobre aquel barril en medio de la nada pero, ahora regresaba. Comprendió entonces que su mapa estaba defectuoso, puesto que, esa misteriosa isla no aparecía en él y comprendió también la presencia de aquella roca maldita, verdugo del “Amie”. No deseaba dormir, y no podía entender la tranquilidad de los ronquidos que provenían de sus dos compañeros a unos metros de él. Las olas al romperse eran las canciones de cuna y sin darse cuenta también quedó preso por un sueño inadvertido.
De pronto, una extraña sensación lo despertó, y se levantó espantado al ver que sus compañeros no se encontraban a su lado. Miró a su alrededor, y muchas palabras murieron en su garganta, mientras su corazón parecía augurar un hecho macabro, la luna señoreando el cielo observaba la escena. El capitán gritó el nombre de uno de los marinos y el ruido de las olas y la brisa que se perdía entre las hojas de las palmeras, parecían no saber que contestar. El capitán daba vueltas como un carrusel descarriado. Gritó otra vez y en esta ocasión un alarido horrible similar al chillido de un cerdo preso de la muerte, contestó su llamada. Provenía desde la oscuridad, el interior de la isla, desde ese negro paisaje.
Sin pensar dos veces, sin poder diferenciar si esos gritos provenían de la garganta de una bestia o un fantasma habitante de esa isla desconocida, el capitán corrió y entró a lo que parecía un bosque. Estaba seguro de que era uno de sus compañeros y él lo iba a ayudar. Allí iba corriendo y exclamando.
—¡Allá voy! Aguanta.
Los gritos seguían y el capitán corría impulsado por la prisa que el caso parecía exigir. Los tropiezos y las caídas, normales en un terreno desconocido en medio de la oscuridad, parecían inadvertidas. Las ramas de los árboles y arbustos eran garras rompiendo la húmeda ropa del capitán. De repente, un gran árbol interrumpió su carrera. No tardó en maldecir al macizo y trató de recuperarse rápido del golpe y retomar su oscuro camino invisible cuyo único guía era aquel grito desperado. Un poco después, lo que sobraba de aquel alarido era el gemido de una dolorosa agonía.
Al fin llegó al lugar y se detuvo al ver una escena que lo lleno de horror. La ropa descuartizada de uno de los marineros, estaba expuesta bajo los rayos de la luna. La tela estaba completamente destrozada, ensangrentada y colgaba de un árbol. Estaba seguro de que el marino había sido atacado por algún animal feroz. El gemido seguía ahora más apagado pero, el capitán no podía divisar a nadie.
—¿Dónde estas? —preguntaba el desesperado, tratando de ver entre las altas malezas. De repente, una voz penetró sus oídos
—Capitán, no se preocupe, yo también pasé por eso pero ahora estoy bien—, era la voz de uno de los marinos, una voz tranquila y envolvente como si estuviera en la brisa.
—¡Gracias a Dios! Acércate que no te veo, debemos ayudar a ... —expresaba Levo, pero antes de que lograra terminar su frase la voz del marino lo interrumpió.
—Aquí detrás de usted, no puedo moverme capitán, lo lamento.
El capitán dio vuelta y vio al que hablaba.
No escapaba aun de la sorpresa cuando sintió que los dedos de sus pies se convertían en raíces.
Escrito en abril de 2004 |