Empezaba una nueva vida. Iba a trabajar como profesor de español en Inglaterra. En la maleta había metido un traje nuevo, dos corbatas de mi padre y una selección de material que había recopilado para las clases: CDs de música española, partes meteorológicos, folletos de información turística, una receta para hacer paella, recortes de El jueves, chistes de Forges y dos películas de Almodóvar: Átame y La ley del deseo.
Me encantaba aquella sensación de empezar de cero. En Nottingham no conocía a nadie, no tenía ningún referente, ni siquiera tenía una identidad definida. Sentía que aquello me hacía totalmente libre. A partir de aquel momento, mi vida iba a ser lo que yo quisiera que fuera.
Al llegar me alojé en casa de una profesora de teatro. En unos días aprendí a hacer malabares. Pero no podía quedarme allí mucho tiempo, así que me compré un mapa y varios periódicos y empecé a buscar casa en Nottingham. Di mil vueltas absurdas a la ciudad porque, donde quiera que fuera, siempre me perdía. Tenía la cabeza en las nubes.
Forrest Fields, room to let, friendly atmosphere, 30 £/w.
Marqué el número de teléfono. Me contestó una voz alegre.
–La casa está hecha un desastre, pero pásate si quieres.
Anduve por aquel barrio de casitas oscuras de ladrillo rojo. Mientras intentaba encontrar la dirección, vi una tiendecita de verduras, un restaurante de kebabs, una familia hindú, un escaparate donde había maniquíes vestidos con sarís de colores brillantes. Y vi una enorme limusina blanca pasando por el fondo de una calle.
Me abrió la puerta un hombre con la nariz más torcida que había visto en mi vida. Era delgado, rubio, tenía barba y unas ojeras enormes. Se llamaba Brian y debía tener unos cuarenta y cinco años. Yo tenía veintidós.
Fuimos a hablar a la salita. Me gustó aquel lugar. Olía a tabaco de liar. Había flores secas decorando los estantes y un cartel de una obra de Joe Orton en la pared. Brian tenía una voz muy agradable. Era una voz dulce y perezosa, con un punto de ironía. Parecía un tío simpático. Cuando menos lo esperabas, una sonrisa de pequeños dientes aparecía en su cara. A veces perdía el hilo en mitad de alguna frase. Me hacía gracia, porque a mí también me pasaba eso.
Un perro peludo entró en la habitación y se sentó ante mí con mirada expectante. Le acaricié la cabeza y puso una pata sobre mi rodilla.
–Es un vejestorio –dijo Brian–, está sordo como una tapia.
Junto a la salita había una habitación bastante grande, prácticamente vacía de muebles. Había un viejo tocadiscos desmontado sobre la alfombra.
–Estaba arreglando eso, perdona el desastre.
El perro nos siguió hasta la cocina y se escondió bajo la tabla de planchar. Brian abrió la puerta del patio de atrás. Allí había dos o tres parterres con una vegetación salvaje. Hasta entonces, todos los ingleses que había conocido me habían hecho una visita comentada de su jardín. Había sufrido tediosas explicaciones sobre jardinería y había tenido que mostrar admiración ante el delicado color de una azucena o el tamaño de un pepino. Creo que, por eso, la visión de aquel jardín desaliñado me conmovió.
En el primer piso estaba el cuarto de baño. Frente al váter había un póster con una espeluznante foto de una cabeza de vaca despellejada. Sobre la foto se podía leer el lema: "MEAT IS MURDER". Brian era un hombre de principios, un vegetariano.
Mi habitación estaba en el segundo piso. Era genial. Era una buhardilla de techo inclinado, mucho más grande que cualquiera de las habitaciones que había visto hasta entonces. Había una cama, un armario, una estantería y una luz fantástica que entraba por la ventana. Y desde allí podía ver los tejados de todo el barrio.
Brian era músico, tocaba la guitarra, música clásica. Solía ensayar por la noche, pero me dijo que sabía tocar bajito. Me enseñó una foto de una mujer de sensuales labios. Esta es Sally, a veces viene por aquí. No le gustaba mucho el rollo de casero–inquilino, íbamos a ser compañeros de casa. Podía invitar a gente cuando quisiera, y podía hacer fiestas, siempre que le invitara a alguna, claro. Volvió a preguntarme cómo me llamaba.
–Jorge.
Brian se esforzó en pronunciar mi nombre correctamente. Le resultaba muy difícil el sonido de la jota. Primero no podía pronunciarlas, luego las pronunciaba demasiado. Después de varios intentos, llegó a decir un Hjjjorjje bastante aceptable.
Cuando comenzaron las clases, yo estaba más asustado que los pequeños que empezaban con cara de espanto su primer curso en el instituto. Ashfield School era una institución en que la todo estaba regido por miles de reglas. Todas aquellas rutinas y normas absurdas eran imposibles de asimilar en tan poco tiempo. Allí era Mr. Vilagrassa, profesor NQT, mi código era MLRB, daba clase de español, francés y (me acababa de enterar) también de historia a grupos de KS3, KS4 y A Levels. Pasaba lista con un sofisticado aparato llamado BROMCOM, pero me lo olvidaba en todas partes y un día me lo robaron. Era tutor de CHRB, que había sido el grupo de la encargada de los alumnos con "necesidades especiales", por lo que mi tutoría era un cajón de sastre donde había niños con problemas familiares, de comportamiento, niños disléxicos, dislálicos, daltónicos, un niño con tendencias psicópatas, un epiléptico, dos albinos y una niña que no hablaba. Para que los alumnos no se dieran cuenta de mi estado de absoluta confusión, intenté imitar a otros profesores que sí sabían lo que estaban haciendo. Pensé que, con un poco de suerte, me confundirían con uno de ellos. Mi trabajo consistía en reñir a los alumnos si llevaban la camisa fuera del pantalón, la corbata mal puesta, si llegaban tarde a clase, si estaban mascando chicle, si se habían puesto maquillaje o no habían levantado la mano antes de hablar. Una vez a la semana perseguía a fumadores por el patio del colegio. Tenía cinco horas de clase y treinta terroríficos minutos de tutoría al día. Pasaba una media de seis horas al día escribiendo informes, rellenando encuestas, preparando clases y corrigiendo libretas.
Pero mi vida con Brian era divertida.
Un día le pregunté si conocía algún sitio donde pudiera comprar una mesa para mi cuarto. Brian no supo qué decirme. Pero, una tarde, volvió a casa muy contento y me dijo:
–He visto un sitio donde hay una mesa que te podía gustar.
–¿Dónde?
–Al final de la calle.
–¿Hay una tienda allí?
–No, en la calle.
En efecto, al final de la calle, había unos cuantos muebles frente a una casa, entre ellos una mesa vieja. No teníamos ni idea de que hacían allí. Puede que los hubieran puesto en la calle para tirarlos o puede que estuvieran de mudanza.
–¿Te gusta? –me dijo.
–Sí.
–Cógela por ese lado. Si alguien nos dice algo sal corriendo.
Brian se pasó varios días lijando la mesa. Luego la pintó de amarillo con una pintura que tenía por allí. La mesa quedó genial.
Una noche oí a Brian llamándome desde la planta baja. Bajé saltando por las escaleras. En la puerta de la salita había un negro gigantesco; a su lado, Brian parecía una piltrafilla.
–Mira, éste es mi amigo Joe.
Joe giró su enorme cuerpo hacia mí y me despachurró la mano.
–Joe te puede conseguir tabaco muy barato.
–Hey, colega, ¿qué tabaco quieres? –me dijo Joe.
–Pues, tráeme un cartón de Malboro.
–¿Malboro, cabrón? –bramó, escandalizado–. ¡Malboro subvenciona al Frente Nacional! ¡Malboro mata negros!
Estuve a punto de salir corriendo por las escaleras.
–Oh...vaya, no lo sabía. Pues entonces Malboro no. Benson and Hedges.
–¿Benson Hedges? Menuda mierda. ¿Tú fumas esa mierda?
–No sé, Lucky, Lucky Strike. Tráeme un cartón de Lucky.
Joe me miró con desaprobación.
–Muy bien, Lucky. ¿Cuántos cartones?
Ni siquiera me gustaba el Lucky.
Cuando Joe se fue, Brian vio mi cara de susto y empezó a desternillarse de risa.
A Brian le encantada la televisión, en especial los seriales como Eastenders o Emmerdale, era increíble cómo se gritaba aquella gente. Por las noches bebíamos sidra y discutíamos sobre el sistema educativo británico, sobre música, libros y embarazos adolescentes. Me hablaba de gente alucinante que había conocido y yo le contaba el viaje de interrail que había hecho ese verano. Una noche me enseñó a jugar a backgammon, pero no me enteré de nada porque estaba superfumado. Otras veces, cuando ya había bebido bastante, le daba la vena política y podía despotricar durante horas contra el sistema capitalista. A pesar de lo diferentes que éramos (él se definía como un ex hippy; lo más hippy que yo había echo en mi vida era ir a la feria alternativa), habíamos conectado de una forma especial. Puede que en él viera una parte de mí.
Eran las siete menos diez y no encontraba la chaqueta de mi traje por ninguna parte. No tenía tiempo, llegaba tarde, el instituto estaba a sesenta kilómetros de Nottingham y me llevaban en coche. La idea de que se fueran sin mí era algo que me aterraba. Por alguna razón que no entendía, Brian siempre estaba despierto a esas horas, con la tele encendida y por lo general de muy buen humor. Me saludó con un jovial: «¡Buenos días!». Yo estaba histérico. Después de dar mil vueltas por toda la casa, entré en la salita y le pregunté:
–¿Has visto mi chaqueta?
–Sí, es muy bonita –me contestó alegremente.
El humor británico, el arte de tocar los huevos de forma ingeniosa. No puedes ofenderte por un comentario así. Y sólo puedes responder si vas a producir una frase más aguda que la que te han dicho. Aquel juego de ingenio me fascinaba, pero era agotador. Muchas veces no sabías si Brian estaba hablando en serio o siendo sarcástico.
Pero creo que le caía bien. Había tenido una mala experiencia con su anterior inquilina. Me dijo se había ido porque el gobierno le había dado un piso de protección oficial. Pero una noche me habló de ella con rabia:
–¿Sabes cuando fue la última vez que la vi? Estaba tocando la guitarra. Se asomó a la puerta y me dijo: «¡Qué bien suena!». Y se fue, la hija de puta, así, sin más. Y no he vuelto a verla. Todavía estoy esperando que me pague el último mes.
Me pasaba casi todo el fin de semana trabajando en mi habitación. Sin embargo, aquel domingo me había dejado la tarde libre para explorar la ciudad. Quería buscar la filmoteca de la que me habían hablado o, tal vez, ir a una cafetería y escribir alguna carta.
–Espera –me dijo Brian–, creo que Sally también quería dar una vuelta.
Sally era la mujer de la foto. Era una mujer de expresión triste, con el pelo teñido de rubio. Llevaba un vestido negro de algún material sintético. Me llevó a un bar de diseño malo, donde pedimos vino blanco. Ninguno de los dos estaba muy a gusto en la compañía del otro. La conversación era un proceso doloroso. ¿Trabajas? Te despidieron del trabajo. Ah, quieres estudiar... Aromatoterapia. Está muy bien la aromatoterapia. Creo que me voy a llevar muy bien con Brian, es un tío genial. ¿Qué tal era la chica que vivía antes allí? ¿Claire? Muy maja. Pero antes de ella vivía un tío, ése si que era raro. ¿Sabes que estoy casada con Brian? No lo sabía. Sally tenía una hija de dieciséis años que vivía en Londres y no quería verla. ¿La echas de menos? Sí. Un par de vinos después me puse a hablarle de mi familia, de lo que echaba de menos España y del desengaño amoroso que había tenido aquel verano. Hasta entonces no me había dado cuenta de lo mucho que necesitaba hablar.
Brian llevaba un año sin tocar, no me atreví a preguntarle por qué. Pero ahora iba a dar un concierto. Estaba muy ilusionado.
–Paul y yo tocamos en una fiesta la semana que viene –me dijo–. Tienes que venirte.
Paul era el tipo que había vivido antes con él.
Al día siguiente, cuando volví del trabajo Brian estaba enfadado.
–Coño, he quedado con Paul para ensayar y a los cinco minutos me ha dicho que se iba a tomar una cerveza y ahora volvía. Han pasado cuatro horas desde entonces.
Brian, el perro y yo fuimos hacia el Frog & Onion. Por el camino, Brian me estuvo explicando cosas del barrio, dónde podía comprar fish and chips, dónde vendían auténtica comida india. No compres verduras en esta tienda. Vete a ese pub si quieres que te peguen una paliza. Llegó a nuestros oídos una música discordante, provenía del Frog & Onion.
–¿Quién coño estará tocando? –preguntó Brian.
–Suena como un borracho cantando karaoke –bromeé.
Había un negro enorme en el escenario, era Joe. Iba vestido de traje y estaba sudando como una bestia. Aullaba con todas sus fuerzas una canción irreconocible, mientras tocaba furiosamente una guitarra acústica y le daba patadas al suelo. Era un espectáculo alucinante. Joe era una de esas personas que llenan el escenario.
Seguí a Brian hasta la terraza. Allí estaba Paul, tomándose una cerveza con un hombre que llevaba unas gafas enormes. Paul era un tipo guapo, de aspecto agitanado, llevaba un bigote estilo Charles Bronson. Parecía un tío bastante normal.
–¿Aún estás aquí? –le dijo Brian, cabreado.
–Sí –contestó Paul, con una mirada de disculpa.
Los minutos siguientes nadie dijo nada. Y yo pensaba que debería estar en casa preparando las clases del día siguiente. Me estaba poniendo de los nervios.
–He estado viendo a Joe tocar. Lo hace bien –dijo Paul.
–Sí, ¿verdad? Es cojonudo –dije.
Brian se giró hacia mí.
–¡Pero si acabas de decir que parecía un borracho cantando karaoke!
–Ya –dije. Me sentí como un ser hipócrita y sin personalidad.
Pedimos una ronda y el tipo de las gafas empezó a quejarse de la mierda de música que ponían por la radio, las Spice Girls y toda esa bazofia.
–Sí –dijo Brian, lleno de indignación–, ves a gente tocar por allí que no tiene ni puta idea y sabes que tú tocas muchísimo mejor que ellos.
Todos asentimos.
–Pero tienen que triunfar esos mierdas y no tú. Es el puto marketing.
Todos le entendíamos muy bien. Brian apoyó su curvada nariz sobre el borde del vaso y se quedó mirando la mesa con expresión abatida. Y entonces comprendí que si alguna vez Brian podía haber competido con Ricky Martin o Back Street Boys, ese momento ya había pasado.
Brian estaba muy nervioso. Miró varias veces las partituras antes de guardarlas definitivamente en la carpeta. Estaba sufriendo por él, ojalá les saliera bien el concierto. Se había puesto una camisa de terciopelo negro y tenía el pelo engominado. Sally se había puesto cuatro kilos de maquillaje y un vestido negro semitransparente.
La verdad es que yo también me había ilusionado con aquella fiesta. Hasta entonces sólo había salido una noche. Había ido a un pub con un grupo de profesores. Un par de ellos se habían quejado del humo de mi tabaco. Habíamos hablado del colegio, de decoración de interiores y de unas jornadas cristianas a las que había asistido una de las profesoras. Había sido todo tan insípido, tan exasperantemente correcto, que, por momentos, había sentido ganas decir la barbaridad más gorda que se me pasara por la cabeza.
Pero aquella fiesta iba a ser distinta. ¿Cómo sería aquella fiesta? Me imaginaba una casa grande llena de gente extraña, gente de distintas razas, hippies trasnochados como Brian, moteros, gente que hacía teatro, gente de mi edad, gente con piercings y tatuajes, chicas de ojos pintados que cantaban en bandas, chicas rubias de risa fácil y labios brillantes que se morían de ganas de encontrar a un amante latino. Pero la fiesta no iba a ser en absoluto como yo la había soñado.
No pensaba que iba a empezar tan pronto. Brian me llamó a la una y media de la tarde, no me había dado tiempo ni de comer. Había quedado con Paul en el Frog & Onion.
Pero Paul no estaba allí. Apoyado en la barra, había un tío con una pinta totalmente surrealista. Parecía un dibujo animado al que le hubieran pegado un sartenazo en la cara. Brian le saludó y el tipo hizo una pedorreta. Aquel era Tommy. Tommy nos tenía que llevar a la fiesta, pero se perdió varias veces, todas las calles le parecían iguales en ese barrio de pisos de protección oficial.
Eran las dos de la tarde. La visión de la fiesta me golpeó como la imagen de una pesadilla. No había mujeres, no había gente de mi edad, había un montón de viejos moviéndose como pajarracos en una jaula. El ruido era ensordecedor. Un viejo de cara congestionada se abalanzó sobre Brian gritando.
–¡Tienes que probar el vino que hemos traído de Francia!
–¿Dónde está Paul? –preguntó Brian.
En mi mano apareció un vaso de vino. No veía a Brian por ninguna parte. Estaba rodeado de viejos de mejillas encendidas y ojos delirantes, moviéndose descontroladamente, chocando contra mí, dándome golpes. Era una situación irreal. Me sentía incapaz de relacionarme con las personas que había a mi alrededor, que hablaban un idioma incomprensible compuesto de alaridos y risas, y no podía dejar de pensar en los veinte mil exámenes que debería estar corrigiendo aquella tarde.
–¡Hjjjorjje! Te voy a presentar a Lola, también es Hjjespañola.
Brian me agarró del brazo y me llevó al otro lado de la habitación. Había una señora muy sonriente sentada en una silla. Intenté hablar con ella, pero era incapaz de entender lo que me preguntaba. Tenía la mandíbula agarrotada. Escalofríos me recorrían la espalda. ¿Por qué no podía relajarme? ¿Por qué no podía disfrutar de aquella fiesta? Era culpa mía, estaba obsesionado por el trabajo, era incapaz de pasármelo bien, era incapaz de adaptarme a aquel país. Le dije adiós a Lola. Me fui a la cocina a por más vino. Vi a un hombre con una camisa hawaiana. Le pregunté si podía tomar otra copa.
–¡Por supuesto! –me contestó y se apresuró a abrir otra botella. Estaba encantado de que se lo pidiera. Les hacía felices repartir vino. Cuanto más vino les pedías, más te querían.
Con mi segunda copa de vino me sentí algo mejor. Hice un esfuerzo por descifrar lo que sucedía a mi alrededor. Había un grupo de viejos mirando unas fotos descoloridas. Oí que uno decía: «Esto fue en mil novecientos sesenta y cuatro, cuando estábamos en Indonesia». Aquella era una fiesta de contrabandistas. Un tipo llamado Jerry se dirigió a mí, me recordaba físicamente a Popeye el marino.
–¿Eres español? Yo estuve en Galicia. Hacíamos contrabando –Jerry soltó una carcajada–. Fue en el sesenta y –Jerry se rascó la cabeza–... ocho, creo. Sí, en el sesenta y ocho. Me encantó, me encanta España. Yo sé español.
–¿Sí? ¿Sabes español?
–Pregúntame lo que quieras.
–¿Te sabes los días de la semana?
–Sí, sí, sí, sí, sí –Jerry se llevó la mano a la frente para concentrarse–. Lunes... martes... miércoles... viernes... ¡sábado y domingo! ¿Qué te parece?
–¡Muy bien! Pero te has dejado el jueves.
–¡Mierda!
Jerry empezó a decírmelos otra vez. Brian tenía la mirada clavada en la puerta. Sally estaba a su lado sin hablar con nadie, parecía deprimida. Y Paul seguía sin aparecer. Jerry estaba delante de mí, frustrándose cada vez más, ahora ya no se acordaba ni del miércoles y ni del sábado. En aquel momento, me invadió una horrible tristeza. ¿Qué estaba haciendo yo allí? ¿Era ésta la vida que buscaba? ¿Y para qué coño me había venido yo a Inglaterra?
Volví a llenarme la copa de vino. Fui al balcón. Allí estaba Brian, hablando con Lola. Me puse al lado de Brian, pero no me dirigió la mirada.
–El médico le ha dicho a Peter que bajo ningún concepto debería fumar ni beber –decía Lola–. La semana que viene nos dirán los resultados del análisis...
Brian la interrumpió y empezó a hablar de mí como si no estuviera.
–Tienes que conocer a este chico con el que vivo, hhhjjorjjje.
–¡Hola Jorge! –me dijo Lola, con una sonrisa.
–Hhhjjorjjje es jjjjespañol y no tiene ni puta idea de nada. Cree que ha estado en Italia, en Ámsterdam, en Alemania. Pero no se ha enterado de nada. Es medio imbécil. Es un flipao, mi inquilino es un flipao. No tiene ninguna opinión, no tiene ni puta idea de nada. Todo lo que dice es basura.
–Oye Brian. ¿Por qué dices eso? –le dije.
–No habla en serio –dijo Lola, riéndose.
–Sí que habla en serio.
–Pues claro que hablo en serio –dijo Brian, imitando mi acento.
De repente, Brian miró hacia la puerta. Acababa de llegar alguien. Una nube de perfume caro se mezcló con el humo de la habitación. Por un segundo bajó el volumen de los alaridos. La elegancia de aquellas mujeres discordaba horriblemente en aquella fiesta de gente que se desplazaba tambaleándose con la ropa manchada de vino. Una de ellas iba vestida de negro impecable, era bastante mayor e iba maquillada de forma severa. La otra debía tener unos treinta años y llevaba un vestido inverosímil de una tela color crema, satinada, con un precioso estampado de mariposas. Era un vestido tan ingenuo, tan infantil, absolutamente fuera de lugar. Fui a sentarme al lado de aquella chica. Se llamaba Lucy, hablaba como una niñita y no dejaba de sonreír. Aunque, gracias al vino, me sentía algo más locuaz que antes, pronto no supe qué decir y nos quedamos sentados el uno al lado del otro como tontos. Después de una larga pausa le pregunté:
–¿Te gusta la música?
Le gustaba.
–Brian va a tocar con su amigo Paul.
–Oh, maravilloso.
Paul llegó a las cuatro y media. Brian preparó cuidadosamente las sillas y los atriles en el balcón. Pero la gente no dejaba de berrear y de hablar a gritos, las borracheras estaban ahora a su más alto nivel. Alguien pidió silencio, pero nadie le hizo caso. Brian y Paul empezaron a tocar, pero enseguida pararon. No se oía nada. Se volvió a pedir silencio. Brian tenía una sonrisa cínica en la cara. La gente hablaba ahora más bajo. Brian presentó la canción.
–Le dedico esta canción a mi inquilino, Hhhjjorjje, porque es un mierda.
Sonreí nerviosamente. Brian empezó a tocar, mirándome con cara de sátiro y susurrando: «Mierda... mierda... eres un mierda», una y otra vez, hasta que se concentró en la guitarra y dejó de mirarme. Estaba tocando Dream a Little Dream of Me, la chica del vestido de mariposas se puso a tararear la canción en voz baja, pero pronto el ruido de la fiesta impidió que se oyera nada.
Pasé mucho tiempo allí, pero sólo recuerdo fragmentos borrosos de lo que siguió al concierto. Le volví a preguntar a Jerry los días de la semana, creo que se volvió a olvidar del jueves. Recuerdo haber oído al tipo que me había invitado a vino echando pestes contra la mujer del vestido de mariposas. Era una arpía, una hija de puta, un zorrón, la mujer más malvada del mundo. Creo que luego hubo un incendio o algo en el piso de al lado, porque todo el mundo se puso histérico. Recuerdo a Brian y su mujer sentados el uno al lado del otro sin mirarse. Recuerdo a la mujer de las mariposas acercándose tímidamente a Brian y diciéndole:
–Gracias por el concierto, ha sido maravilloso.
Brian la miró, como volviendo de algún lugar lejano. En su cara apareció aquella sonrisa cínica que solía preceder a un insulto. Hubo una pausa, Brian dijo:
–Gracias –con su voz dulce e irónica.
Brian y Sally habían desaparecido. Fui al balcón a despejarme, tenía un dolor de cabeza atroz. Allí estaba Peter, sentado en una silla plácidamente, como un perro tomando el sol. Era el más viejo la fiesta, creo que era el marido de Lola. Peter mostraba un agradable interés por todo lo que le decía. Le daba lentas caladas a un cigarro. Se estaba bien allí. En un momento dado, me señaló el edificio de enfrente. Había una anciana caminando por el jardín con la ayuda de un andador.
–Qué asco ¿verdad? –dijo Peter.
–¿Por qué?
–Es repugnante acabar así. Antes que acabar así, prefiero morirme.
Tommy, Jerry, Paul y yo nos fuimos hacia el Frog & Onion. Por el camino vimos al tipo que odiaba a la mujer del vestido de mariposas corriendo hacia nosotros, moviendo los brazos como un poseso y soltando unos berridos horribles. Se abalanzó sobre Tommy, se abrazó a sus piernas.
–Es tan triste –decía entre sollozos–... no es justo... se está muriendo.. ¡qué putada!
¿De qué narices hablaba aquel hombre? Lo vi babeando y retorciéndose por el suelo. Me irritó enormemente verlo allí haciendo el gilipollas. Paul y Tommy le ayudaron a levantarse. Luego nos lo llevamos al Frog & Onion.
En el pub Jerry estaba la mar de dicharachero, no dejaba de contarme chistes que no entendía. Paul estaba a mi lado. Eran sólo las siete de la tarde, pero sentía nauseas y no podía con mi cuerpo. Sin embargo, antes de irme quería hablar con Paul.
–Paul, tú que conoces a Brian, ¿cómo es vivir con él?
Paul miró a su alrededor antes de decirme en voz baja.
–Un día te contaré algunas cosas sobre Brian.
Después del concierto, Brian se entregó a una extraña tarea que nunca parecía terminar. Se pasaba el día recortando pentagramas y pegándolos en folios. Usaba una cola casera que se hacía con harina y agua. ¿De qué servía recortar las partituras para volver a pegarlas luego otra vez juntas? La salita se llenó de papeles abombados por el agua y la harina, y recortes y libretos musicales y cuencos con aquel pringoso engrudo, que el perro volcaba al pasar. Temía miedo de que la actuación hubiera podido desanimarle, pero no había sido así. Brian estaba eufórico, enfrascado en aquella absurda tarea.
Yo me sentía terriblemente solo. La presencia de Brian me angustiaba. El ambiente de la casa me resultaba asfixiante. El trabajo se me amontonaba y tenía espantosos problemas de disciplina en el colegio. Mi vida era horrible y de mi mente sólo brotaban pensamientos oscuros. El estado de mi habitación no era muy distinto del de la salita: había libretas, papeles y basura repartidos por todo el suelo.
Pero un día volví a casa y noté algo que me escamó. Olía a limpio. La salita estaba vacía. Alguien había guardado todas las partituras en bolsas y había quitado la alfombra y las fundas de los sillones. En la cocina me encontré a Sally.
–Brian no está aquí.
–¿Y dónde está?
–Va a estar tres meses ingresado en un centro. Es alcohólico y maníaco depresivo.
–¿Sí? –dije, perplejo.
Sally me miró con cara de circunstancias.
–Me ha dicho que puedes seguir viviendo aquí.
–Creo que voy a buscarme otra casa –no sé por qué estaba temblando.
–Ya, Claire también se fue. Estaba aquí la última vez que se intentó suicidar. Lo ha intentado siete veces en los últimos dos años. Tú no lo sabes, ha sido muy duro. Hacía tiempo que no estaba tan bien como la temporada que has vivido en su casa. Creo que eres la persona más normal que ha pasado por aquí. Porque, joder, Paul, ese si que está tarao, es esquizofrénico perdido.
No sabía qué decir. Se oía al perro jadeando en la cocina.
–Cuando conocí a Brian me pareció un tío encantador –comenté tontamente.
–A veces lo es –dijo Sally con tristeza.
–Me encantaba hablar con él.
–Yo me enamoré de su voz –dijo Sally, pero luego su expresión se volvió agria–. ¿Sabes? La noche de bodas me prohibió vivir con él.
Empecé a comprar periódicos y a visitar casas.
Brian duró dos días en el centro. Estaba absolutamente jovial. Era una alegría contagiosa. Nos partimos de risa viendo un capítulo de Coronation Street. Luego, desde el segundo piso, lo oí cantar, con el St Peper's de los Beatles a todo volumen.
Brian volvió a la tarea de recortar partituras. Parecía que todo volvía a la normalidad, pero la noche siguiente desapareció de nuevo. Según me contó Sally, había salido a las tres de la mañana y se había ido a Londres en autostop para hacerse de los Hare Krisna.
Yo continuaba buscando casa.
Dos días después, Brian regresó. Estaba aún más eufórico que la primera vez. Había colgado tapices con imágenes de dioses hindúes por las paredes. Había cocinado una lasaña vegetal y me quería invitar a cenar. Cuando bajé de mi cuarto Brian estaba hablando por teléfono a gritos.
–¡Así que piensas que soy un gilipollas! ¿Verdad? ¡Me he ido del centro porque era una mierda! ¿Sabes que es lo primero que hicieron cuando llegamos? Nos pusieron un vídeo sobre el alcoholismo. ¿Se creen que van a ayudarme poniéndome un puto vídeo?
Más tarde le oí hablar maravillas de un chico español que estaba viviendo en su casa.
Tenía miedo de cómo pudiera reaccionar. Me bebí nerviosamente varios vasos de sidra antes de decírselo.
–Brian, me voy.
–Ah, muy bien –me dijo con indiferencia.
Nos quedamos callados mirando la tele. En un momento dado me dijo:
–Te echaré de menos.
Y luego se puso a criticar el barrio al que me iba a vivir; me dijo que estaba lleno de putas.
Tiene algo de repugnante que el hecho de que alguien tenga problemas sea lo que te decida a alejarte de él. Pero ahora parecía todo tan obvio. ¿En qué había estado pensando cuando entré a vivir con él? ¿Qué me había atraído de Brian? ¿Y qué me había hecho pensar que estábamos en la misma onda? Sospechaba que tenía más en común con él de lo que estaba dispuesto a admitir. Y esa idea me resultaba verdaderamente turbadora.
Me mudé a una casa donde no me dejaban fumar. Mi jefe de departamento me ayudó a llevar las cosas en su coche. Pero, por despiste, también me llevé la llave que me había dejado Brian.
Un viernes por la noche volví a Forrest Fields. Llamé a casa de Brian, nadie contestó. Abrí la puerta para dejar la llave y escribirle una nota. Sally estaba asomada a la entrada.
–Qué susto me has dado.
–¿Está Brian?
–No, está en el centro, en una de esas reuniones de los harekrisnas. Me pidió que fuera con él, pero no he podido aguantarlo más y me he ido. ¡Me han hecho cubrirme la cabeza para entrar! ¿Te lo puedes creer? Son gente muy rara, tío. No podía aguantarlo, era horrible, estaban todos allí cantando "Hare Krisna" y tocando los platillitos.
Me imaginé a la pobre Sally rodeada de harekrisnas. La situación era tan triste y tan grotesca que me entró la risa. Por suerte ella también le vio la gracia.
Le prometí que me pasaría algún día a visitarles, pero nunca volví a pisar aquella casa. No volví a ver a Brian, ni a sus amigos alcohólicos, ni a su perro, ni volví a ver a Sally y nunca me llegó el cartón de Lucky que había pedido.
Empezaba una nueva vida.
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