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Inicio / Cuenteros Locales / alipuso / El Camarada Santa

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EL CAMARADA SANTA


No pudo evitarlo.
Al descubrir ese inaudito Santa Claus a través de sus diminutos lentes, prendiéndose y apagándose a mitad del Caribe, jaló, intrigado, determinante, de las riendas de sus renos, virando el trineo hacia aquella extraña isla; la cual, a pesar de su tamaño, no había contemplado incluirla en viajes anteriores; de hecho durante el descenso llegó a pensar que nunca en su vida había estado ahí. –Lo que no imaginaba en esos momentos era que jamás retornaría a ella.
Decidió tocar tierra a cierta distancia del enorme monigote, aureolado por esa eterna leyenda multicolor: “¡Feliz Navidad!”, dantesca, titilando más que simples parpadeos, dándole un toque macabro al embuste de su sonrisa, detrás de la larga reja que hasta la fecha enmarca a la embajada de los Estados Unidos.
Sus renos jadeantes, hambrientos por el prolongado viaje y el drástico cambio climático desde el Polo Norte, arrancaron con desenfado buena parte del pasto de la banqueta, turnándose para saciar su sed en algún charco de agua fresca.
De pronto, aún sobre el trineo, sobándose las rodillas, la espalda destrozada, Santa, experto en eso de intuiciones, sintió que algo le subía por la columna hasta su gorro de arlequín, al advertir el caminar pausado, seguro de sí mismo, de alguien aproximándose detrás de él.
–¡Ya era hora de que llegaras, viejo de mierda!
Era Fidel, pistola en mano, obligando sin recato ni contemplación a bajar del trineo al simpático gordo; exigiéndole caminar hasta el enrejado, ante la mirada contemplativa de los renos que se alejaban con parsimonia en busca de más pasto, más agua; entre el brillo encantador de todos esos regalos, esperando destino en el mundo entero.
En vano intentó Santa hacerle entender a Fidel –bueno, si el Papa habla siete lenguas, imaginemos cuántos idiomas, dialectos y hasta antiguos romances dominará nuestro personaje– que apenas tenía tiempo de sacar ese larguísimo rollo de anotaciones para comprobar su itinerario; así como el nombre del nativo que lo había invocado, obligándolo a bajar, a modificar sus planes en ese insólito paraíso; llegando hasta él el cercano murmullo de la marea, así como un sutil olor a encierro, matizado por el majestuoso aroma de La Habana.
A cambio, recibió empellones y cachazos por parte de Fidel en sus descomunales lonjas, de un tono rojizo decadente, fajadas con ese vistoso cinturón negro:
–¡Bríncate la verja! –gritó escueto Fidel–. ¡Y ya, cállate de una buena vez!
Luego de más de cinco risibles intentos, al fin Santa logró, entre su jadeante rezo, treparse en lo alto de los barrotes, pero cayó de nalgas del otro lado sin mayor consecuencia, salvo su grito lastimero, mezclado con las carcajadas de Fidel. Los turistas, entre el sigilo de sus autos, los ignoraron por completo, al igual que los lugareños en letargo.
Fidel le aventó a Santa, a través de la reja, unas enormes tijeras de acero con mango de madera:
–¡Ya, deja de quejarte! ¡Corta los cables! ¡No quiero ver ninguna lucecita en este móndrigo lugar! –refiriéndose al fantoche muñeco de tres metros de alto y la leyenda de Felices Pascuas que Fidel gritó sarcástico con ese acento tan especial.
Son las mismas tijeras que usara tantas veces la gente del Ché Guevara para consumar asaltos durante la Revolución; y que desde hace tres décadas Fidel guardó celoso, esperando el deseado momento de su venganza.
Por otra parte, desde el interior de la embajada logró filtrarse un mirar atónito que no se decidía entre pedir auxilio o un autógrafo a Santa. Los demás gringos también se encontraban ebrios y brindaban vociferando banalidades, sin discurrir ninguno de ellos que habían olvidado electrificar la cerca.
Era la primera vez que Santa experimentaba miedo de verdad. Quizás una memorable huelga de sus duendes durante la prohibición de alcohol en Norteamérica, a principios del siglo XX –ese año, Santa no pudo surtirlos como acostumbra hacerlo hasta la fecha–, o los vestigios de un huracán extemporáneo por efectos del Niño; pero nunca antes había enfrentado una situación de tal angustia. Con todo lo anterior reflejado en su mente, se vio en la necesidad a obedecer a Fidel; sudaba como si estuviera en el sauna, con las tijeras temblando entre sus blanquísimos guantes manchados de barro, hasta encontrar los famosos cables enredados detrás de su propia imagen caricaturesca; transformando finalmente el carnaval de la embajada en parcial oscuridad. Los estadounidenses en guardia nocturna, con gorritos de cartón en sus cabezas, parecían tomarle fotos –aumentando la evidencia–, a la vez que arrojaban serpentinas sobre Santa, invitándolo a la fiesta.
Fidel sonreía encantado, complacido, pistola en mano, a la vez que malabareaba una linterna eléctrica. Los gringos ebrios, al ver que Santa se alejaba, dispuesto a trepar de nuevo por la reja, comenzaron a maldecirlo y alcanzaron a estrellar una botella de whisky barato en su bota derecha.
Santa Claus fue deportado en secreto por carecer de pasaporte e introducir mercancías ilegales. Sus renos, bajo custodia, después del decomiso se enviaron a Matanzas: en una semana aprendieron el oficio de jalar de una yunta; no tendrán que volver a tirar nunca del vejete, buscando su alimento bajo el hielo. ¡Dichosos renos en pleno Trópico!
Los regalos se convirtieron de inmediato en donación –excepto dos de ellos–, por parte del Partido Comunista, a los hoteles, como una noble causa para la más placentera estancia de visitantes en La Habana.
La excusa que dio Bush la tarde del 25 de diciembre del 2004, en el Disney Channel, retransmitida varias veces al día, hasta el Año Nuevo, fue ésta:
“Niños del (primer) mundo: Papá Noé, gran defensor de la paz, al igual que yo, por primera ocasión en su fantástica labor, sabiendo la falta de cariño y de juguetes que tienen los niños iraquíes, así como los del sureste asiático –víctimas del terrorismo, del maremoto–, telefoneó para informarme que este año ha decidido donar todo su cargamento de espléndidos obsequios en esas tierras. ¡Dios bendiga América! –con los ojos humedecidos–. ¡Dios bendiga al querido Papá Noé! ¡Te extrañamos, amigo mío! ¡Regresa pronto!”
Segundos le bastaron a Bush para secarse esos lacónicos lagrimones de sus mejillas, al despedirse:
“¡Ya vendrán más navidades, hijos míos! ¡Ya retornará nuestro amado Noé!” –dándose ese aire de torpeza que lo orilla a mostrar, apenas, el fino cable oculto detrás de su oreja.
Todo sucedió tan rápido que CNN no tuvo tiempo de censurar por completo las imágenes en su edición: bastaba tomar el control de la tele para evidenciar la gran mentira.
Mientras el Disney Channel retornaba por primera vez a su programación habitual, millones de niños con gran desilusión, sobre todo de Estados Unidos y Europa, revelaban a sus padres, con profunda molestia, que el tal Noé suele acostarse, lo mismo, con Blanca Nieves o con la esposa de Homero Simpson, entre otras personalidades del Internet.
Fidel descolgó su teléfono privado al tiempo que regocijaba su vista con ese flamante Cadillac 2005, de treinta centímetros de longitud, el cual incluye, hasta la fecha, control remoto en la dirección, reversa, luces y hasta puertas delanteras; abollado un poco de tanto chocarlo contra la pata de su escritorio, los gruesos muros y hasta una escopeta que termina por dispararse sola, abriendo un boquete en el techo.
–¡Ché! –grita Fidel–. ¡Ja! ¡Perdiste la apuesta! –suelta el control del juguete para empuñar la barba blanca de Santa.

Llorando inconsolable, Bush se mete por enésima vez a su baño privado. El regalo que Santa traía para él acaba de estallar muy lejos de su destino.
Un avión calienta motores muy cerca de Camp David…


Texto agregado el 21-01-2005, y leído por 157 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2006-08-02 22:48:19 Jaaaaaaaaa, que buen cuento Alipuso, bueno, bueno, exquisito !! Me imaginé toíto, Fidel jugando con el viejo ... jaaaaa, el discurso de Bush, jajaja "Niños del primer mundo", mirando a todo el resto de la humanidad por encima del hombro. Ojalá inventemos algo mucho más mejorado que ese viejo bueno de rojo, para las navidades de Aniv. la-negra- chilena
2005-12-28 18:51:45 santa fue siempre carlos marx, yo lo sé y por eso escribo cartas cortitas pidiendo que alguien empiece. loselefantessoncontagiosos
2005-02-01 01:52:59 Es excelente! Me has hecho ver el mundo como una opereta de dos centavos... A Cuba como una republiqueta atendida por sus propios dueños. A Bush como el ventajero político que lamentablemente es... A Papa Noel, como la demostración viviente que un gigantón de roja nariz y roja vestimenta no necesariamente es adalid del comunismo si no más bien del capitalismo... Y muchas otras revelaciones e imágenes que iban surgiendo a medida que leía. EXCELENTE, lo repito. orlandoteran< /a>
2005-01-22 13:23:22 Bueno , ja , ja, realmente. Sobre el maremoto, bueno,a sí de tontos somos por acá. Campeador
 
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