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Inicio / Cuenteros Locales / Tonificante / Aetalag

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La conocí en Atsu Guara Seac lanzando cada día una botella a las aguas del Orbe. Yo soy Etna Cifi Not, navegante. Distribuyo mercancías de Atsu Guara Seac hacia poblaciones más al este o al revés, importo mercancías marítimas río arriba hasta la ciudad.
Cada tarde al arribar a puerto una chica, Aetalag, está en lo más alto del puente. Su tez altiva, erguida sobre un cuello bien arropado. Guantes de piel sostienen una botella. Cuando el último barco ha atracado al puerto ella, sin dejar de mirar al infinito, deja caer su botella al río y, cuando la ve desaparecer, se va, como una sombra entre la niebla. Cada día, a la misma hora.
Una tarde soleada me atreví a realizar un plan que hacía tiempo que me rondaba en la cabeza: tirarme al río para recoger la botella. Como cada tarde Aetalag soltó la botella y al cabo de unos minutos la vi pasar y, sin pensarlo dos veces, salté hacia ella. Una vez en tierra, en la misma orilla abrí la botella que tapaba un pedazo de corcho. Del interior de la botella saqué un trozo de pergamino escrito con mucho esmero con la tinta habitual. Leí su contenido y me asombré. No estaba habituado a leer más que tratados comerciales y otros documentos establecidos para el comercio. Eso era... nuevo, mágico, estimulante, fantástico.
Era una narración que llamé novela puesto que en navegación hay un instrumento, la "manivela", que sirve para desplegar lo que se conecta a ella mediante una cuerda y, ese pedazo de papel escrito con tinta, aquella tarde, me desplegó la mente!

****

Dicen que los salmones son capaces de nadar contracorriente, río arriba, para ir a morir en el sitio exacto donde nacieron. No todos lo consiguen. A veces eso significa salvar cascadas de más de dos metros y lo logran sin escatimar esfuerzos.
Cada dia remontaba el río con mi embarcación para llegar a la hora exacta y ser el primero en leer el texto de la chica. Solía transcribirlo por la noche, guardarlo en un bagul y, al dia siguiente dejar que la botella siguiera su destino para que otros destinatarios tuvieran la misma suerte. Aetalag me llenaba noches y días de sueños magníficos y así fueron pasando días, semanas y meses sin que ningún día dejara de acercarme al río de piedra para contemplar la mirada perdida de Aetalag y el inefable momento en que la botella impactaba con el agua del río.
Esa mirada perdida le decía tantas cosas… estaría tan sola… Quizá no tenía a nadie y esa era una manera de entretener las horas muertas en su casa atrapada por el inmutable silencio. No sentía compasión sinó respeto. Las historias de la chica le hacían fantasear, había un mundo paralelo donde todo era posible y no había reglas, convenciones sociales, bien ni mal. Las lecturas le sumían en tal estado de placer que un enorme deseo de agradecimiento le poseía y… enseguida se daba cuenta que no… que una cosa era la fantasía y otra la realidad. Los textos no le pertenecían a él y la autora no reclamaba respuesta ni intercambio alguno. Debía respetar su libertad. Sin embargo su corazón era de la misma pasta del instinto de los salmones y venció todas sus resistencias para avanzar río arriba hasta el puente.
Quería conocerla. . Sabía muchas cosas de ella que ahora no le servirían de nada. Como el puente no era el rincón donde soñaba cada noche tampoco sus fantasías se harían paso en forma de frases y diálogos con ella. Se sentía bloqueado, impedido y cojo al no poder usar la fuerza y habilidad de su imaginación para interaccionar con ella y tener que salir del paso con torpes palabras que no serían oídas por venir de un desconocido. Valdría la pena el riesgo? Quizá después de su encuentro ya no enviaría más mensajes o cambiaría de río o de puente.

***


Aetalag no se asustó al leer el mensaje. En la primera ocasión que tuvo le escribió un mensaje a su atrevido lector facilitándole su dirección y así fue como se siguieron carteando con más comodidad aunque no dejó de entregar botellas al río. Basaban su relación en la confianza. No buscaban nada en el otro que no fuera compartir sentimientos, pensamientos y experiencias que les inquietaban, les apetecía compartir,… Para ella era importante conocer de primera mano las sensaciones de lo que escribía sobre su fiel amigo. Para él era un constante descubrir y descubrirse. Fruto de sus experiencias anteriores le planteó su deseo para su relación de amistad: Para mí el más grande tesoro que hay en el mundo es la amistad. Es lo único que realmente nos pertenece puesto la vida nos ha sido dada y todo lo que tenemos se nos puede ir sin previo aviso en la primera riada. La amistad no. Si algún ideal tengo, si alguna utopía creo posible se trata de la amistad… “ese espacio donde cabe la espontaneidad, el respeto, la alegría más pura de vivir, de vivir a fondo, de experimentar y sobretodo ese espacio en el que entre los dos se crea un clima de complicidad y sinceridad difíciles de encontrar”.
Pronto desearía verte, vale más media hora de encuentro físico entre dos personas que cientos de cartas… Hacemos más caso a la opinión directa de un conocido que las reflexiones de terceras personas en un libro. Las palabras se las suele llevar el viento, tarde o temprano, los hechos pesan más.
Por carta nos damos una imagen no del todo real... Tu sabes seducir al lector con esa sensibilidad y con esas palabras que tienen esa magia que te une a él, espiritualmente hablando… Supongo que fue ésta carga espiritual que me conecto a ti...
Pronto quiero poner a prueba mi ideal de amistad. No se trata de un estado intermedio antes del “algo más”. No es algo menos que el amor y algo más que el ser conocidos. Los amigos se tienen el uno al otro como “el niño y la niña que, perdidos en el bosque se agarran de la mano para reconfortarse y buscar una salida común”. Es ese compartir, ese poner la vida en común mi ideal de amistad querida Aetalag.

***

Era tal y como la recordaba. Altiva, cada uno de los átomos de su cuerpo procuraba estar lo más estirado y derecho posible. Fuerte, su porte digno, semblante serio. Rostro bien proporcionado: frente ancha, pómulos altos y labios carnosos. Su recogido no dejaba ningún cabello al azar, lo protegía con una prenda negra. Su mirada era directa, la proyectaban dos enormes ojos oscuros. Su nariz no destacaba, sólo era un relieve más de su pálida tez que se levantaba sobre un cuello arropado por unas ropas de terciopelo rojo que culminaban con un favorecedor cuello blanco ondulado.

Balbuceé un saludo, le besé la mano y aguanté la mirada de abajo a arriba cuando me incorporé.

-Tenía que conocerte. Aunque hasta ahora sólo te haya leído y observado de lejos, quería saber algo más de ti, en persona. Eres la dama de la niebla, del misterio. Apareces y desapareces de ella para ir al puente y, siempre a la misma hora, tirar una botella mensajera mientras tu mirada se pierde en algún lugar delante de ti.

-Buff… estoy agotada, una carga muy pesada me oprime. Conocerte ha sido para mi una liberación. Los mensajes en el río no tenían como objeto encontrarte. Los escribía y los sigo escribiendo por otro motivo. La hora concreta en la que realizo los envíos también, todo tiene una explicación, otra cosa es que te la de ahora. De todos modos compartiré mi pesar y mi infinita tristeza contigo. Esa tristeza es la que me acompañaba cada tarde cuando me has visto.

Anduvimos por el paseo que acompaña al río y me fue contando entresijos de su pasado.

El Amor Arrebatado centra mi vida. Sólo me he enamorado una vez. Eso no significa que me cierre por completo a nada. Sólo siento que algo irrecuperable “se fue, se perdió por ese camino del que nunca vuelve, se alejó y desapareció para siempre. Por ahí se fue mi Amor”. Durante años lo tuvieron encarcelado, preso, privado de toda libertad. Estaba muy al norte, donde los barcos quedan encallados en el mar y los días duran meses. Él fue preso de guerra pero durante una revisión, por error fue confundido por otro preso que se fugó en su lugar. Ese cambio de identidades fue terrible, le supuso pasar un total de cinco años en la cárcel más fría e hinóspita del continente. No se me escaparon las noticias sobre él y la “vida” en la cárcel, un maldito día me enteré que le ejecutaban. Asistí. Eran las siete en punto de la tarde cuando un gritó ahogado finó su vida y enterró la mía. Sólo así, escribiendo cada día a la misma hora consigo alejar un poquito más la soga del error, la fatalidad, la injusticia y la infinita tristeza.

***

Nos dirigimos a un local, atravesando el barrio antiguo, entre callejuelas, donde servían infusiones. Nos sentamos. La tenía más cerca que nunca pero, sin embargo, la sensación era extraña. Ahora la podía ver bien, pocos centímetros nos separaban, sin embargo, ah! Ya se! Era esa mirada… Removía lentamente el te, con una cuchara, pero lo hacía distraídamente mientras miraba a la calle. Quizá lo hacía a menudo, se perdía sobrevolando su realidad para encontrarse en algún lugar del Norte con su amado.
Cuando regresó, empezamos a charlar sin muchas ganas. Los silencios abundaban, la distancia era mucha. Para romper el hielo no sobrepasamos los tres o cuatro temas habituales entre desconocidos. Cuando se conoce a alguien epistolarmente, desde los sentimientos, las profundidades del alma hay un conocimiento ineludible para hacer completa la relación, para seguir avanzando. Sólo cuando se produce el encuentro personal se puede seguir conociendo a la persona sin perderse en una navegación a la deriva. Ya no podía seguir más tiempo ascendiendo por el río sin llegar a SU puente de piedra, sin reunirme con ella. Tarde o temprano teníamos que encontrarnos de verdad. Así fue.
Me sugirió ir a visitar un poco la ciudad. Ese día no escriviría nada, dijo. Me tenía a mi hoy, no se tenía todos los días algo que hacer fuera de pensar en una cuarta dimensión paralela a su realidad. De hecho vivía encerrada en su pasado. Le era una carga afrontar el presente.
La tarde pasó volando. Templos, esculturas, arte romano… Hasta que me llevó a unas danzas cerca del puente, en la plaza, antiguo foro romano. Eran las siete de la tarde cuando sonaron las campanas.
De inmediato le agarré la mano, estaba temblando, la sostuve, la abracé y al notar un peso muerto en mis brazos, la llevé hasta encontrar un sitio adecuado donde dejarla descansar. Un leve mareo, susto. Se tomó un dulce y escuchamos la música. Pronto empezó a seguir el ritmo con los pies y, de pronto, empezo a bailar. Yo intentaba dejarme llevar pero al seguir sus pasos me perdía, un desastre. Luego en un baile en círculos con toda la plaza me fui animando y al final terminé bailando mejor de lo que pensaba, hasta no lo hice tan mal.
Llegó la noche, sobre la ciudad se cernía la niebla que todo lo envolvía y enmarañaba. Llegué, sin saber muy bien cómo a mi habitación. Estaba todo a oscuras, rocé la puerta con mis manos para cerrarla y, ahhh! Me he pinchado con un trozo de madera suelta, ah, debe ser ese clavo mal clavado. Me tumbé en la cama y…
Al día siguiente tomé el barco río abajo. Me había olvidado de todo. Parecía no saber distinguir los paisajes entre la neblina matinal como difusos eran los pensamientos que rodeaban a Aetalag. Partimos, soltamos amarras. Parecían sueños… algo enterrado en algún lugar recóndito de la memória pero, ah! Recordé que me dolía el dedo cuando toqué un remo. Sí, Aetalag, la dama de la niebla había estado conmigo. Me tumbé y, allí atrás me pareció ver una figura encima del puente blandiendo un pañuelo.

Texto agregado el 22-01-2005, y leído por 18 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2005-05-19 00:59:48 Mmmm curioso viaje, curiosa dama y misterioso el final que a ambos los aguardó mi_ mundo_paralelo_y_yo
 
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