Una noche, en un lugar donde oraciones, alabanzas y cánticos flotaban en el espacio semivacío de aquel momento, llamaron a las puertas de mi mente las preguntas de un pasado casi olvidado, lo que negaba existió.
Mirando aquel infante rondando, profanando aquel espacio. El corría, el reía. ¡Oh! cómo deseé en ese momento ser como aquel, entregarme a la vida sin miedo, sin las capas de temor; vivir aquel instante olvidando el pasado, sin pensar en el futuro.
Me pregunté por que, ¿Por qué no me gustaban los niños? ¿Por qué?... la diáfana mirada de la inocencia respondió con un mensaje directo, mejor que palabras pronunciadas caló en mi interior. Aquel acero muy dentro de mí cedió a la fuerza de las llamas de la verdad.
Siempre tuve miedo, sí; de ser como ellos, que viven en su propio mundo, en campos libres de discordias, envidias, odio… miedo de entregarme a la vida y ser feliz; envidia al verlos sonreír sin razón aparente, al verlos disfrutar, correr, gritar, llorar, caer y reír a la vez; envidia de ellos porque no tenían miedo a caer, envidia porque yo tengo temor al riesgo y ellos no, porque se levantan llorando para luego borrar las lágrimas con una tierna expresión de felicidad olvidando lo sucedido, porque ellos a pesar de su corta edad saben vivir mejor que nosotros, porque ellos de alguna manera nos enseñan lo bueno de este mundo, porque sin ellos no tenemos almas, porque sin ellos no estamos vivos.
En una taciturna noche de enero, rodeado de cantos y oraciones, sentado yo en una banca, un niño me mostró porque el sonríe y yo no.
Managua, 20 de enero de 2005
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