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Inicio / Cuenteros Locales / evalix / Propiedad Privada

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:8135]

Durante la noche estuvo merodeando por aquella avenida. Miraba su reloj a cada instante con expresión nerviosa. Eran las siete de la mañana, le faltaba una hora y media para la ejecución del plan. Dentro de un bolsillo de la chaqueta la pistola y en el otro, un poco de adrenalina. El sudor en su frente que no bañaba sus intenciones perniciosas.
Manos que no temblaban de miedo sino de valor.

El plan no era novedoso, pero tendría eficacia. Él estaba dispuesto a ejecutarlo, a costa de lo que fuera. Atendería el momento oportuno, con paciencia, minuto a minuto, una eternidad. Esperaría al dueño o un empleado de la joyería, las piedras fundamentales de su obra. Un suplicio eterno.
Después, ellos abrirían el palco escénico: la puerta del negocio, sin que las alarmas que tañesen. De trajes de horror se vestirán cuando apuntados con la pistola le darán el botín.

«Será muy fácil», se dijo convencido. Caminaba de un lado para otro de las aceras, invertiendo el tiempo. Un golpe nada más, uno solo, y se sentiría libre de la presión, de la situación en que se encontraba inmerso. Sus nervios ya estaban fuera de control: la frente como un Niágara y en la boca sentía la saliva tan espesa que no le alcanzaba para humedecer sus labios.
Llegó el momento.
Empuñó el arma y se acercó a la primera victima.
—¡... por favor, no me haga daño...se lo suplico! —repuso el hombrecillo de la joyería.
—¿Dónde está el efectivo?, ¡los billetes te digo! —mientras empujaba a su émulo contra la caja de seguridad. El hombre, nerviosamente, abrió la caja que contienía el dinero en efectivo, e inmediatamente subió las manos por detrás de la cabeza en señal de rendinción.
El joven atracador los tomó apresuradamente de la caja y los metió en una bolsa, con el hierro del arma, golpeó en la cabeza al hombre indefenso y salió velozmente.
En el umbral de la puerta de la calle, tropiezó con una joven, a la que dio un empujón y la tumbó en el suelo. Sin sentir dolor ni conmoción, la joven se levantó y se lanzó al auxilio de la alarma.
Era la empleada del joyero, valiente y servil, que estaba llegando en ese preciso instante al trabajo. Y socorrer a su jefe no era una hazaña, era también, el goce de un prestigio que le garantizaría su empleo, y quizás, sería una excelente coartada para su defensa en la jefatura de policía; en caso de levantar sospechas. Su patrón, sin verguenza se muestraba tirado en el suelo, desconcertado, el brillo de los artificios de su arrogancia, fueron robados por un golpe a su dignidad y a la actividad comercial.

Dos policías dentro de una patrulla se encontraban aparcados no muy lejos de allí, cuando escucharon la alarma y se pusieron en guardia. Y como dignos representantes de la ley: armas en mano que le donan valor y coraje, justo lo que se necesita para enfrentar el mal.
Uno de ellos vio atravesar la calle al infractor. Fue la oportunidad de disipar el fuego contra un objetivo ya evaporado. Detonaciones al aire, que infunden terror angustioso en los transeuntes de esa hora de la mañana, pero no al malviviente que va en huída.
Los guardianes de la ley comenzaron a perseguirlo. Una carrera contra el tiempo y la habilidad. Uno lo hizo corriendo y el otro echó a andar en el autopatrulla. El joven ladronzuelo para escapar de sus perseguidores saltó un muro de una propiedad y luego una pared y otra más, sin saber hacia dónde lo conducirían este laberinto, como el de sus sueños equivocados, tras el brillo efímero del dinero fácil. En su corazón reían las hienas del mal.

El policía lo seguía sin tregua y como en el hipódromo se podría apostar, no sobre quien sería el ganador de la contienda de velocidad, sino sobre quien perdería las fuerzas antes. El final sería: un cazador sin virtud o una preda suelta.
El joven maleante, con enorme fatiga, no advertía un lugar para ocultarse y detener la carrera que le estaba robando sus estrategias y sus objetivos. Pero en seguida vio un portón de hierro y lo trepó de un salto. Esto lo condujo dentro de un parque zoológico. Allí, agazapado y con el corazón que lo amenazaba con salirsele por la boca, se detuvo.
Miró a su alrededor y no vio a nadie, sólo jaulas con animales; por fortuna a esa hora el parque estaba cerrado al público. Continuó sigiloso, arrastrándose entre las jaulas, buscando un sitio más seguro. Pasó cerca de las jaulas de los papagayos y éstos comenzaron a gritar y cantar como si se tratase de un espectador del parque. Amedrentado por el desorden de las aves, siguió adelante. Fue hasta donde estaban los primates. Había una especie de nicho e imaginó que allí, podría esconderse, pero un candado se lo impidió: «¡Maldición!».
Exasperado, miró en torno, sentía voces a lo lejos, parecía que las aves alertaron con su rumor a los vigilantes del parque.
Decidió entonces, deslizarse a la siguiente guarida y se introdujo en ella, justo por un costado de un animal grande y maloliente. «¡Oh, no!»
Especulando que, si este animal fuese un oso pardo sería para él, el final, pero la verdad es que si lo atrapase la policía...

La suerte estaba echada.
Se trataba de un gorila de metro y medio de altura, quien se enfadó por ser invadido en su propiedad privada.Y embestido por el feroz animal, disparó.

Texto agregado el 16-07-2003, y leído por 124 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2005-04-23 06:13:22 ...A modo de sketch cinematográfico, nos llevas de la mano de la acción en una peripecia singular y original, que nos mantiene atentos hasta el final... Aunque me dejaste intrigado: ¿cómo acabó la historia? GRACIAS A TI: LeeTamargo.- luistamargo
2003-08-13 14:37:50 Buen Relato. La cronología de la acción está muy bien lograda. Felicidades hache
2003-08-01 03:25:48 Gracias muerte...y menos mal...que te gustò sino que puedo esperar...jaja la muerte intelectual..jaja evalix
2003-07-31 12:08:46 Tienes expresiones muy acertadas, como aquélla de 2en un bolsillo guarda la pistola, en el otro un poco de adrenalina", me impresionó...me hizo seguir el relato. Buena trama y lo inevitable...un desenlace atroz. Mis estrellas.Patricia. muerte
 
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