El aroma pútrido ronda el ambiente girando cual calidoscopio en su hacer de figuras ilegibles; creando una atmósfera asfixiante llena de sudoraciones, los suaves gemido se incrustan en las paredes, esas paredes de ladrillo bruto, sin recubrimiento, que han sido testigo de todos los acontecimientos nocturnos, que se convierten en fiel vigía de los tórridos amores que José y Rebeca profesan.
Para José lejos quedan las responsabilidades del trabajo, la ardua obligación de hacer más rico al rico y más poderoso al poderoso, todos esos quehaceres se esfuman al mirar el terso cuerpo de la amada, al observar aquella mirada abnegada que sufre sin un reproche.
Los juegos comienzan, los roídos ropajes descienden rápidamente por los cuerpos, se deslizan como preámbulo al acto sublime, cada sensación de satisfacción recorre aquellas figuras, el mundo gira con su impávida rutina, día, noche, vida, muerte, ayer, mañana, pero en aquel camastro el goce transforma cada imperfección de esta obra divina en un júbilo total, en un éxtasis continuo en una suave percepción de la hipnosis sublime.
Imágenes, recuerdos, evocaciones, placer y mas placer, palabras suaves, palabras rudas acompañan este ancestral ritual.
El tiempo transcurre, penetraciones armoniosas crean una válvula de escape, el punto al máximo de emociones desenfrenadas, esta antigua serpiente asciende por los cuerpos, Rebeca disfruta, José intenta crear un ambiente donde ella se realice, proporcionándole lo que nadie mas puede darle, comprensión y entrega total.
Explosión, plenitud, final y el punto en el círculo del tiempo retorna a su origen, se descubre nuevamente el olor fétido y desagradable, se divisan otra vez todos los errores.
En ese momento José, el hijo, producto de una situación similar, anterior pero al mismo tiempo idéntica comienza a llorar.Adiós a los placeres, a los gemidos, al rito necesario entre parejas, retornemos al mundo donde todo ello acaba. |