LA GATA EN EL LAGO
Ella prefiere los conciertos de piano a la sinfónica. Una velada de violín con gato incluido en la galería, siempre será mejor que la butaca en la última fila de alfombra roída. En cambio, la flauta y las cuerdas suelen evocarle aquella fría bodega donde nació, donde aprendiera a saltar, jugando entre cajas, empedrados de cartón y el moho del caño, en el teatro.
–De ser posible, la próxima vez que sea sin aplausos, por favor. ¡Ah!, y con un grillo de fondo –parece aconsejarle a veces la gata al personal de montaje, al mejor estilo de Garfield; mientras los hombres colocan sillas para la filarmónica, acomodando el piano del concertista, o terminan de armar la escenografía al acercarse la temporada de ópera; entretanto ella permanece sigilosa, curioseando tras bastidores que desde hace casi tres años tan bien logran camuflarla; a excepción de sus dos hermosos ojos azules.
Le apetece lo sencillo a pesar de haber disfrutado tantos andantes, coros, cantatas. Odia la ovación, el formalismo. Si pudiera, habría abucheado y hasta un arañazo en el tobillo quiso darle a más de un ridículo poeta santurrón la semana pasada, con toda esa falsedad de aplausos que hacían recordar la sabia frase: todo famoso no merece pasar a la posteridad.
Sabe que esta noche la gozará al aire libre; no sólo por su celo, sobre todo porque hasta el pasillo de la sala luce abarrotado –le parecen aberrantes las personas cuando les da por conglomerarse en su espacio, hasta convertirlo en mercado de zapatillas, perfume, risita tintineante, espionaje y asesinos potenciales–.
“Se ven tan ridículos…” –piensa, de alguna manera; retocándose el pelaje con la lengua para lucir hermosa en su noche de debut.
Nadie se da cuenta de su huida, escabulléndose por un pasadizo de la sección de camerinos, para luego trepar por un atajo que la conduce a la libertad.
La luna la acaricia, al igual que el primer movimiento del recital que logra filtrarse por el atajo hasta la azotea, a manera de espléndido murmullo e insustituible terapia para experimentar su plenitud. Y la plenitud, esta velada, tiene nombre, se llama Félix, el brioso gato del viejo Jaime, el zapatero, negro como el confín del horizonte; olfatea el blanco terciopelo que lo obligara a dar saltos de suicida entre las solanas, guiado únicamente por los faroles y el aroma de ella, la gata del teatro, quien sale extasiada debajo de una tina, entre ladrillos y un baúl que seguramente perteneció a cierto conquistador español; escuchando el inicio de la parte que más disfruta de El Lago de los Cisnes –hacía más de un año que no se les ocurría programarla–; refunfuñando a mitad del tejado, pavoneándose seductora ante Félix, con toda la delicia de fino arrebato en círculos perfectos que en ocasiones parecen convertirse en espiral que asciende, motivada por la música exquisita.
Félix no tarda en sentirse cohibido ante semejante exhibición de plenitud femenina; seducción sin remedio esta noche despejada que permite, al gran reflector estelar, colmarla de gracia y orgullo en su ballet.
El gato no tiene otra alternativa que echarse al lado de las elegantes patas de esa tina despostillada; intuitivo, hechizado, al asecho, sin perder detalle de la gata levantando la cabeza al cielo con sus párpados corridos; en espera de ser poseída por el violín y las cuerdas del piano.
“¡Piano!” –ronronea con tierna mímica esa cadencia al andar pausada; retorna sobre la danza y la cola que desenvaina en lo alto; persuadiendo a Félix sus garras sin mácula, esos brillantes ojos ahora esmeralda; entre la penumbra que lo invitan a desear, a maullarla, mientras Tchaikowski la aprisiona para sí y para siempre; transformando su música en efigie, reflejo de lo que parece ser una oración.
Al viejo Jaime le dan ganas de levantarse del camastro para aventar uno de sus zapatos con remiendo al par de intransigentes que, además de despertarlo, le ponen los nervios de punta; pero ni él ni Félix, rebosante al lado de su amada, cambiarían esta pequeña ciudad por ninguna otra. Noches tibias de provincia donde la gente acostumbra salir a dar la vuelta de la mano de su pareja, mientras los chiquillos juegan en los jardines; envuelto todo en burbujas que se elevan, sin importar nada más; a menos que estalle el maullido salvaje de una bailarina en brama, olvidándose del piano y del último grillo silente ante su placer; opacando por completo los vivas y aplausos en la sala de concierto.
Fugaz, exclusivo espacio de la dama y su lago.
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