LA GATA EN EL LAGO
Ella prefiere los conciertos de piano a las sinfónicas. Una velada de violín con gato incluido en la galería siempre será mejor que aquella butaca en la última fila de alfombras roídas. En cambio, la flauta y las cuerdas suelen evocarle aquella fría bodega donde nació y aprendiera a saltar y jugar entre cajas, empedrados de cartón y las enmohecidas tuberías del teatro.
-De ser posible, la próxima vez que sea sin aplausos, por favor. ¡Ah!, y con grillos de fondo –parece aconsejarle a veces la gata al personal de montaje al mejor estilo de Garfield; mientras los hombres colocan las sillas para los instrumentistas o acomodan el piano del concertista o arman la escenografía al acercarse la temporada de ópera; entretanto ella permanece sigilosa, curiosa tras los bastidores que desde hace dos años tan bien logran camuflajearla; a excepción de sus dos hermosos ojos azules.
Le apetece lo sencillo a pesar de haber disfrutado tantos andantes, coros y cantatas. Odia las ovaciones y los formalismos. Si pudiera habría abucheado y hasta arañado los tobillos de aquellos ridículos poetas santurrones la semana pasada, con esos falsos aplausos que hacían recordar aquella sabia frase: “todo famoso no merece pasar a la posteridad”.
Algo le dice que esta noche la gozará al aire libre; no solo por su celo, sobre todo porque hasta los pasillos de la sala lucen abarrotados –le resultan aberrantes las personas cuando les da por conglomerarse en su espacio al grado de convertirlo en mercado de zapatillas, perfumes, risillas tintineantes, espionajes y asesinos en potencia.
“Se ven tan ridículos…” –piensa, de alguna manera; retocándose el pelaje con la lengua para lucir hermosa en su noche de debut.
Nadie se da cuenta de su huida sigilosa, escabulléndose por los pasillos de la sección de camerinos para luego trepar por un atajo que la conduce a la libertad.
La luna la acaricia al igual que los dos primeros movimientos del concierto que logran filtrarse por el atajo hasta la azotea a manera de espléndido murmullo e insustituible terapia para experimentar su plenitud. Y la plenitud esta velada tiene nombre, se llama Félix, el brioso gato del viejo Jaime, el zapatero, negro como el confín del horizonte; olfatea el blanco terciopelo que lo obligara a dar saltos suicidas entre las solanas, guiado únicamente por los faroles y el aroma de ella, la gata del teatro, quien sale extasiada debajo de una tina apilada entre ladrillos y un baúl que seguramente perteneció a algún conquistador español; escuchando el inicio de la parte que más disfruta de El Lago de los Cisnes –hacía más de un año que no se les ocurría programarla-; refunfuñando a mitad del tejado, pavoneándose seductora frente a Félix con toda esa delicia de finos movimientos en círculos perfectos que por momentos parecen convertirse en espirales ascendentes motivados por la música exquisita.
Félix no tarda en sentirse cohibido ante semejante exhibición de plenitud femenina; seducido sin remedio esta noche despejada que permite al gran reflector estelar colmar de gracia a la orgullosa estrella del ballet.
El gato no tiene otra alternativa que echarse al lado de las coquetas patas de esa tina despostillada; intuitivo, hechizado, al asecho, sin perder detalle de la gata levantando la cabeza al cielo con sus párpados corridos; en espera ser poseída por aquellos violines y las cuerdas del piano.
“¡Piano!” –ronronea con un gesto delicado esa cadencia al andar pausada; retorna sobre la danza y la cola desenvainada en lo alto; persuadiendo a Félix sus garras inmaculadas, esos brillantísimos ojos ahora esmeralda; entre la penumbra que lo invitan a desearla, a maullarla mientras Tchaikowski la aprisiona para sí y para siempre; transformando su música en efigies, reflejos de lo que parece ser una oración.
Al viejo Jaime le dan ganas de levantarse de la cama para aventar uno de esos gastados zapatos remendados al par de gatos intransigentes que además de despertarlo le ponen los nervios de punta; pero ni él ni Félix, rebosante al lado de su amada, cambiarían esta pequeña ciudad por ninguna otra. Noches provincianas de verano donde la gente acostumbra salir a dar la vuelta de la mano de su pareja mientras los chiquillos juegan libres en los jardines; envueltos todos en burbujas que se elevan ligeras sin importar nada más; a menos que estalle el maullido salvaje de una bailarina en brama, olvidándose del piano y los grillos silentes ante su placer; opacando por completo los vivas y aplausos en la sala de conciertos.
Fugaz, exclusivo espacio de la dama y su lago.
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