La absurda sociedad en la que vivía semejaba tanto la estancia en una pocilga, se mezclaban inaudibles palabras con el sonido vivo y ferviente de los cerdos, las manos de ella apretaban fuertemente la reja, el sudor empapaba el viejo hierro forjado y los sueños no podían traspasar ese muro divisorio de el tétrico mundo real y del putrefacto ambiente de su hogar.
Los penetrantes aromas se apaciguaban por los copos de nieve virgen que lentamente descendían de la estratosfera, en la pared un pequeño Cristo, vulgar, lloraba y por aquellas polvorientas mejillas se escurrían gotas de sal, cada uno de los niños mugrientos que se relacionaban por la misma sangre disputaban un trozo de pan y un pedazo de sueño.
Años atrás Mónica añoraba su espacio de privacidad, su santuario, el lugar donde reinara y tomara sus propias decisiones, fue muy pronto cuando ella accedió al placer pasajero, evocaba un embarazo que la pudiera llevar al matrimonio, ese matrimonio que la condujera al poblado más lejano y después de esa noche todo parecía consumarse. Pero el tiempo y el destino que a nadie perdona no dudaron en darle vuelta a sus anhelos y jugar la tan común broma de eliminar las esperanzas, de mostrar la verdadera cara de los hechos.
Fueron golpes, vejaciones, engaños, sufrimientos y mas y más atributos de tragedia los que rodeaban su vida, Carlos terminó por dejarla, los hijos perdían aquel enorme bulto a quien se dirigían como padre, aquella pobre abnegada escapó por la falsa puerta, la droga, para enfrentar la realidad.
Los pequeños no dejan de comer, aquel impulso repugnante pero también tan natural de madre le impedían abandonarlos, buscó una nueva forma de obtener la piel del diablo, el dinero.
El oficio más antiguo del mundo ronroneaba por su oído, y fue su primera elección, y mientras los hijos ríen en la pieza contigua, ella vende su cuerpo y entierra las uñas en aquella verja olvidada.
|