AVISO: Este relato es distinto a otros que he colgado.... Este tiene un claro destinatario y un motivo igual de transparente...
Le gustaba escribir. Siempre lo había hecho. Era su pasión: los cuentos le llenaban de vida. Nunca fue reconocido por los que le rodeaban, nunca le consideraron un adonis de la palabra escrita. Sus historias eran buenas, horriblemente realistas, tanto que llegaban a arañar el alma. Dolían. Te mostraban verdades muy crudas de la forma más directa. Hablaba con el corazón y apuntaba con sus dardos directamente a la razón de quien le leía. Claro, eso incomodaba a quien paseaba por sus textos: nunca es agradable oír la verdad tan clara. Pero era la mejor forma de hacerlo, la única: sin adornos literarios que embozaran la moraleja de sus cuentos.
Nunca fue reconocido. Ni si quiera tratado con un mínimo respeto. ¡Claro que esa historia la has oído antes, claro que te suena! Porque sus ficciones estaban basadas en realidades, como las de todos…! Cervantes siempre tuvo algo de Quijote, o conoció a alguien similar y contó su historia… Lee la “historia de Campanilla”, apuesto el cuello a que te suena… ¡Nos ha jodido, igual que te suena la de una chica anoréxica!
Pero él nunca fue reconocido por sus historias… Trabajó y luchó por mejorarlas, por superar las críticas destructivas de los que se suponía debían ayudarle a tener confianza en sus escritos y en sus sueños…
Pero nunca fue reconocido.
¿Qué por qué hablo de él en pasado? Porque “entre todos lo mataron” (¿os suena esa frase?). No a él como persona, gracias al Cielo… Pero terminaron con sus ánimos, asesinaron su ilusión y al escritor que llevaba dentro… Le condujeron al suicidio literario… ¿Y por qué? Porque nunca fue reconocido como merecía serlo.
Kasi que no kiero ver cómo desaparece un buen compañero…
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