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Inicio / Cuenteros Locales / katya / La Primera Vez de Martín

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La primera vez que Martín le hizo el amor a Liz, también fue su primera vez. Estaban en el cuarto de él, viendo televisión, como tantas otras veces. Liz intentaba sopreponerse a su cuarto bostezo, pero el cansancio la venció, se echó boca abajo y se quedó dormida. Martín jugó con el control remoto, esperando –inútilmente- encontrar algo interesante en los 99 canales del cable. Recordó –una vez más- por qué le dicen caja boba a la tele. Suspiró aburrido. Se estiró distraídamente y sus manos rozaron las manos de Liz, que no se inmutó. Martín la observó. Sus labios formaban una ese sobre las sábanas. En realidad, todo su cuerpo convergía en una ese (y no porque tuviera escoliosis). Se había echado con una pierna más arriba que la otra. Los brazos largos, estirados al frente, abrazaban un cojín inexistente. Miró la línea de su espalda, la cintura, el buzo enfundado como un guante, los pies redondos (parecen humitas, pensó), vestidos con medias con dibujos de imposibles mariposas iridiscentes. Qué hermosa eres cuando estás callada, cuándo no puedes defenderte de mí. Si supieras qué estoy pensando, te despertarías. Me dan ganas de escribir con tinta china en tu poto desnudo. No sé por qué con tinta china... quizás porque dura mucho tiempo sin ser indeleble. Si estuvieras calata, te besaría despacio, te seduciría hasta que te despiertes. Te lamería. A medida que su mente elucubraba ansiedades y tensionaba músculos, la tocaba suavemente. De arriba abajo y visceversa. Liz no se daba por enterada, dormía pesadamente, sí, pero su cuerpo respondía con inhalaciones entrecortadas, olas de fuego en el bajo vientre, piel de gallina, dedos contraídos. Se debatía entre el frío y el calor. La conciencia le dictaba que hablara de una vez, que dijera no, Martín, todavía no, pero su cuerpo decía que sí, por favor, sí, también me muero de ganas. Martín se arrodilló a sus pies. En un arranque de osadía, se sacó el polo y le quitó el buzo. Se quedó en blanco cuando confirmó que su poto era perfectamente redondo. Le sorprendió el hilo dental (ah, verdad que le parecen más cómodos). Había formado un rompecabezas de su cuerpo cuando se frotaban, pero no sabía que era tan rica. Esa es la primera palabra que le vino a la cabeza cuando la vio así. La quería morder todita. Rozó sus piernas con su pecho. No pensaba llegar más lejos. Ahorita se voltea y me manda a la mierda. Pero Liz no se volteaba. Estaba encantada y totalmente despierta. Sus piernas comenzaron a moverse arriba y abajo, ya suspiraba de placer, pero no abría los ojos. No quería abrirlos para que su vergüenza fuera menor, para que la magia no se fuera, para sentirse adulta. Martín se detuvo. Se echó en el quiebre de su espalda. Aspiró. Olía a Liz. Liz recordó que Los Pitufos le llamaban a esa parte el huesito de la felicidad. Martín pensó: esto debe sentir una hormiga cuando descansa en el borde de una pera (sonrió al imaginar a la hormiga pintando frases de amor con tinta china en la pera). Le movió el calzón hacia los lados, alternando con presiones en las caderas. Liz gemía. Martín quería reventar, sus dedos empapados, le quería besar ahí abajo, le quería preguntar a Liz si la podía besar...ahí...abajo, pero no quería hablar, para que la magia no se fuera, para sentirse adulto. Tomó aire. Dejó atrás el nerviosismo, la sensación de que estaba siendo torpe y le sacó el calzón y lo apoyó en el piso. Se arrodilló una vez más a su lado, le acarició la espalda, llegó al poto, le abrió las nalgas (nuevo suspiro de Liz) y la besó, ahí, abajo. Luego no sabía si darle besos o lamerla y alternó ambos. Olía bien. Sus amigos le decían que las chicas, allí abajo, huelen a pescado, a conserva de atún. Pero Liz olía bien. Su sabor era extraño. En la lengua amargo, en la garganta dulce. Liz se volteó, echó la cabeza para atrás e hizo algo que no planeó hacer, que nunca había pensado que podía hacer. Tomó la cabeza de Martín entre sus manos y la empezó a mover en círculos. Él se sorprendió, pensó que ella ya había hecho eso antes, pero se dio cuenta de que él también se movía como si supiera lo que estaba haciendo. Se relajó, se dijo que no iba a pensar en nada, se dejó guiar y siguió el ritmo que Liz imponía. Le dolía la nariz de tanto apretar la cara contra su vagina. Entonces se dio cuenta de que ese era su momento. El momento de entrar en ella. Siguió lamiéndola y besándola ahí abajo, alejándose apenas para bajarse con una mano el pantalón hasta las rodillas. Ven, le dijo Liz. Ven Martín. Martín fue. Subió hasta que se besaron. Liz lamió su cara, probó sus propios jugos y le metió luego la lengua a la boca, una y otra vez (Liz tenía ese tipo de lenguas que se heredan de uno de los padres y que se pueden voltear y doblar a voluntad). Martín se llevó una mano al pene. Liz le cogió esa mano y ambos la dirigieron hacia la vagina. Lento, por favor, lento. No te preocupes amor, tranquila. Te amo. Yo también Liz. Martín empujó lentamente y fue entrando, de a pocos. Le daba piquitos en la cara. Le respiraba en la oreja. Ya, ya, tranquila. Me duele amor. A mí también. Así. Lentito, amor. Tranquila. Sí amor. ¿Me sientes?. Te siento amor. Se movieron juntos. Así, lentito amor. ¿Qué sientes? Caliente. Sí. Te amo. Te amo bebé. Martín sintió que le quemaba la espalda. Que se iba a romper, que algo en él se quebraba. Arremetió frenéticamente. Me voy a venir. Vente bebé, vente. Lo abrazó fuerte. Le pellizcó la espalda sudorosa. Le mordisqueó el cuello. Liz, no tengo... no tengo condón. No importa, vente, vente.

Luego del amor, se quedaron dormidos abrazados. Liz se despertó primero. Sonrió al ver una mancha roja sobre el edredón. Así que así era, así que por esto paga la gente. Manipuló la costra blanquecina adherida a su entrepierna, ritual que siguió con mucho cuidado. Estaba segura de que cada pedazo que limpiaba era una parte de Martín. No supo por qué, pero le vino a la mente la imagen de Scarlett O´Hara. Ella también tenía que hacer un juramento. Alzó el puño y prometió, sobre esa cama, que nunca, nunca, nunca lo haría por detrás. - Hay dos cosas que nunca nadie tendrá de mí: ni mi dignidad, ni mi poto. Luego se vistió. Entró al baño del cuarto de Martín. Suspiró aliviada al escuchar cómo caía la orina a la taza – Es cierto, después de hacer el amor dan ganas de orinar.

Texto agregado el 01-02-2005, y leído por 285 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2005-11-12 00:59:56 con primer ay tercera persona al escribir me da la impresion que es autobiografico. lee mi cuento una noche de brujas, te felicito muy bien hilvanado, erotico y verdadero. espero tus comentarios eleaerrete
2005-11-09 22:09:08 Buen relato, narración fluida, manejas muy bien el humor y lo serio en el relato. Mis**** Isamar
2005-06-15 18:47:30 Es una muy buena narración, haces buen uso de la primera y tercera persona, eso es muy complicado y sin embargo tu texto fluye facilmente. alcestes
2005-03-14 15:29:32 me gusta el modo en que relatas..."aquel momento"... Mezcla de inocencia...y de eso de querer sentirse adulto... misterioso
2005-02-24 17:38:12 Así empieza la juventud.Y son los momentos inolvidables de una vida. Siempre hay una primera vez, menos mal! Abrazos y sigue escribiendo que lo haces muy bien. Mena
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