La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - CalideJacobacci - 'El llamador'


El llamador



El llamador


El Ñato era llamador del ferrocarril.
Esto antes, cuando por el pueblo pasaba un tren de pasajeros por día, ida y vuelta de Buenos Aires a Bariloche, y varios cargas, y la trocha salía también casi todos los días.
Era llamador de los maquinistas, él iba a las colonias de los empleados a avisarles que tenían que salir a trabajar, que estaba entrando el grande, el que venía de Constitución a horario, o que salía “la angosta” es decir la trochita, para Cerro Mesa.
Y sí, los maquinistas no tenían teléfono y las calles no estaban asfaltadas como ahora, pero el Ñato tenía una bicicleta espectacular y la cuidaba más que a la hermana.
Y a cualquier hora lo podías ver pedalear en el ripio su bicicletón, con la gorrita azul ferroviaria de visera negra metida hasta las orejas, encarar el viento como un quijote patagonico.

Ahora se queda solo en alguna mesita del Club y no dice nada, puede estar horas así.
Callado.
Callado, mirando por la ventana, o acerca la silla a alguna mesa, la da vuelta y se sienta con los brazos apoyados en el respaldo, a ver como juegan al rumy sin que le salga una sola palabra.
Acepta algún cinzano, que toma a pequeños tragos espaciados.

- Que habrán hecho con los vagones – dice el Ñato, hablando solo -, y con las máquinas?

- ¿Mira que había?

- Cuando pasabas por los andenes de la estación no podías ver el otro lado del pueblo, por la cantidad de vagones que había en la playa de maniobras.


- ¡Ahora es un desierto, ni los galpones quedaron..!


Y vuelve a sus silencios y se toma un traguito, y los ojos le quedan como preguntando.
Algún parroquiano cuando termina de orejear los naipes y levanta la vista del juego, desde una mesa lo mira. Y el Ñato le hace esa señal de “no sé”, elevando los hombros y sacando un poco para afuera un carnoso labio inferior.
Y se pasa la mano por los ojos, apretándolos.

Si le preguntan:

- ¿Que te pasa Ñato?

- Nada,
dice.

Y es como si adentro le nadara algo.

A él lo habían hecho peronista en la estación.
Los ferroviarios viejos, orgullosos de laburar en la empresa que el General le nacionalizó a los ingleses, eran peronchos. Salvo algún radical escaso, que hablaba de Yrigoyen.
Y lo hicieron peronista de chico, apenas comenzó a trabajar. Acá somos todos compañeros, le decian.

A veces los pibes que juegan al metegol le gritan como cómplices de un ritual.

- ¡Dale Ñato, cantáte la marcha!

Y el Ñato arrancaba con la marchita.
No la sabe toda, pero cuando los convites de cinzanos se suman se llega a parar arriba de la silla, para levantar la voz lo más que puede, y decir:

- Perón, Perón que grande sós...!

Hasta que alguno de las mesas de timba lo mira con cara de culo, y le dice, parala un poquito, y con la palma de la mano le hace como que baje.
Y el Ñato baja, y se sienta y continua con los ojos fijos en la ventana.

Ahora sigue atropellando las calles con la misma bicicleta, ya no se parece tanto al quijote.
Le creció la panza, y le cuesta bastante pedalear en contra del viento. Está medio pelado. Y la bici tampoco es la misma, a pesar de cómo la cuida.

- A todos esos habría que meterlos en cana – dice -, a los que se robaron todo el ferrocarril de a pedazos.

- ¿Alguno sabe donde están los vagones del Roca - pregunta -, quien se quedó con las pilas de rieles, quien agarró la guita de la fundición de todo eso?

- ¡Decí que yo soy un ignorante
– agrega -, y nadie me va a hacer caso, pero tendrían que estar en cana...!

Y sale del Club, se pone el broche en la bocamanga del pantalón para que no se lo muerda la cadena cuando pasa por la corona. Se sube a la bici y antes de salir mira para adentro como buscando algo perdido.
Y después si, se va pedaleando despacio, ahora cada día pedalea más despacio.
Y en su recorrido pasa por las colonias donde el iba a llamar a los maquinistas, y le da pena el abandono. Los paredones que se caen, los alambrados que ya tiró el viento.
Y cruza el ferrocarril, y sueña que esquiva vagones, charcos de petróleo, que escucha el ruido de las maquinas en los talleres, las boleterías abiertas con gente amontonada en las ventanillas, o camiones atracados que bajan mercadería.
Se imagina y sonríe, y pedalea con más ganas.
Y cuando pasa sobre las vías del grande, mira para el lado de Bariloche. Por instinto.
Por las dudas que venga el tren.

(2005)


Texto de CalideJacobacci agregado el 01-02-2005.
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