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Inicio / Cuenteros Locales / alipuso / Fantasmas en Rehabilitación

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FANTASMAS EN REHABILITACIÓN

I

Daniel tiene mucha práctica en eso de colocar su bicicleta al revés, apoyándola sobre el manubrio y la salpicadera, para luego sentarse en la tierra seca, echando a andar su imaginación.
Esa sucia llanta de goma se transforma en el fantástico volante del autobús de primera clase que tan bien sabe manejar en el andén 31, junto a los Expresos de Oriente, presionando con su zapato desatado el acelerador –el manubrio–, no sin antes meter reversa, al desatorar los pedales, mientras su ceño se frunce; pendiente como el que más del espejo; gira pausado la llanta de goma al igual que lo hace su padre al partir hacia la frontera, imitando con voz infantil ese mágico “rrrrr… rrrrr… rrrrr” del motor que termina de calentarse para finalmente meter primera en el pedal, perfilando su salida en los andenes.
–¡Rrrrrrrr! –cambia de velocidad–. ¡RRRRRRRR! –se acomoda sobre el asiento, al tiempo que saluda con el claxon a un colega que se prepara a salir hacia Monterrey.
Los más de cuarenta pasajeros, bajo su cuidado, confían en la vasta experiencia de Daniel; ante las dieciocho horas del viaje que les espera para llegar a Puerto Vallarta; con ese fascinante aroma de las vestiduras, perfecta mezcla ante el sutil vibrar de la carrocería recorriendo cada avenida de la ciudad de México; mientras el chofer voltea hacia esa bola de pelos que es Yino, su perro que duerme plácido a pleno sol de la tarde. Los autos en el crucero aguardan a que la luz cambie a verde.
La parvada de gorriones disfruta su algarabía al saborear las granadas en el árbol; tan rojas como la luz que al fin se apaga en el semáforo:
–¡Rrrrrrrr! –mete segunda–. ¡RRRRRRRR! –sujeta con fuerza el volante, algo rebelde, sin perder de vista la cinta en el asfalto y ese botín de bebé que cuelga del retrovisor interno, como singular amuleto de su hermana, nacida meses atrás.

Daniel tiene un sueño: atinar algún día con su resortera a la hélice de uno de esos aviones panzudos, de color verde profundo, que osan sobrevolarlo al acercarse desde el campo militar de Santa Lucía. Y es que no le parece que el ruido de su motor sea más potente al del autobús marca Sultana, de papá.
El chico ha visto al Pato Lucas derribar la avioneta de Elmer con una catapulta; desde entonces vive convencido de echar a tierra al menos a un aeroplano fantoche.
Frecuentemente, Yino, el holgazán, es interrumpido en su placentero sueño ante los ataques suicidas de Daniel; lo mismo como rehén dentro de un saco de lona o huyendo al estilo del Correcaminos, mientras el Coyote termina aplastado bajo una piedra marca Acme.
Daniel siempre se las ingenia para librar la masacre, dando como resultado una tremenda disputa entre ambos, lo que deriva en uno que otro mordisco por parte de Yino, sin consecuencia mayor; pero sobre todo en una gran amistad de moretones y pantalón roto.
Eso de estirar al máximo las ligas de la resortera no es cosa fácil; sobre todo cuando la piedra retorna anexando al expediente un cristalazo; sin contar otra nalgada por parte de su madre.
Inolvidable fue la tarde en que una ambulancia cargó con la viuda Carmela. Daniel se trepó en uno de los brazos del granado, sin sospechar nadie que el arma homicida pendía sobre la cabeza de los curiosos.
Por fortuna Carmela regresó al barrio, días después, para seguir con su eterna costumbre de sacarle brillo a su pequeña acera; sin faltar la ocasión en que la vieja tuvo que limpiar la nariz de Daniel ante la terrible hemorragia, luego de que el niño se rompiera la boca con todo y bicicleta, afuera de su casa.

II

Los que nunca se van de su tierra, nunca vuelven.
Daniel se fue. Se fue porque el sueño al pie de aquel árbol eran muy grande para dejarlo inconcluso.
Se fue sin saber que Pedro, “pata de palo”, cavó la fosa de Yino en un rincón del jardín.
Daniel se fue; es por esto que ha logrado regresar; aun cuando todos se han ido ya, vivos o muertos.
El granado está débil, tan cansado que las aves lo presienten; fatigoso de tanto dar que ya no da más que la sombra de sus brazos sin fruto; otrora cómplice de hazañas y una que otra epopeya infantil.
Llega el momento en que se diluye la diferencia entre los recuerdos y la imaginación; para lograr este punto, se necesita entrever la niñez en idéntica intensidad con la que solíamos recrear nuestra dudosa inocencia.
–¿Y estas muletas? –susurra a sí mismo Daniel. Intenta coordinar los años que poco a poco cobran vida al toparse con el vetusto radio de bulbos de papá, moldeado en cedro, con uno que otro detalle, obra de los ratones.
Ahora recuerda. La radionovela mantenía en vilo a la ciudad entera. Mamá tampoco perdía detalle de ella ni del trapo empapado en alcohol, al curar la herida de su hijo; para luego obligarlo, contra la voluntad del chico, a persignarse ante el crucifijo que ahora relumbra infinidad de telas de araña, velos ondeando su mutismo ante ese viento ligero que sigue entrando por la ventana. La misma ventana donde Daniel se atrincheraba cuando la señora Jose hacía su triunfal llegada con esa espeluznante jeringa de cristal, dentro de un ataúd metálico, dispuesta a “cortarle el resfriado al chamaco” con un espantoso pinchazo en sus nalgas.

En ocasiones, el subconsciente se rinde ante la simple añoranza.
El gerente de seguros, don Daniel, tan apreciado por sus colegas de trabajo, allá, en la frontera; lo mismo por su familia y ese discreto círculo social, con el que de vez en cuando comparte una copa de vino, habría tenido que recorrer los siete cielos para recordar el cenicero de latón de papá: Tome Cerveza Dos Equis. La Mejor de México.
Y debajo de la radio, un atado enorme de periódicos con los que el padre se quedaba dormido en la sala, mientras su esposa le retiraba las gafas.
¡Vaya!, el desarmador para cambiar los tapones del switch y un pantalón acampanado; seguramente de Mario, su hermano mayor.
Don Daniel sonríe como el soldado que recibe noticias de casa: ¡el arma homicida de Carmela!; la vieja que a las siete de la mañana ya estaba dispuesta a llenar de escobazos a quien osara pasar sobre su banqueta llena de jabón. La resortera aún permanece escondida, evadiendo la ley, sin imaginar que la fechoría ha prescrito; al igual que la pala de Pedro y ¡la bici!, paciente por más de tres lustros, esperando su retorno, con el manubrio torcido como volteando a ver a su dueño; reprochándole el óxido de su moldura alguna vez plateada y ese polvo tenebroso que le muestra su inmovilidad de años.
La euforia que sintió Edison, al darle vida a cualquiera de sus inventos, podría compararse a aquella tarde en que el niño travieso descubrió que, colocando una caja vacía de avena entre la llanta y la salpicadera, el rodar de la bicicleta, por las calles del barrio, provocaba un inaudito ¡RRRRRRRR! al rozar la caja con el dibujo neumático, siendo más potente el rugido mientras más aceleraba; hasta imitar el sonido de los Transportes del Norte. La caja vacía terminaba hecha añicos entre las llantas de la motocicleta de Horacio, aquel hippie amigo de su hermano.

Pero ya pasan las cuatro de la tarde. El notario espera por don David en su despacho, para protocolizar el contrato.
Hasta los restos de Yino se irán entre el escombro; pero vamos, si el perro perezoso no fue capaz de despertar cuando Daniel chocó cerca de San Luis, es posible que tampoco le moleste ser removido de su última morada.
Por un segundo al señor Daniel le pasa en la mente cargar con la bicicleta, llevársela a Tijuana con el fin de que su hijo pequeño vaya aprendiendo a manejar; pero reconoce que ahora Play Station posee una clase muy especial de derechos sobre la fantasía infantil.
Al salir a la calle le resulta imposible acordarse si aquel edificio de ocho pisos ocupa, en parte, el espacio de la casa de Roberto, el niño que más canicas le ganaba cuando jugaban todos al lado del hormiguero. Lo que en verdad le entristece es ver el geranio y el jazmín que daban vida a la casa de Carmela, convertidos en un Seven-Eleven tapizado de precios y ofertas.

¡Claro!, ¡un último intento con la resortera! antes de partir para siempre; a pesar de este maldito tráfico que opaca en gran medida el sonido de las turbinas del jet que sobrevuela la ciudad; convirtiendo su antiguo barrio en una moderna colonia en pujante progreso.
Don Daniel se prepara con todo y panza, la corbata floja. Se arremanga, se desfaja la camisa blanca, escogiendo una de las pocas piedras que ve al filo de su banqueta.
Dispara como siempre, a media calle; aprieta el ojo izquierdo en el momento en que el ala del jet refleja en un chispazo al sol de la tarde. Los automovilistas enfurecen al instante, gritando a Daniel mil maldiciones por el simple hecho de rescatarlos de su rutina.
Una joven madre pasa en ese momento con su hijo pequeño de la mano, cubriéndole los ojos al niño ante el espectáculo perverso de Daniel. Otro grupo de acorbatados se mofan del tipo.
Indiferente a las miradas, don Daniel regresa a la banqueta, tantea su portafolio; sin quitar la vista de encima al jet que se aleja presuntuoso; esperando el cristalazo que al fin haga temblar de emoción el expediente.



Ésta ya no es su ciudad, su barrio. Todo y todos se han marchado; pero ahora nada ni nadie retornará; ni siquiera la última piedra.
–¿Agua o refresco? –le pregunta a don Daniel una hermosa edecán, antes de abordar.
–Agua…
–¿Galletas o lunch?
–Lunch, por favor –responde el niño; clavando su mirada en el fantástico volante negro del autobús.
Ese rozar de la llanta de goma entre sus manos lo abstraen, mientras el espejo retrovisor le indica que tiene paso libre. Mete reversa con el pedal; pisa el manubrio, virando a la derecha… ¡Todo se mueve!
Los gorriones hacen su escándalo en el granado; Yino le ladra a través de la reja a Pedro; no tanto por la podadora de césped que carga en la espalda, más bien por las muletas que siempre ha usado, como si fueran un par de fantasmas en rehabilitación.

Don Daniel duerme en el asiento 24, con rumbo a Tijuana. Sueña, desea que la última piedra nunca haya retornado a tierra.



Texto agregado el 11-02-2005, y leído por 327 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2006-09-10 03:00:56 Guau, que bello cuento, se me revolvieron los personajes intentando dar con los conocidos, Yino cómo no reconocerlo, Daniel.... intentando dar con la resortera a los aviones... quizás su descendencia.. un día... la-negra- chilena
2005-05-11 00:17:22 Cuando los recuerdos se agolpan en forma de "esos locos bajitos" (como dice Serrat) en bicicleta y con resortera, destapan la caja de olores más intensos.-- Precioso cuento. entrelineas
2005-02-11 08:23:17 Es precioso. Por momentos tu jardin y mi patio se confundian y tu perro con el mio. Pude ver a ese niño jugando y me inspiro mucha ternura y nostalgia. Realmente precioso. Gracias moniquita
 
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