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Inicio / Cuenteros Locales / jorval / Las joyas de Tampico

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Jorge V*, alias “El Loco”, marino retirado que había incursionado en la pesca del pez espada o albacora y recientemente en la búsqueda fallida del tesoro del pirata en el archipiélago Juan Fernández, decidió ir a descansar con su esposa al sur de Chile.

—Sabes, ya estoy cansado de tanto trabajar, vayámonos a pasear por un mes al sur, instalamos nuestro centro de operaciones en Puerto Montt y desde allí vamos a todos esos bellos lugares que conocimos hace tantos años —le dijo Jorge a su esposa, mientras contemplaban la hermosa bahía de Valparaíso sentados en la terraza de su departamento ubicado en el Cerro Castillo de Viña del Mar.

—Cuántas veces te he dicho que ya no estoy para viajes, mejor anda solo y así descansamos los dos —le contestó su esposa sonriendo. Sabía que a él le gustaba viajar solo.

Llegó al hotel Pérez Rosales ubicado en el centro de Puerto Montt. Una vez instalado se duchó y luego de comer en la habitación, mientras disfrutaba de la preciosa vista al golfo de Reloncaví, comenzó a recordar sus anteriores estadas en esa zona única por la amabilidad de sus gentes y sus bellezas naturales.

Al día siguiente, llamó por teléfono a su amigo Juan Barría, el pelao, y luego de alegres saludos, Jorge contestó: “Okay, pelaito, nos encontramos a la una en Angelmó, comeremos unos ricos mariscos y nos contaremos nuestras últimas aventuras”.

—Y entonces apareció la tapa de un baúl, negra por la humedad y con una inscripción ilegible, continuamos cavando con Carlitos, ¿te acuerdas de él?, lo abrimos y sólo contenía un sobre y dentro una carta escrita con letras recortadas de diarios, contaba que había descubierto el tesoro y que no lo denunció a las autoridades para que su esposa, de quien estaba separado, no reclamara su parte. Imagínate nuestra desilusión, pero así es la vida.

—A propósito de tesoros, ¿sabes?, hace tiempo estuvo circulando el rumor de que en el fiordo Quintupeu había un tesoro, lo habría dejado el crucero alemán Dresden cuando estuvo fondeado allí durante la Primera Guerra Mundial, creo que es el mismo que después hundieron en Juan Fernández —dijo el pelao Barría.

En la habitación del hotel, Jorge se paseaba de un lado a otro, hasta que finalmente se decidió, tomó el teléfono y marcó un número y, luego de esperar un instante, exclamó: “¡Carlitos! ¿Cómo está el tiempo allá en Viña? —Luego de una pausa continuó— Mira, te llamo para que averigües, por favor, todo lo que puedas sobre el crucero alemán Dresden. Desde antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial hasta su llegada a Chile, siempre que quieras ayudarme en una empresa que pienso formar para…”

Jorge y su amigo Carlitos estaban sentados mirando hacia la piscina del Club Naval de Campo, en la mesa había dos carpetas bastante gruesas.

—Comandantol, tuve acceso a los archivos de la Armada y en Santiago fui a las embajadas de México y Alemania; aquí está todo lo que reuní, creo que es bastante interesante —dijo Carlitos pasándole a Jorge una de las carpetas.

Jorge comenzó a leer en voz alta: “La situación política en México era caótica, los gobernantes eran derrocados continuamente, ante lo cual Alemania envió al crucero Dresden para cautelar los intereses y la seguridad de la colonia alemana residente. En Tampico la situación era dramática e insostenible, imperaba el desorden y ante el inminente peligro de saqueo, los colonos alemanes entregaron al comandante sus joyas, dinero, oro y objetos de valor, iniciativa a la que se unieron otras familias de extranjeros como también personajes mejicanos adinerados, todo debía ser puesto a resguardo en un banco al regreso del Dresden a Alemania. El tesoro quedó en una caja bajo la custodia del comandante de la nave”.

Tomó un sorbo de agua mineral y continuó leyendo: “La nave navegaba rumbo a Alemania cuando estalló la Primera Guerra Mundial, agosto de 1914. El comandante recibió la orden de efectuar la guerra de corso en el Atlántico y, posteriormente, dirigirse a Isla de Pascua para integrarse a la escuadra del almirante Von Spee. En noviembre el escuadrón de cruceros alemanes derrotó a una escuadra inglesa a 41 millas del puerto de Coronel en Chile y esta misma fuerza, al incursionar en el Atlántico, fue completamente derrotada por otra escuadra inglesa en las islas Malvinas, salvándose solamente el Dresden”.

Jorge terminó de leer, tomó la otra carpeta y se la alargó a su amigo y dijo: “interesante lo tuyo, pero yo también trabajé en Puerto Montt y reuní bastante información, lee esto por favor”.


Carlitos comenzó a leer: “El Dresden sufrió múltiples averías en el combate de Las Malvinas; se ocultó en los canales patagónicos del sur de Chile donde fue ayudado y aprovisionado por el ciudadano alemán Albert Pagels, que residía en Punta Arenas. Aconsejado por Pagels, la nave puso rumbo al estero de Quintupeu cerca de Puerto Montt. Allí la nave terminó su reparación y continuó su navegación hacia el norte debiendo fondear en la Isla Robinson Crusoe, pues ya no tenía carbón para sus calderas; finalmente fue localizado por varios buques de guerra ingleses y fue hundido en bahía Cumberland”.

Tomó un descanso y continuó leyendo: “entre los miembros de la colonia alemana de Puerto Montt se comenta que varios de sus antepasados que estuvieron a bordo del crucero mientras estuvo fondeado en Quintupeu, contaban que el último día, antes del zarpe, desde el buque arrojaron un cajón grande al mar y que éste podría haber contenido el tesoro de Tampico. Durante muchos años pescadores y buzos recorrieron el fiordo, pero no encontraron nada”.

—Bueno Carlitos, ¿qué me dices de todo esto? ¿Te parece un cuento o verdadero? Lo del tesoro es cierto porque ya averigüé que en Tampico es una historia conocida especialmente entre los descendientes de alemanes. Envié un detective privado a Tampico, su informe está aquí; hay fotocopias de recibos de la época, firmados por el comandante del buque.

Y así continuaron conversando hasta concluir que contratarían una empresa especializada en trabajos submarinos; el dueño era un amigo de ambos, Carlos Alberto Cáceres, mas conocido como el potro Cáceres que destacaba por varios trabajos efectuados en naufragios de naves y exploraciones submarinas. También contratarían a Yolanda, la adivina, pues en la búsqueda del tesoro del pirata en Juan Fernández había dado prueba de sus facultades, indicando exactamente el lugar en que se encontraba el baúl, independientemente si este contenía o no el tesoro. Partirían rebuscando en el fiordo y luego en Juan Fernández, en el Dresden. Los permisos correspondientes ya estaban en trámite.

El loco Jorge, Carlitos, el potro Cáceres y Yolanda recorrieron el fiordo Quintupeu. Yolanda después del primer día aseguró que allí no había ningún tesoro y regresó a Santiago. El resto continuó rebuscando por quince días hasta que se convencieron que efectivamente no había ningún cajón en el fondo.


—Carlitos prepara todo para trasladarnos a Juan Fernández, lo antes posible —dijo Jorge con una voz apagada y apenas audible.

—No se desanime, comandantol, le apuesto que esta vez encontraremos el tesoro allá en Juan Fernández —le contestó Carlitos.

El Dresden se encuentra hundido en Bahía Cumberland en 65 metros de agua, su silueta se puede distinguir claramente desde la superficie. El loco Jorge y sus colaboradores, lo primero que hicieron fue trasladar a Yolanda hasta que estuvieron justo sobre el casco de la nave. Esta, luego de una concentración profunda dijo: “aquí siento vibraciones muy débiles, pero seguro que las joyas y el dinero aún se encuentran a bordo, además anoche tuve un sueño que me lo corrobora”.

Al día siguiente en el lugar habían varias embarcaciones con buzos, compresores y otros equipos. Comenzaron a trabajar temprano y alrededor del mediodía el potro Cáceres emergió de las profundidades, sacándose la máscara dijo: “hemos triunfado, encontramos el cajón, ahora lo subiremos a la superficie, avísenle a…”

El 21 de mayo del año siguiente, día de las glorias de la Armada, Jorge y su esposa estaban en su departamento vistiéndose para asistir al cocktail con que la Armada celebra su día. Jorge le decía: “Me cargan estas reuniones, hay que ponerse terno y corbata. El próximo año no pienso aceptar la invitación. ¿Qué te vas a poner? ¿El collar de esmeraldas o el de rubíes?”

JORVAL (21)
030205





Texto agregado el 11-02-2005, y leído por 1494 visitantes. (19 votos)


Lectores Opinan
2007-12-25 20:11:22 hijo de puta... anciano de mierda...activa mi cuenta Ciberbaco
2006-02-01 14:45:50 La perseverancia suele dar sus buenos frutos, no hay duda. Un fuerte abrazo, Jorval! Ikalinen
2005-09-27 03:14:10 tan revisando las joyas pa ver que no sean cuentas de cristal. me gusta mas el cuento asi. GraNada
2005-07-29 16:56:57 hola compañero: te invito a leer : no necesito sus voces. saludos y un abrazo. vitamina
2005-04-17 06:39:29 Evidentemente hay que hacer como "El loco" Ramírez, y buscar y buscar... Vengo de "La isla del tesoro"... Seguiré buscando, por las dudas. Te dejo todas mis estrellas, amigo Jorval. vaerjuma
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