PRÓLOGO
Quería que su vida cambiara para siempre y lo cierto es que pasó por muchas dificultades para poder conseguirlo.
En diciembre de 1991 decidió olvidar aquello que durante años le hizo sufrir tanto. Quería creer en la esperanza y pensar que todo iba a salir bien. Había cambiado de residencia, de número de teléfono, e incluso de imagen para pasar inadvertida intentando que nadie se fijara en ella, pero estaba segura de que sería descubierta. Lo único de lo que no pudo desprenderse fue de su profesión, que formaba parte de su vida, pues una excelente diseñadora como ella no quería dejar de hacer espectaculares vestidos porque sabía que triunfaría algún día gracias a ellos.
Tarde o temprano ese hombre volvería y entonces ni su rostro oculto, ni una dirección diferente la ayudarían a escapar de sus manos; pues él la habría encontrado. Sabía que estaba cerca y que su pasado la acechaba, pero no podía averiguar cuándo volvería a encontrarse con aquel hombre.
- Hola, soy Loren, ahora no puedo atenderte, si lo deseas deja tu mensaje cuando oigas la señal y te llamaré mas tarde. Un saludo.
- Me ha costado encontrarte, pero lo he conseguido. Sé perfectamente donde estás y lo que haces, sigues con tu pasión por la moda... También sé que no quieres verme, pero ten en cuenta quién soy y lo que he hecho por ti, así que no me falles.
Ese momento había llegado. Debía volver a recordar todo su pasado para poder olvidarlo, y esta vez para siempre. Sabe que la vigilan, que alguien controla cada uno de sus movimientos; como si una sombra que no es la suya la persiguiera constantemente…
CAPÍTULO I
Diciembre de 1991
TRAS LA VENTANILLA OBSERVABA cómo el avión despegaba alejándose así de aquel lugar. En su mirada podía leerse lo que pensaba. Tantos sucesos, tantos gritos, tanto sufrimiento… pero lo había logrado. El vuelo hacia Leganés partió y en aquella ocasión ella estaba dentro.
Numerosas palabras e imágenes le venían a la mente mientras miraba cómo el aguacero caía fuertemente en el suelo, como si miles de piedras intentaran destruirlo todo; lo mismo que deseaba ella. Casi no podía ni creerlo. En sus grandes ojos oscuros se presagiaba esa sensación de bienestar, de querer vivir, de empezar de nuevo....
Tenía talento, dinero, y muchas ideas que quería convertir en realidad. Por nada del mundo iba a cambiar aquel momento tan esperado durante largos años. Por fin huyó de la vida que tanto daño le hizo, la cual siempre había odiado.
EL AVIÓN ATERRIZÓ y al bajar se sentía extraña, con miedo, el cual le obligaba a mirar a su alrededor mientras caminaba sigilosamente entre las calles de Leganés. Pero esta vez era diferente. Estaba sola. Nadie la observaba. Junto a su pequeña maleta, en la que no le dio tiempo meter demasiadas cosas, sus gafas de sol oscuras, esa gabardina negra que jamás había llevado antes, y un gorro que le tapaba la mayor parte de su rostro, se presentó en casa de la única familia que tenía en Madrid, su hermana Samanta.
AMBAS ESTUVIERON UNIDAS desde muy pequeñas pero debido al divorcio de sus padres tuvieron que separarse, puesto que surgieron numerosos problemas. Lorena, la mayor, tuvo que marcharse de Leganés. Unos meses más tarde el padre de ambas murió y ésta comenzó a compartir su vida con un hombre muy rico, al cual Samanta no conoció. Tras largos años de angustia y disgustos, Lorena decidió huir para intentar cambiar su vida y vuelve a encontrarse con su hermana. Samanta, desconociendo la verdadera razón de su regreso, se siente muy feliz por su vuelta y está entusiasmada con la idea de estar de nuevo junto a ella; como cuando eran pequeñas.
- ¡Hola! Vaya, no sabía que llegabas hoy… ¡Pero pasa no te quedes ahí!
- He adelantado el vuelo… - dijo Lorena en un suspiro.
- Estás preciosa. Me alegro de verte, bienvenida… - se abrazaron tiernamente.
- Gracias. A mi también me hace ilusión volver a verte después de tanto tiempo… - agradecida y a salvo entró en casa.
- Todavía no puedo creer que estés aquí… - decía mirándola asombrada.
- Créeme, yo tampoco – Lorena sonrió y volvieron a darse otro abrazo.
HABÍA VIVIDO DURANTE años en Barcelona y ahora se situaba a kilómetros de allí. Tenía mucha ilusión por alcanzar nuevos retos y conseguir al fin vivir, que en el fondo era lo único que deseaba.
- Háblanos de ti… Cuéntanos cómo es… ¿cómo se llamaba? – agregó Roberto, el marido de Sam, a aquella conversación con gran interés.
- Creo que te refieres a Javier… - decía con frialdad sin tan siquiera mirarlo.
- Sí… Si es que así se llama tu marido… - seguía él.
- …Javier ya no es mi marido. Rompimos hace unos meses… - exhibía muy seria.
- Vaya, lo siento mucho… ¿Por qué no nos has dicho nada? - Samanta estaba molesta por ello.
- Quería mantenerlo en secreto… No era definitivo ¿sabes? Yo le quería… - seguidamente un silencio sepulcral se formó alrededor de ellos. Después Loren siguió hablando, - …pero bueno; ahora sí puedo deciros que vuelvo a ser una solterona, y que lo único que me importa es montar mi negocio y encontrar una casa para vivir en Leganés. Me gusta este lugar.
LOREN SE LEVANTÓ, fue a la cocina, abrió el frigorífico y se sirvió una cerveza. Después preparó unos canapés para picar y, sin más, volvió a sentarse en el sillón con la pareja colocando dicho aperitivo sobre la mesa.
El matrimonio no se atrevió a preguntar qué fue lo que ocurrió para que se divorciaran. El rostro de ellos quedó desencajado; no entendían el por qué había tardado tan poco en abandonar la ciudad en la que había estado durante tantos años viviendo con su marido. Ambos se casaron ante la presencia de la familia de él, puesto que la única familia de Loren, su hermana y su madre, no pudieron asistir a la ceremonia.
LA DISEÑADORA SE QUEDÓ durante unos meses en casa de su hermana, aunque sólo acudía para dormir y también a comer de vez en cuando. El matrimonio desconocía por completo el lugar en el que se encontraba la recién llegada durante el resto del día, pero tampoco preguntaban. Éstos esperaron a que ella quisiera hablar, ya que desde que llegó la habían encontrado muy rara y no querían hacerle contar algo que ella no deseaba explicar.
- Acompáñame Sam. Quiero que veas algo.
TRES MESES DESPUÉS de estar viviendo allí, Loren cumplió un trozo de su sueño. Era muy importante para ella. Cogió la mano de su hermana y se dirigieron a la entrada de su casa. Una vez fuera, la diseñadora mostraba con orgullo un hermoso vehículo de tres puertas. Se trataba de un estupendo PORSCHE 928 LOTEC de color gris, que había salido al mercado en ese mismo año, en 1992.
- ¡Vaya, es precioso! - admiró Samanta muy sorprendida a la vez que caminaba alrededor del auto observándolo detenidamente.
- Lo sé. Aun no puedo creer que sea mío… - seguidamente subió al coche, - Vamos, monta, quiero enseñarte algo más.
Samanta montó en el vehículo y ambas salieron del sur de la comunidad para llegar al centro de la misma. No tardaron mucho en llegar allí.
Lorena llevó a su hermana a un local donde se encontraba gran cantidad de ropa preparada para vender al público, numerosos alfileres sobre el mostrador, imperdibles, dedales y maniquís por todas partes.
- Pasa y ponte cómoda. Es mi futuro lugar de trabajo. ¿Verdad que es acogedor? – estaba muy ilusionada.
- Es increíble.
- Además ya tengo empleadas, son dos chicas con experiencia en esto… Incluso me han puesto en contacto con numerosas revistas de modelos, - decía mientras colocaba muy orgullosa una chaqueta a uno de sus maniquís y lo ponía en el escaparate, - …Ya sabes que una sabe conocer gente importante.
- ¿Y quién es esa gente? – preguntaba a la vez que se sentaba en uno de los sillones de aquel establecimiento.
- Un hombre extraordinario... Él se ha encargado de conseguirme las vendedoras para la tienda; ha hablado con algunas editoras que, según me ha prometido, no tardarán demasiado en llamarme… En fin, que me ha ayudado mucho durante estos meses para conseguir hacer lo que mas me gusta: fabricar y comercializar mis diseños… – no pudo evitar que sus ojos se iluminaran, - …Se llama Marcos y dice que no tardaremos demasiado en abrir la tienda para los clientes... Casi está todo listo, sólo faltan unos pequeños detalles en la decoración… Él tiene mucho dinero y ambos seremos capaces de triunfar. Estoy segura.
- No me cabe la menor duda.
SAM NO DABA CRÉDITO a lo que estaba oyendo. Se sentía muy feliz al presagiar tanta felicidad en ella, y por observar que en tan sólo unos meses Lorena había rehecho su vida. Además, estaba muy orgullosa de su hermana por haber logrado poner en marcha aquel negocio. Estaba segura de que iba a triunfar en el mundo de la moda gracias a su seguridad, y a todo el esfuerzo que había volcado desde muy pequeña por conseguirlo.
Ambas estuvieron contemplando el local como si se tratara de una gran escultura muy valiosa. El local se dividía en dos: una parte era la tienda en la que estaban los diseños para vender a los clientes y, la otra, que se encontraba al fondo del establecimiento detrás de una puerta de madera, consistía en un pequeño espacio para confeccionarlos; allí se podía observar la mesa en la que estaba la máquina que la diseñadora utilizaba para coser sus tejidos, un teléfono para realizar pedidos, y varias libretas en las que Loren dibujaba la idea de cada uno de sus futuros diseños.
Además de conseguir todo aquello, Marcos también le encontró un lugar para vivir, puesto que él sabía que no quería pasar más tiempo en casa de su hermana.
- Me trasladaré en breve. Antes tengo que hacer unos papeles para poder quedarme la vivienda que voy a comprar, - explicaba la diseñadora mientras se sentaba en frente de Samanta.
- No tienes por qué irte tan pronto. Sabes que no molestas. - decía Sam mientras su hermana cogía un dedal que se encontraba en la mesa.
- Tengo dinero para hacerlo, Samanta, y lo sabes, - después se lo colocó en el dedo, - te agradezco mucho el que me hayas brindado tu casa estos meses, he estado muy a gusto; sin embargo, debo irme. Nos vamos a ver menos pero pasaré a verte. Te lo prometo. - cuando Loren terminó de decir aquellas palabras, Sam comenzó a llorar, como si miles de recuerdos se le pasaran de nuevo por la mente. Tenía la sensación de que iba a perder a su hermana otra vez, y deseaba que no fuera así.
- Espero que cumplas con tu promesa. Ahora que me he acostumbrado a tenerte cerca no soportaría estar de nuevo sin ti. - y ambas se abrazaron.
MARCOS ERA UN HOMBRE de gran estatura, ojos verdes y cabello moreno. Se trataba de una importante persona de negocios y siempre iba bien vestido. Loren lo conoció un día en la tienda de Barcelona con la idea de comprarse un traje de los que la modista diseñó. Podría decirse que aquello fue un flechazo de los que ya casi ni se ven hoy en día.
- Disculpe… ¿Puedo ayudarle en algo? – Lorena llevaba unos pantalones oscuros y una camisa blanca. Eran los colores que las empleadas llevaban para trabajar.
- No, gracias. Estaba buscando un traje azul marino; pero visto que todos son negros, me marcharé. - éste le contestó sin dejar de mirar los que se encontraban colgados en las perchas de la tienda.
- Bueno… Nosotras nos encargamos de hacer cada uno de los modelos que usted está mirando; si quiere podemos confeccionarle lo que desee. Sólo tenemos que tomarle las medidas adecuadas para ello. - el hombre se dio la vuelta y Loren no pudo evitar que su mirada recorriera el cuerpo de éste. Era un exquisito hombre alto y corpulento.
- Es muy amable… - dijo sonriendo observándola como ella lo había observado antes - …de todos modos lo pensaré; pasaré otro día para poder disfrutar de su presencia de nuevo - seguidamente éste le tendió la mano a la diseñadora.
- De acuerdo. Se lo agradezco, - decía ella a la vez que se la estrechaba; ambos no dejaban de observarse fijamente mirándose a los ojos.
- ¿…Usted siempre está aquí? - siguió diciendo sin dejar de mirarla y, al mismo tiempo, soltándole la mano - He venido en más de una ocasión y si la hubiera visto lo recordaría; estoy seguro. - después se metió las manos en los bolsillos mientras hablaba.
- ¡Oh! No, no… La verdad es que paso la mayor parte del tiempo cosiendo y fabricando ropa para los clientes. Me gusta más que estar en la tienda todo el día; me contrataron para eso, aunque de vez en cuando salgo para echar una mano si hay demasiada gente… - no dejaba de sonreír.
- Pues cuando vuelva de nuevo me gustaría que me atendiera usted… ¿Por quién debo preguntar?
- Por Loren… ¿Y usted es…?
- Marcos. Marcos Ibáñez.
Aquella conversación que, aparentemente iba a terminar, duró cerca de una hora. No dejaron de hacerse preguntas y reírse todo el tiempo. Al final olvidaron llamarse de usted, como si ya se hubieran conocido en alguna otra ocasión.
- Bueno debo irme, y tú también deberías ir a cobrar a aquellas señoras. No han dejado de mirarnos desde hace rato… - le advertía sonriendo.
- Sí, tienes razón. Esto está lleno y les estoy dejando todo a mis compañeras… - afirmaba tocándose el pelo, - Toma. Llámame cuando vayas a venir, ¿de cuerdo? Me encantará atenderte - dijo mientras le daba una de las tarjetas de la tienda.
- Muy bien. Lo haré... Me ha gustado conocerte. - acto seguido le acarició la cara muy suavemente.
- Lo mismo digo. - y, después de dedicarle otra nueva sonrisa, éste se marchó.
DESDE AQUELLA MAÑANA, Marcos no dejó de visitar a la diseñadora ni un solo día. Ambos congeniaron muy bien desde el principio, y a ella le dio la suficiente confianza como para atreverse a contarle los problemas que tenía con su marido.
- Deberías huir y dejarlo todo. Llevas demasiado tiempo aguantando todo esto que me cuentas… - en una de tantas conversaciones que tenían, empezaron a planear algo que deseaban que funcionara.
- Lo se, pero no quiero alejarme también de ti…
ÉSTE LA INVITABA a tomar un café de vez en cuando, siempre que el marido de ella no se enterara, puesto que tenía un violento carácter y no la dejaba hablar con demasiadas personas que no fueran sus clientes. Marcos se hizo pasar por uno de sus proveedores tan sólo para poder verla con regularidad en la tienda.
Cuando Lorena consiguió huir de su marido y coger el avión al que tanto había planeado subir para despegar con él y dejar esa vida atrás, Marcos conocía perfectamente dónde ésta se dirigía, y él tardó tan sólo un par de días en presentarse en Leganés junto a ella, para ayudarle a construir una nueva vida. Tenía mucho dinero y estaba dispuesto a darlo todo por la diseñadora, siempre y cuando ella lo deseara.
- No voy a dejarte, Loren… Me he dado cuenta de que no puedo vivir sin ti. Quiero irme contigo. Siempre podría trabajar. Me considero un buen empresario y hasta ahora he ganado mucho dinero gracias a ello.
- Pero, no debes arriesgar tu vida por mi, parece mentira que no sepas cómo es mi marido…
- Te repito que voy a seguirte allá donde vayas… Me siento como un adolescente y no quiero dejar de percibir esto por nada del mundo; además, sé que sientes lo mismo que yo y eso es lo que me empuja a seguir hacia delante junto a ti… - fue el primer beso que se dieron después de dos meses llenos de felicidad.
Durante un año, Loren mantuvo dos vidas, una de ellas en secreto. Marcos se convirtió en su amante y en su mejor amigo. Aquella persona que tenía palabras adecuadas para cada momento, que la sabía escuchar cuando nadie lo hacía, y el único que sabía como se sentía ella con su marido.
PRONTO ME MUDARÉ, pensó. No tardó demasiado para que fuera así. En junio de 1992 Loren se trasladó de casa de su hermana a las afueras de Leganés, a unos kilómetros del centro de Madrid, donde se encontraba su tienda, la cual también estaba lista para vender al público.
- Todo esto es maravilloso. Nunca pensé que podríamos conseguirlo Marcos…
- Ya te lo dije… No te iba a dejar aunque tu marido siga suelto por ahí…
- Me alegro tanto de que estés aquí… Yo sola jamás habría podido conseguir todo esto con tanta facilidad.
- Claro que sí… Tú puedes conseguir todo lo que te propongas.
AMBOS SE ENCONTRABAN en el nuevo establecimiento llenos de esperanza y felicidad por haber conseguido aquel negocio los dos juntos. Estaban solos en Madrid. Nadie los conocía, no sabían dónde trabajaron anteriormente ni qué modo tenían de ganar dinero, y eso les llenaba de satisfacción e ilusión para seguir adelante.
SU CASA ERA ESPECTACULAR, tenía tres enormes plantas, las cuales estaban comunicadas por una gran escalera en forma de caracol. Dentro del terreno que rodeaba a dicho lugar, junto a la villa, se encontraba un pequeño porche, en el que Loren guardaba el vehículo que Marcos le compró.
En aquella zona no se hallaba ninguna mansión más; sólo había una cabina telefónica dentro del minúsculo bar de carretera que podía observar desde su ventana. Más adelante podía llegar a una gasolinera, la cual tampoco abrían todos los días. En las afueras a nadie le gustaba vivir, por ello, aquel lugar resultaba desierto y era inútil que hubiera mas lugares de ocio. En cambio, a Loren le gustaba estar sola, y si no se encontraba nadie cerca de ella se sentía mucho más segura. "Cuanta menos gente sepa que vivo en Madrid, más difícil será que él me encuentre", pensaba.
AUNQUE LORENA VIVÍA LEJOS DE SU MARIDO; seguía obsesionada con él, y esa es la razón por la que trataba de no hablar demasiado con la gente. Se tapaba su rostro con las mismas gafas de sol oscuras que trajo de Barcelona y su gabardina negra. No quería conocer a nadie que no le resultara totalmente seguro o no encajara con lo que ella consideraba “una persona normal”. Se sentía rara, pero a la vez muy feliz, puesto que ninguna persona trataba de perseguirla allá donde fuera, ni vivía nadie en su casa que le dijera lo que tenía que hacer ni con quién tenía que ir. Sentía esa independencia que durante tanto tiempo había deseado, y eso le llenaba de satisfacción.
CUANDO LA DISEÑADORA tuvo que despedirse de su hermana fue un día bastante triste, ya que después de convivir en la misma casa durante más de un año, tras haber pasado un largo tiempo que no se veían a causa de la distancia, tenían que volver a decirse adiós.
- Te voy a echar de menos, - decía Sam con lágrimas en los ojos.
- Cumpliré mi promesa, ¿de acuerdo?
CUANDO SE MARCHÓ DE CASA DE LOS RODRÍGUEZ, Loren no miró atrás ni un segundo, colocó su equipaje en el maletero, montó en el coche y se dirigió hacia su nuevo hogar. Miles de imágenes volvían una y otra vez a su pensamiento. Todavía conservaba en su interior la ilusión que le hizo volver a ver a su hermana, los días compartidos con ella y el apretón que recibió cuando le abrió la puerta y le acogió en su casa. Sabía que si daba media vuelta para mirarla iba a echarse a sus brazos y a llorar como estaba haciendo Sam, y esa es la razón por la que no lo hizo.
AL ENTRAR EN SU NUEVO DOMICILIO sintió serenidad, sosiego y normalidad. Casi no podía creer que estuviera sola. Recorrió un largo pasillo, llegó a la cocina, se calentó un vaso de leche y se lo tomó mientras veía en el sillón del comedor un rato el televisor.
Allí sentada, solitaria y melancólica, entre aquellos cuatro muros, comenzó a pensar en ese hombre que le había hecho la vida imposible desde que se casaron: su marido. Aun recordaba las palabras que le dijo cuando la vio junto a Marcos un día en el bar que se encontraba a unos metros de la tienda de Barcelona.
- ¿Qué haces aquí? Creo que deberías estar trabajando… - su marido prestó una tenue mirada al compañero que estaba en frente de su mujer.
- Puedo explicártelo… Él es Marcos, el proveedor del que te hablé… - Lorena casi no podía hablar y le temblaba la voz.
- No quiero oírte, ya hablaremos en casa… - Javier dio la vuelta y salió del local.
Lorena no tardó demasiado en despedirse de su amante y seguir a su marido. Ambos entraron al coche de este y comenzaron a discutir durante un rato. El marido de Loren no paraba de gritarla y decirle numerosas atrocidades que la menospreciaban como persona y como mujer. Incluso al final llegó a darle una bofetada.
PERDIDA EN SUS RECUERDOS oyó el sonido del teléfono. La modista se asustó y, después de mirar a cada uno de los rincones que la rodeaban, cogió su móvil y observó en la pantalla un número conocido. Con una sonrisa contestó:
- Hola Marcos…
- Hola… Quería preguntarte como estabas y qué tal te encuentras en tu nuevo hogar… - el empresario se encontraba en su casa, sobre la cama, mientras hablaba con la diseñadora.
- Pues me encuentro muy bien, feliz por haberlo conseguido.
- …Me gustaría poder hacerte compañía.
- Sabes que eso no es posible, mañana tenemos que madrugar - sonreía mientras cogía un tirabuzón de su pelo y lo enlazaba entre sus dedos.
- Sí, lo sé… ¿Pero, no te encuentras demasiado sola?
- No. Me gusta la soledad.
- No lo creo…
- En serio. Me ayuda a pensar.
- ¿Pensar? Espero que no te dediques a recordar malos momentos.
- Bueno, cuando una está sola tiene tiempo para pensar en muchas cosas, - dijo seria apartando su melena a un lado.
- Eso no me gusta, preferiría que estuvieras viendo la televisión.
- La he encendido, pero no he podido evitar pensar en ti.
- Si eso es cierto puedes pensar todo lo que quieras.
LOREN SE DESHIZO DE LOS PENSAMIENTOS que la habían acompañado minuto antes de que su compañero llamara y volvió a sentirse bien, con ganas de vivir y disfrutar de lo que en ese momento tenía a su alrededor.
LA VOZ DE MARCOS le hacía sonreír en los peores momentos, ya que él intentaba animar a Loren como podía y muchas veces lo lograba. Sabía que lo más fácil para él era esperar a que pasara el tiempo y ella olvidara, pero no soportaba el no poder hacer nada cada vez que la modista se echaba a sus brazos con lágrimas en los ojos, gritando lo harta que estaba de tener que vivir todavía a escondidas.
TRAS COLGAR EL APARATO Lorena se sentó junto a la ventana y, con la barbilla apoyada sobre su mano, no pudo evitar volver a tener a aquel hombre en la mente. Todavía recordaba los ojos de satisfacción que se clavaban en su mirada cada vez que éste le ponía la mano encima.
- Acostúmbrate a hacer lo que yo te ordeno y esto no volverá a pasar… - aquella frase era pronunciada por su marido cada vez que le daba un bofetón.
- No puedo hacer lo que tú me ordenas porque no es legal lo que me pides…
- ¿Acaso algo de lo que has hecho hasta ahora lo ha sido?
LA DISEÑADORA DESEABA poder borrar todos aquellos recuerdos que la acosaban y no la dejaban vivir en paz. Quería disfrutar de Madrid, de sus calles, sus plazas, sus vistas… pero todavía no caminaba tranquila entre la gente. Estaba segura de que Javier iba a volver. Lo presentía. Y eso le impedía seguir hacia delante aunque supiera que tenía que hacerlo.
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