Filipa es una chica común que pretende solo gustarse a si misma. Se dio cuenta un tiempo atrás resultaba un buen secreto para atraer gente, quizá no tanto como el de aquellas que vivían consiguiendo hombres por ahi pero suficiente para encantar y arrancar sonrisas a quienes la rodeaban.
Ese verano Filipa no conseguía besar a nadie y eso la tenía inquieta. Por eso, un domingo decidió buscar una aventura pasajera que la sacara de esa nostalgia imprudente, y se dirigió a un café central cerca del lugar donde arrendaba. Allá con los últimos cuatrocientos pesos que tenía pidió un café cortado y se encomendó a los santos, alguno le oiría -pensó tranquila, pero nerviosa. Ahí logró parte de su propósito mirando en un espejo donde se reflejaban los clientes del local. Entonces vio un hombre unos quince años mayor, que no llevaba argolla de ninguna clase, y le miró por un rato. El tipo parecía no verla, pero de pronto le devolvió la mirada. En ese momento, ella dejó de mirarle en absoluto. Comenzó a mirar su taza y beber su café, saboreando el azúcar y probando suerte con lo que quedaba al fondo.
Se acordó de sonreír al aire y cuando iba a pagar, miró recién de nuevo al desconocido de más allá. Y él la miró sin grandes expresiones. Sonrió pensando en lo que era posible y creyendo que eran sólo idioteces y salió del café camino al subsuelo del tren, pensando en que quería terminar una novela que tenía en casa pendiente. Cuando iba dos estaciones más allá, notó que al tren se subía un hombre atractivo, con un sombrero vaquero. Estrafalario por decir lo menos, le dio risa. Mirándolo mejor, captó que era el mismo del café y no se explicó como había llegado allí tan rápido, la sorpresa le evitó ver lo evidente, subió al tren al mismo tiempo que ella, y se cambio de vagón dos estaciones más tarde. Mirando a su alrededor, las mujeres iban desganadas y meditabundas o dormidas y los hombres con cara de querer fresquear, pero no muy despiertos tampoco. El movimiento ondular del tren dejaba a todos casi sonámbulos. Lo que no comprendía era la energía que despedía el del café y sombrero, que cada tanto la miraba de reojo, como adivinando la estación en que bajaba. Por eso, sin afán de escapar, decidió bajarse antes. Cerca de un lugar donde normalmente caminaba a solas para limpiar su mente de las ideas del trabajo que podían ser crueles. Él la miró desencantado, pero se bajó discretamente después de ver que ella tomaba decidida la cartera y el chaleco. Cuando salió a la superficie, se sentó en una banca del parque. Allí espero Filipa que el desconocido la buscara, porque ya era evidente que lo haría.
Osvaldo, el soltero cuarentón que Filipa miraba en el café, decidió seguirla por curiosidad y por la forma en que ella meneaba la cabeza hacia un lado inconscientemente después de beber de la taza. Eso le recordaba a una chica con la que durmió durante un verano de sus vacaciones en la playa, cuando aun no terminaba la universidad. Y lo más lindo de todo, la chica de la universidad lo hacía mientras se balanceaba sobre sus muslos, cadenciosamente, buscando el placer de los pares.
Osvaldo, pensó de joven que esa chica sería permanente en su vida, la buscó al volver a clases, pero nada era lo mismo luego y cuando se vieron en el campus, ella ya no era tan simpática ni genial. Por eso, pensó que la muchacha del cortado y el movimiento podía ser una gran aventura, comparandola era tanto mejor, porque él era más viejo y sabía que no queria ser herido y ella era tan coqueta como la otra y tenía cara de querer ser tocada. Como él supuso, ella no se resistió a hablarle.
-Hola, ¿quieres un cigarrillo?-Dijo él para presentarse.
-Prefiero una gran conversación sentados en el parque.
-Y ¿quién lo impide? Ella se sonrojó un resto, y se sentó más allá en el pasto buscando paz de una vez por todas. Mientras conversaban, ella se movía unos hilos de cabello y los acomodaba tras de sus orejas, le coqueteaba contándole que estaba aburrida, lejos de sus padres y con poco o nada que hacer. Él la escuchaba, y la halagaba sugiriendo que era bonita, que le gustaba su perfume y que desearía poder indagar más allá en sus caderas. Ella lo miró detenidamente como pesando las consecuencias que podrían tener sus actos si aceptaba. Abrió su bolso, y se encontró con las llaves del departamento gritándole 'aprovecha que no hay nadie'. Y eso hizo. Le invitó a acompañarla, y luego a desnudarse como si se pudiera en todo momento hacer eso con cualquier desconocido conocido por casualidad. No pretendió tener un amor con él, y solo se cuidó de no tener un hijo. Y mientras le hacía el amor con la energía de su alma lo miraba intensamente a los ojos pensando en cómo volver a encontrar eso con una pareja estable.
Osvaldo, quien no deseaba ser de nadie, decidió que no quería una aventura pasajera. Pero lo decidió cuando era tarde para cambiar el rumbo, estaba sobre ella, encontrando un camino que le fuera propio, y lo encontraba fascinante, y deseaba encadenarse al opio del amor. No sabía qué pensar, por eso cuando exhausto le cedió paso al pequeño cielo, susurró su propio nombre al oído de la amante fugaz.
-Osvaldo. No te olvides de mi nombre: soy Osvaldo. Puede que no desees más que una aventura con este pobre diablo pero recuerda bien la locura que te trajo, porque si puede existir de nuevo te traeré y verás lo bien que se te da ser la madre de los hijos que nunca quise tener antes y ser la mujer que me acompañe en mis viajes de libertad.
Ella lo miró incrédula, y con una sonrisa, le sugirió que descansara. Mientras acariciaba su cabello lo pensó, reiteradas veces, él dormía placenteramente instalado entre sus pechos, y ella creía escuchar la voz de su conciencia diciendo "por primera vez no haz errado el tiro mujer, quédate en esta estación, y quizá haz encontrado tu destino." Sin embargo, se permitió dormir un rato, antes de decidir nada. Lo más prudente era esperar, un domingo fugaz no puede decidirlo todo. |