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Après vous, chéri. Mi respiración se agitaba; mi mente ya no estaba saturada; solo estaba la imagen de tu rostro con esa expresión que me encantaba: los labios entreabiertos dejaban asomar la punta de tus dientes perfectos, la mirada clavada en mis ojos, y esa respiración profunda. Cuando te abrasé sentí el latir de tu corazón en mi pecho; estaba acelerado al igual que el mío. Deje de sentir mis piernas por lo que perdí fuerzas, mi vista se nubló y solo pude decir por última vez tu nombre. Lo único que quedaba era el dolor de aquel frío metal clavado en mí abdomen. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net |