Umboya conoce el problema. Los cazadores furtivos llegan a Benider desde hace algunos meses. Son hostilmente curiosos y vienen a capturar los ejemplares más exóticos para luego venderlos a precios elevados en el mundo exterior. En algunas ocasiones el clima extremo o la desorientación provocan retrasos imprevistos y se ven obligados a buscar alimento en los alrededores.
Los motivos de esta cacería desmedida resultan por demás muy obvios: la presa es fácil y su carne generosa. No resulta complicado encontrarlos, basta con afilar la vista y penetrar una maraña de bejucos, lianas y helechos. Se les encuentra en grupos de 8 a 10 ejemplares, sentados sobre una mancha de pasto marrón; unos lamiéndose las patas, algunos durmiendo, otros simplemente observando algún punto indefinido con sus diminutos ojos de canica negra.
Los wombats de Benider son cautelosos pero su esfuerzo resulta inútil. Se sienten amenazados por el predador que los acecha. Brota al instante un coro de mugidos dolosos y un tanto ridículos. Se miran entre si para compadecerse y lamentan su desgracia. Sus patas son demasiado pequeñas para huir con rapidez, así que las encogen hasta que su forma adquiere una silueta esférica. Entonces comienzan a rodar por el terreno, como bolas de billar en el paño verdoso, chocando entre si, adivinando la dirección que los aleje del peligro. Los cazadores no se conmueven por aquella patética y tierna muestra de torpeza. Lanzan la flecha que atraviesa varias hojas de palma antes de penetrar la esfera carnosa. El cuerpo robusto sigue girando por inercia. Se detiene al fin con el dolor escurriéndole por las mejillas. No hace falta matar más de uno, pues un sesenta por ciento de la masa del animal es carne, y con eso basta para alimentar a 5 personas.
Umboya sabe que de no hacer algo, el número de únicos y escasos especimenes que existen en la isla podría estar en peligro. A diferencia de los muchos otros animales que han permanecido desconocidos para la humanidad entera por muchos siglos, el wombat de Benider no posee capacidad alguna que le permita defenderse o huir de los depredadores; Esta ingenuidad se debe a que en su hábitat natural no existe amenaza que lo alerte. Por eso Umboya se propone salvar la especie, ocultarla de los foráneos.
Sus viajes los realiza de noche, cuando las casas de campaña están iluminadas y en las fogatas los extranjeros cantan chocando su bebidas, y bailan mordiendo lomos y piernas azadas. Se escurre entre la maleza y la distracción. Encuentra los bultos afelpados que lo observan con una expresión de inocencia. Comienzan a rodar y atrapa a los incautos que chocan con sus piernas. Los coloca en un saco grande, caben unos 4 sin esfuerzo. Regresa a su casa y coloca a los nuevos inquilinos en un corral extenso y techado Repite la operación durante varias semanas, siempre de noche, cuando el wombat despierta y gira desorientado.
Al cabo de un mes tiene treinta y siete, de diferentes tamaños, colores y géneros. Al no saber de qué se alimentan prueba con cambures y papayas, luego con flores de capuchina y plantas verdes. Por último les da trozos de roedores. Son carnívoros.
Las esferas voluptuosas obstruyen todo el paso. El lugar se encuentra atestado de cojines peludos que rondan de aquí para allá, se sientan en dos patas y advierten todo con aire de complacencia. Umboya se siente satisfecho y completo. Mira su ejército, su tesoro. Infla el pecho y sonríe orgulloso. No puede ser más feliz que con sus rechonchos compañeros. Se inclina para acariciar un pequeño wombat que se acuesta boca arriba juguetón. Le despeina el pelo de la panza y siente un ligero pinchazo. Cae de espaldas y pisa a uno que le rasga la espalda. Se levanta de inmediato, tambalea y tropieza con otros, percibe el dolor húmedo cuando lo desgarran. Esta privado y abre los párpados al máximo. Todos están vueltos de espaldas, con las garras afiladas, formando un terreno minado, treinta y siete trampas de ratón tapizan el suelo. Sigue cayendo una y otra vez, sacudido por los zarpazos precisos. Ya no siente nada, solo que se eleva y vuelve a caer.
Los wombats se lamen las patas y observan algún punto indefinido con sus diminutos ojos de canica negra, sentados sobre una mancha inmensa de pasto marrón.
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