- Cáncer de alma. - Me arrojó el Dr. Futhod desde su cómodo sillón. – Irrecuperable. - Añadió, sin necesidad.
El diagnóstico me conmovió, pero no me sorprendió. Era lo que esperaba. Sólo el recordar las salidas nocturnas con la banda de David traía a mi mente la imagen inquietante de una araña caminando sobre la panza de un bebé.
Como si no hubiera escuchado su última palabra, le pregunté con una desesperación mal disimulada:
- ¿Alguna esperanza?
- Sólo un milagro. Respondió.
- ¿Cuál, cual? Le grité, dejando de lado mi remedo de calma.
- Que Dios no exista.
Esa noche, antes de dormir, intenté borrarme la señal de la cruz.
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