Tres disparos de fúsil rompieron la tensa calma de la mañana. Felipe, el imprentero, había terminado de repartir sus folletines al pueblo. La turba contaba con treinta o cuarenta personas entre los que se encontraban hombres, mujeres y jóvenes que no debían alcanzar la mayoría de edad.
Sus reclamos eran claros, exigían la destitución y el procesamiento del alcalde. Trataron de hacerse oír una y otra vez, consiguiendo sólo represión y la muerte de algunos manifestantes. La situación era ya insostenible.
Esta vez estarían organizados. Se dividieron en tres grupos. El primero enfrentaría a la policía, el segundo y tercero cubrirían los flancos del anterior. Con esto buscaban romper con la sólida formación policial, pudiendo así tomar la alcaldia.
La seguridad en la conquista de la victoria era imprescindible. A esto se había avocado el imprentero, que con un éxito destacable consiguió impregnar sus folletines de una ferviente pasión.
A poco de andar los manifestantes se toparon con las fuerzas reaccionarias. El comisario del pueblo les ordenó retirarse, pero ellos, desconociendo su autoridad, siguieron avanzando.
Entonces una descarga efectuada por la guardia policial asestó un golpe mortal sobre muchos de ellos. Los grupos segundo y tercero fueron a su vez emboscados y sus componentes, asesinados. Los pocos sobrevivientes del primer grupo fueron encarcelados.
El olor a pólvora aún permanecía en el aire cuando el reloj de la plaza marcó las once.
Tres dias después de los hechos anteriormente relatados esta conversación tuvo lugar en el despacho del alcalde:
-Acabamos con los insurgentes y ya no tengo que temer.
-¿Está usted seguro de eso, señor?
-Por supuesto que lo estoy. Mire por la ventana. Ni un alma en las calles. El orden ha sido restituido.
En ese momento una gran explosión conmocionó al pueblo. La alcaldía fue reducida a escombros. Nadie en su interior sobrevivió.
El polvo aún permanecía en el aire cuando el reloj de la plaza marcó las once. |