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Autoretrato de un sueño

AUTORETRATO DE UN SUEÑO

- Papi, en este frasco he guardado algo muy importante, como tu eres grande y me quieres mucho, quiero que lo cuides bastante, que lo pongas en uno de esos sitios donde escondes las golosinas cuando nos castigas y nunca podemos alcanzarlas. Me lo darás cuando lo creas conveniente.
- Y, ¿qué es lo que quieres que vigile con tanto celo?
- Es que en este frasco he guardado un pedacito de mi corazón, es el pedacito donde están mis sueños más enormes y por eso quiero que nunca se pierda.
- Esta bien hijo, voy a hacer todo lo que me pides, lo guardaré en el lugar que dices, y no solo lo vigilaré con los ojos de mi cuerpo, sino, y más aún, con los de mi corazón, que ven más allá de lo aparente, ven el interior de las cosas, lo tocan.
- Sabes qué, se me ocurrió una idea fenomenal –me dijo mi padre con una voz marcada por la alegría de quien ve una parte de si en pleno camino de realización- voy a ponerlo en un sitio alto, muy alto para que nadie pueda cogerlo, y a ti te regalaré unas alas, unas que me dio tu abuelo, esas que están en el baúl de donde saco los cuentos que te leo, por el que me preguntas siempre que entras a mi cuarto y que, por cierto, nunca te he mostrado. A ese sitio solo podrá llegar quien tenga las alas, así es que debes cuidarlas mucho, mucho, para que solo cuando estés preparado, puedas elevarte y alcances el frasco, y realices…
- Gracias papá…
Me retiré ardiendo en sonrisa de abuelo, con la mirada más alegre del mundo; y ni que decir de la mirada que en ese momento tenía mi corazón. Desde ahí me acostumbré a tenerla siempre elevada, se me hizo cotidiano mirar siempre hacia arriba, hacia lo alto, hacia el infinito de la vida azul





Una tras otra, iban y venían sin confusión y sin forma. Los colores dibujaban aspiraciones inconclusas, ocultas, pero muy reales, asidas en la realidad, ahora, ¿de donde echaban mano?, ¿a qué raíz se aferraban?, ¿de qué fuente bebían para gozar de la vitalidad de la que hacían gala? No lo sé.

***

– Todo un éxito, ¿No es verdad?, ¿que te pareció?.
– Estuviste genial. El príncipe Felipe fue quien gozó de más, encantado. Todo fue estupendo. -Continuó diciendo mi maestro-.
Como de costumbre, después de cada exposición de arte nos íbamos a tomar un café, esta vez fue al Pont Neuf, un café ubicado en la amplia e imponente, por no decir rimbombante, avenida de la barra; un café de un cariz algo nostálgico, de saudades no muy lejanas, pero sí muy vividas, al punto de que muchos de los recuerdos se materializaban en lágrimas al ser evocados.
Como era obvio, en lo que quedaba del día y de las restantes dos semanas ninguna de las llamadas fue por un motivo diferente al de mi exposición. No sabía que hacer con las docenas y docenas de flores que llegaban en asomo de felicitación.
Para no extenderme mucho en mis agradecimientos, disimulaba no hablar muy bien el portugués, los demás lo entenderían.
Durante las dos semanas que duró la exposición yo siempre me hacía presente al iniciar el día, y caída la tarde.
Ese mes en la opulenta ciudad del encanto verde-azul, fue, sin precedentes, una tragedia para mi vida, el inicio de mi agonía, en su sentido etimológico, por supuesto, el inicio de mi vida, el tomarme en serio, eso de ser, sin echar de menos el parecer de la mascarada, estrella fugaz, y tal vez ni siquiera estrella, sino solo fugaz.

Revisando el libro de anotaciones, halle una nota que me dejó perplejo, casi sin respiración de la emoción que me sobrecogía. No cabía duda, aquella firma, un tanto garabatuda, pero no falta de experiencia, no falta de un sólido respaldo, no podía ser otra que la de… Levanté mi mirada y el temblor que empezaba a sentir cuando leía (voy a ponerlo en un sitio alto, muy alto…), se hizo uno con mi cuerpo, y mi voz no salió tan limpia como la mirada que me invadía desde el fondo del pasillo.
La mirada viril y joven, de vital e inextinto fuego, fue algo así como el famoso túnel de la muerte (que dicen ver quienes han estado cara a cara con ella pero le han hecho una verónica, y han gozado de una oportunidad más) pues mi pasado, en alud de presencia misteriosa, se vino sobre mí. Una cuenta pendiente con la vida me fue girada de nuevo, con una firma inconfundible.
El inicio de sus pasos en pro de mí hacían más viva mi ansia, que crecía en la medida en que se presentaban más fuertes y cercanos. Un abrazo brioso, muy fuerte. Sentí como si me hubiera tocado algo dentro de mí que había estado inmune a toda mi vida presente. Fue el abrazo de mi padre. Era él, efectivamente el de la inscripción en el libro, el que firmaba el boleto de la cuenta pendiente.
Sin que él dijera nada, yo me atreví, y lo único que logre argumentar ante tal presencia amorosa, fue lo siguiente:
- He caminado demasiado, regresar para encontrar de nuevo el camino, me tardaría más años de los que me quedan por vivir.
- Solo basta con elevar la mirada para que te des cuenta a donde es que realmente te conducen tus alas.
- Mis alas, se han enmohecido, se han oxidado por falta de uso, he vivido arrastrándome por la vida, sin tener que esforzarme por usarlas, y ahora ni me atrevo a mirarlas, me temo que, incluso, hallan desaparecido, han sufrido la esclerosis de un vida mediocre, sin compromisos ni entregas, sin riesgos ni osadías.
- Si pasara tal cosa, dejarías de ser lo que eres, no me hubieras reconocido en la distancia, tu corazón no habría crujido en sus arrugas.
- Pero eso es lo que ha sucedido. Me he acostumbrado a que miren el ser de mi que no me soy en verdad, me he empeñado en mostrar la caparazón que he construido, no sin esfuerzo, so pena de ahogarme en la soledad de lo que no vale nada para este mundo.
- Por muy profundo que sea tu dolor, por mucha cal que te hallas arrojado para secar tu ser, por muy lejos que hallas abandonado tus aspiraciones, ellas te han seguido, y tu ser te sigue siendo, y tu dolor te sigue doliendo, por lo tanto, no temas volver al jardín del que partiste.
Con un cariñoso movimiento se desprendió de mi, se dirigió a mi taller, dejo un pequeño frasco color esperanza y se perdió en la lejanía de la inmensa ciudad de la vida.
Baje mi mirada y me dirigí a mi taller, sin pronunciar palabra, apenas haciendo el más mínimo esfuerzo para respirar y no gastar más aire en una vida innecesaria y que no había aportado nada verdaderamente valioso al mundo más que unos cuantos gritos que se sumaban al ardid de sordera en que trataba de aturdirse así mismo.
En un bastidor firme, construido con palisandro, decidí arrojar mi dolida humanidad. Cogí todas las pinturas que pude empuñar en mi regazo y…Una tras otra, iban y venían sin confusión y sin forma. Los colores dibujaban aspiraciones inconclusas, ocultas, pero muy reales, asidas en la realidad, ahora, ¿de donde echaban mano?, ¿a qué raíz se aferraban?, ¿de qué fuente bebían para gozar de la vitalidad de la que hacían gala? Ahora ya lo sabía, pero era demasiado tarde para hacerles caso. Seguía, con los ojos cerrados tercamente para no dar muestras de debilidad, vaciando sobre mí todos los colores que habían pintado la sombra a los pies de la cual crecí, mi figura, que ya era más parecida a la de un payaso que a la de un pintor, en su estricto peso.
Embotado con galones de pintura encima, y sin asomo de respiración, trataba de moverme hacia la salida más cercana que tenía, pero era inútil, pues cada vez me sentía más pesado,
Me encontraba en una aprehensión indescriptible, insoluble, tal vez lo único que secretamente aguardaba era un asomo de luz, de aire, de vida, pues la mía, la que me pertenecía, se la estaba llevando el mundo, me estaba robando mi ser, hacía alarde de mi, mientras yo agonizaba por no poseerme, por carecer de mí, pues me había extraviado en una de las tantas curvas, en uno de los tantos giros que da la vida. Lejos de mi, yo estaba siendo sin poseerme, estaba viviendo sin serme, estaba triunfando, al revolcarme en el fango de mi soledad, (de mi angustia por un destino que me había empeñado en construir a espaldas de mi interioridad), que ya ni siquiera era mía, pues donde no hay ser ¿puede haber algo?.

El movimiento de mis manos, las que otrora pintaran lo que para muchos era incalculable, ahora trataba de taparme la boca para no gritar lo que sentía, trataba de taparme los ojos para no ver lo que esperaba, trataba de entrar en mi interior para arrancar lo que me asía a la vida. Pero al darme cuenta que no pudo lograr su cometido, que esas manos vigorosas no acertaban dibujarme (borrar) la esperanza de un más allá, y que ese algo seguía echando mano de mi ser, que ese algo me seguía siendo, tomé conciencia que era inútil borrarlo de mí.
Intenté moverme, gritar, soñar, pero con el paso de los minutos y el secado rápido de las pinturas, todo intento de vida me resultaba inútil. Las galerías habían cerrado sus puertas, por lo que me encontraba solo, absolutamente solo y sin nadie a quien recurrir.
De pronto, me topé con el último intento de hacer algo por rescatar mi vida de la frialdad de la muerte, y me aferré fuerte, muy fuerte a mí ser, y, no obstante tener mis ojos cegados a causa de la pintura, eché mano de mis sueños y pude ver a unos cuantos centímetros una mesa a la que me acerqué, al parecer era lo último que podía hacer, pues incluso el piso estaba embotado de todo y se sumaba a los impedimento con que contaba para avanzar. Con el extremo de mi pié derecho, estirado al máximo de sí, logré golpear la mesa que estaba ante mí. De ella saltó un frasco verde, sin tapa, que me embriagó con su presencia esperanza, cual veneno de viboral, se derramó sobre mí y empezó a darle libertad a mis movimiento, uno a uno, mis brazos se fueron despegando, mis ojos abriendo, mi boca pudo gritar, y por fin, mis alas pudieron desplegarse en un esplendor de beldad, me elevaron sobre el mundo y pude contemplar, desde arriba, ese ser puro que me ataba ineludiblemente a la vida, era Dios. Y Vi en un rincón el frasco que me devolvió el frescor, era el frasco color esperanza que había dejado mi padre poco antes de abrazarme con su partida.


Texto de LAB agregado el 01-08-2003.
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