La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / maestrodelasmarionetas / Atentado en España, el 11 de Marzo.

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:92032]

7:20 de la mañana.

El hombre de negro camina por los pasillos del metro con un maletín en las manos, tranquilamente, cumpliendo con el ritual prolijo y calmo de todas las mañanas. Demasiado tranquilo. Pasa desapercibido entre la multitud que a esas horas se dirige a sus respectivos trabajos en el apogeo de la ciudad despertando, el frenesí de otra jornada en Madrid, capital comercial de España; se mezcla entre el gentío. Como hormigas, amontonadas en los distintos vagones del metro, el sujeto se detiene una vez más a observar la escena, con el objetivo fijo en la mente. Se detiene frente a una tienda y hasta se da el tiempo de comprar una cajetilla de cigarros. Frió en su proceder, parece estar a gusto cumpliendo su misión.

Mientras el sol se eleva una vez más en lo alto del cielo, esplendoroso. Respira hondo, suavemente, ocupando los espacios vacíos en sus pulmones de ese aire limpio que otorga la sensación de la vida en plenitud. Paciente, observa el desenfreno de los transeúntes casi corriendo a ocupar un algún espacio sin llenar en los vagones. Tan ocupados en sus labores, que no les da tiempo de sentir su presencia, la esencia de sus pasos en pos de la muchedumbre. Mucho menos de sentir el calor, la fragilidad de su existencia. En un solo segundo.
Va acogiendo su cuerpo delicadamente al respaldo del asiento frente a los rieles. Y se echa atrás con el cuello torcido en dirección vertical, mirando el cielo azulado. Los rayos del sol rebotan en sus lentes negros y esboza una sonrisa quizás deliciosa. Saca un cigarro y lo prende aspirando el humo, luego de cruzar las piernas. Aún no llega a quien espera.

7:22 de la mañana.

Justo entre las escaleras divisa a un grupo de individuos caminado y dispersándose por cada vagón que tiene el tren, a la distancia de unos cuantos pasos. Los mira detenidamente. Parecen tranquilos, pero en realidad llevan una intención oculta, bastante macabra por lo demás. El hombre de negro sabe que ellos están en la lista, como tantos otros en este mismo día. Pero los deja ir aún cuando sabe lo que harán en unos cuantos minutos más. No puede desviarse de su misión.
Se pierden entre la multitud.

7:23 de la mañana.

Una sensación extraña pero habitual le indica que esta por llegar a quien espera un poco más allá, cerca de las boleterías a quien aguarda. Así que se para del lugar doblando sus piernas, se incorpora ligeramente en busca de su objetivo y comienza a caminar esquivando a los transeúntes que se le cruzan en su camino, separándolo de la niña y su madre a distancia prudente. Puede apreciar por última vez sus rostros en esta tierra. Aquel obrero esforzado de la construcción que lleva en su semblante la alegría del pobre; el oficinista atrasado como de costumbre pensando en alguna mentira para su jefe; la joven que quiere ser medico el día de mañana. Todos, sin dejar a uno de lado, los va tocando con su estela misteriosa, sin que ellos le den alguna importancia fuera de lo normal, seleccionados dentro de su lista. Ubica a una niña junto a su madre comprando los boletos, ambas listas a abordar el siguiente tren con destino a su hogar.

Los elegidos, sin duda.

Se acerca un poco más a ellas y vuelve a detenerse manejando los tiempos, su entrada precisa. Las mira por unos instantes y las encuentra fuera de su lista. Puede seguir adelante, ubicado sin mucho disimulo a sus espaldas dentro de la fila. Alguien alega por la intromisión, pero calla en la cobardía de afrontar al hombre de negro.

La niña se da vuelta y siente su presencia. El hombre de negro luce serio, como apagado, de semblante mas bien macabro. Se miran por un momento y él decide empezar la conversación aprovechando que la madre se encuentra de espaldas comprando el boleto, un tanto molesta por la ineficiencia del sistema.

- Dime niña, ¿cómo te llamas?- Dice con una voz ronca, un tanto misteriosa.

- Alicia –Responde ella, tranquila.

- Tú quieres a tu madre, ¿verdad?

- Así es, señor. Pero ella me tiene prohibido hablar con extraños. Disculpe. – Y se media vuelta sin más, cortante y concisa.

- Que bien, es una mujer inteligente. Yo hablaré con ella.

Dicho esto se dirige a la mujer con decisión alzando su mano derecha en dirección a su hombro, pero sin tocarla, esperando que sintiera su presencia de hecho. Luego que ella se volteara un poco a la defensiva, como acto instintivo sujeta de la mano su hija. Se mantiene en silencio. Cede el turno al extraño de abrigo negro para que gesticule la primera palabra.

Se acerca sinuoso, le dice como un susurro:

- Ud. conoce al señor Contreras, ¿verdad? – Y se aleja de su oído, se mantiene erguido.

- Claro, es mi marido. ¿Por qué? ¿Ha pasado algo con él?- Exclama aún guardándose para sí la impresión de aquella extraña coincidencia, apretando con más fuerza la mano de Alicia, quien la mira sin entender mucho, mira extrañada a mama, con los ojos desafiantes, guardar distancia del hombre de negro.

Silencio.

- Dice que es urgente que lo llame. Tiene un mal presentimiento, me parece.

- ¿Quién es Ud.?- Intrigada, pregunta sin alzar la voz.

- Mi nombre no importa. Lo importante ahora es que lo llame, afuera hay un teléfono público. Él de seguro le dirá que hacer en ese momento- Dicho esto apunta en dirección del acceso principal. Allá arriba, en la calle. Y calla de sopetón.

La mujer se sintió asustada sin saber como reaccionar ante la eventual arremetida de aquel extraño, como una orden más que una sugerencia. Sintió un golpe leve en la ventanilla del mostrador, observó a un hombre joven de corbata con la mano tendida ofreciéndole el boleto que tanto exigía. Cuando volteó, ya no estaba el hombre de negro.

Misterioso, desapareció en el acto, sin dejar huellas de sí. Aun cuando la confianza no era precisamente su virtud, decidió hacerle caso preocupada porque su marido se encontrara en algún tipo de problema, tomó a Alicia de las manos y salió lo más rápido que pudo del metro, próxima a la siguiente esquina. Ubicada en las afueras de la estación, encontró el mentado teléfono. Extrajo unas monedas de su bolsillo. Llamó.

7:40 de la mañana.

Cuando suena el primer tono al otro lado del auricular, un sonido ensordecedor, parecido a una bomba, irrumpe estruendosamente en el lugar. Y luego una ráfaga de viento, la brisa de la muerte, se cuela en el aire limpio de la mañana española.

¡Otra explosión más!

Todos miraron atónitos, sin poder reaccionar. De las escaleras sale una masa despavorida salvaguardando sus vidas, enloquecida, en todas direcciones. Todo es confusión. Mientras un humo negro se va apoderando de las calles, entre los gritos y el terror de la gente allá abajo.

¿Cuantos segundos habrán pasado desde entonces? Quizás muy pocos para contarlos, quizás muy largos para recordarlos.

Verónica, la madre, no sabe que hacer, no sabe que decir. Solo sostiene de su brazo fuertemente a su pequeña hija. Ambas pasmadas.
Aterradas, ante el macabro espectáculo, escuchan los gritos de la gente entre la cual pudo estar ella. Del otro lado de la delgada línea de la vida junto a Alicia, sometidas al silencio de la muerte.

Recién entonces se siente un grito diminuto del auricular, se escucha la voz de un hombre, acrecentarse en potencia llamando a Verónica con el fono sujeto a su oído; quebrada, como balbuceos, pidiendo hablar con la mujer. Grita.

- ¿Qué ha pasado allá? ¡Verónica, dime! ¿Te encuentras bien? ¡Habla por el amor de Dios!- Inquiere desesperado la voz de su marido a la espera que su mujer de una señal de vida.

Claro, su marido al cual había llamado, recuerda. Se escucha a sí misma algo lerda, trémulas las articulaciones, apenas puede sacar un grito ahogado de su garganta, ahogado de lágrimas.

- ¡Una bomba! ¡Dios mío! ¡La gente corre de un lado a otro! ¡ Es horrible! La gente corre como loca, hay muertos, creo; heridos por montones. ¡Debo salir a ayudarlos!

- ¡Y Alicia! ¡¿Dónde Esta?! ¡Dime!

- Esta aquí conmigo, por suerte- Dice un poco más calmada.

Entonces recuerda al hombre allá abajo. Por unos breves instantes se desconecta de todo cuanto la rodea. Solo recordaba esa mueca llena de misterio. Intrigante, su silueta esbelta y firme a la vez.
Demasiada coincidencia para dar precisamente con la hora exacta del atentado, piensa un momento hasta que un pensamiento atraviesa su mente. Como un relámpago, la idea más alocada que podría imaginar. Creyó entender.

¿Seria el de la bomba? No, no sería lógico.

Entonces del teléfono vuelve a sonar la voz de su marido, preocupado.

- Verónica, quiero que te vengas para acá, cuanto antes. En los noticieros dicen que puede haber otra replica. ¡Por favor! ¡Cuida a Alicia! ¡Es una orden, no te detengas en otras cosas! Para ello están los equipos de rescate. ¿Entendiste, amor?

- No te preocupes, aún no es mi tiempo. Aun no. Te amo. Adiós- Dijo depositando el teléfono en su lugar. La comunicación se cortó.

La mujer se admira de sus últimas palabras y cree encontrarle cierto sentido a sus aseveraciones. Mira a todos lados, entre la gente que corre a socorrer a los heridos y muertos en las calles, absorbidos en sus propios problemas. Mientras las lágrimas se confunden con la sangre, en los rostros desesperados de quienes estuvieron allí precisamente. Como en cámara lenta, observando cada detalle de la escena de horror, toma nuevamente entre sus brazos a su hija y no la suelta, no la deja.
Llora por ellos, llora por sí misma. Se lleva una mano a la boca para tanta aberración. No lo puede creer.
Tampoco observa al hombre de negro, en realidad, no le gustaría verlo hasta pasado los años. Sin embargo, aquellos que lo vieron, fue su primera y última vez. De seguro.

- Mi tiempo, ¡Dios mío! –Exclama.

No recordaba la palabra “destino” provenir del hombre de negro, sin embargo...

La vida en un segundo, colgando de un hilo llamado tiempo.

Si la muerte tuviera cara, de seguro sería así.

Silencio.

España, Madrid, en medio del infierno, algo invisible nos observa.

Consultas o sugerencias.

maestrodelasmarionetas22@hotmail.com

Texto agregado el 12-03-2005, y leído por 55 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2006-01-26 22:54:30 Puff... no sé qué decir... Me has puesto totalmente en situación. Puede ser que me sintiera cercana porque yo esa mañana recibí una llamada para comprobar que estaba bien. Después, encendí la televisión, y no pude despegarme de ella en todo el día. Impotencia, lágrimas y... no sé, una mezcla de sentimientos porque no me podía creer que eso le estuviera pasando a mi Madrid. En cuanto a tu texto... menos mal que esa llamada era para evitar que también murieran las protagonistas, pero menuda congoja mientras lo leía, porque se me ha pasado por la cabeza que esa llamada era la que hacía estallar la bomba (dicen que se activaban vía teléfono móvil). Un beso. Nebluma
2005-04-02 15:28:39 esta solido casi siempre sucede algo parecido y al final es para mejor porque salvamos nuestras vidas . yo tengo un amigo que fue a las torres gemelas el dia antes del atentado y por alguna razon decidio viajar a boston a conocer nada mas ***** felipe_castro
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]